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Una sabia acerca del alma femenina

Una sabia acerca del alma femenina

Fragmento de 'Demasiada felicidad', cuento de la Nobel de Literatura 2013, Alice Munro.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
13 de diciembre 2013 , 07:03 p. m.

El tren para Estocolmo estaba esperando, como le habían prometido, en el concurrido puerto de Helsingborg, mucho más grande y animado que su primo hermano y casi homónimo del otro lado del estrecho.

Aunque los suecos no sonrían, la información que te dan es correcta. Un mozo cogió las maletas de Sofía y las sostuvo mientras ella buscaba unas monedas en el bolso. Sacó un buen puñado y se las puso al hombre en la mano, pensando que eran danesas; ya no iba a necesitarlas.

Eran danesas. Él se las devolvió y dijo en sueco:

–No sirven.

–Es lo único que tengo –replicó Sofía, y se dio cuenta de dos cosas. Estaba mejor de la garganta y no tenía dinero sueco. El mozo dejó las maletas en el suelo y se marchó.

Dinero francés, dinero alemán, dinero danés. Sofía se había olvidado del sueco.

El tren soltaba vapor, los pasajeros subían mientras Sofía seguía allí con su dilema. No podía cargar con las maletas, pero si no las cargaba tendría que dejarlas.

Agarró las diversas correas y echó a correr. Corrió tambaleándose y jadeando, con dolor en el pecho y bajo los brazos y las maletas golpeándole las piernas. Había que subir escaleras. Si se paraba para recuperar el aliento llegaría tarde. Subió los escalones. Con lágrimas de autocompasión suplicó que el tren no se fuera.

Y no se fue. No hasta que el revisor, al asomarse para cerrar la puerta, cogió a Sofía por un brazo y logró aferrar también las maletas y auparlo todo.

Salvada, Sofía se puso a toser. Intentó expulsar algo del pecho con la tos. Expulsar el dolor del pecho. El dolor y la tensión de la garganta.

Pero tuvo que seguir al revisor al compartimento, riéndose, triunfal, entre los accesos de tos. El revisor vio que en un compartimento había varias personas sentadas y llevó a Sofía a otro vacío.

–Tenía usted razón. Ponerme donde no debo. Dar la lata –dijo Sofía, radiante–. No tenía dinero. Dinero sueco. De todas clases menos sueco. He tenido que correr. No creía que fuera a poder…

El revisor le dijo que se sentara y se tranquilizara. Salió y volvió sin tardanza con un vaso de agua. Mientras bebía, ella pensó en la pastilla que le habían dado y se la tomó con el último sorbo. Se le calmó la tos.

–No debe hacer esas cosas –dijo el revisor–. Mire cómo respira.

Le va a reventar el pecho.

Los suecos eran muy francos, además de reservados y puntuales.

–Espere –dijo Sofía. Porque había algo más que aclarar, le parecía casi que si no lo aclaraba, el tren no podría llevarla a su destino–. Espere un momento. ¿Sabe algo de…? ¿Sabe si hay viruela? En Copenhague.

–No lo creo –respondió el revisor. Se despidió con una inclinación de cabeza, rígida pero cortés, y se marchó.

–Gracias. Gracias –contestó ella en voz bien alta cuando salió el revisor.

Sofía no se ha emborrachado en su vida. Si ha tomado alguna medicación que pudiera aturdirla se ha quedado dormida antes de que su cerebro se alterase, por eso no tiene nada con que comparar la extraordinaria sensación –el cambio en la percepción– que serpentea en su interior en esos momentos. Al principio le pareció simple alivio, la magnífica aunque absurda sensación de ser una privilegiada por haber logrado cargar con las maletas y llegar corriendo al tren.

Después sobrevivió al golpe de tos y a la presión que sentía en el corazón y se olvidó casi de la garganta.

Pero hay algo más, como si su corazón pudiera seguir dilatándose, recobrando su estado normal, y continuar aligerándose y renovándose y resoplando, casi cómicamente, para abrirle camino. Incluso la epidemia en Copenhague podía convertirse en la peste de una balada, en parte de un antiguo relato. Como su propia vida, con sus contratiempos y sus penas transformándose en simples imaginaciones. Hechos e ideas iban adquiriendo un perfil nuevo visto a través de las láminas de una inteligencia despejada, con una óptica diferente.

Esto le trajo a la memoria una experiencia. Fue la primera vez que se tropezó con la trigonometría, cuando tenía doce años. El profesor Tirtov, un vecino de Palibino, había dejado un texto escrito recientemente, pensando que podría interesarle al padre de Sofía, el general, por sus conocimientos de artillería. Sofía lo encontró en el despacho y por casualidad lo abrió por el capítulo que trataba de óptica.

Empezó a leerlo, a observar los diagramas, y llegó a la conclusión de que pronto sería capaz de entenderlo. Nunca había oído hablar de senos ni de cosenos, pero sustituyendo la cuerda de un arco por el seno, y gracias a la feliz circunstancia de que en los ángulos pequeños casi coinciden, pudo introducirse en aquel lenguaje nuevo y gozoso.

Entonces no se llevó una gran sorpresa, pero sí una intensa alegría.

Esos descubrimientos eran posibles. Las matemáticas eran un don natural, como la aurora boreal. No estaban mezcladas con nada en absoluto, ni con artículos, ni premios, ni colegas ni diplomas.

El revisor la despertó un poco antes de que el tren llegara a Estocolmo.

Sofía preguntó:

–¿A qué día estamos?

–Viernes.

–Bien. Bien. Voy a poder dar mi conferencia.

–Cuide su salud, señora.

A las dos, Sofía estaba tras el atril y dio la conferencia con soltura y coherencia, sin dolores ni toses. El delicado zumbido que le recorría el cuerpo, como por un cable, no le afectó la voz. Y la garganta parecía curada. Cuando acabó se fue a casa, se cambió de vestido y tomó un coche para ir a la recepción a la que estaba invitada en casa de los Gulden. Estaba de buen humor y habló animadamente de sus impresiones de Italia y el sur de Francia, pero no del viaje de vuelta a Suecia. Después salió de la habitación sin disculparse y se fue. Tenía la cabeza demasiado llena de ideas excepcionales y brillantes para seguir hablando con la gente.

Ya reinaba la oscuridad, caía la nieve, sin viento; las farolas, agrandadas como bolas de Navidad. Miró a su alrededor en busca de un coche de alquiler y no vio ninguno. Pasaba un ómnibus y le hizo señas con la mano. El conductor le comunicó que no era una parada regular.

–Pero se ha parado –replicó Sofía sin darle importancia.

Como no conocía bien las calles de Estocolmo, tardó un rato en darse cuenta de que iba en la dirección que no debía. Se lo explicó riendo al conductor, que la dejó bajar. Tuvo que volver a casa andando, con el vestido de fiesta y la capa y los zapatos, demasiado finos.

Las aceras estaban prodigiosamente silenciosas y blancas. Tuvo que recorrer como un kilómetro y medio, pero descubrió encantada que al menos conocía el camino. Aunque llevaba los pies empapados no tenía frío. Pensó que sería porque no hacía viento y por el embeleso de su mente y su cuerpo, del que nunca había tenido conciencia y con el que sin duda podía contar a partir de entonces. Quizá no sea muy original, pero la ciudad parecía sacada de un cuento de hadas.

Al día siguiente se quedó en la cama y envió una nota a su colega

Mittag-Leffler pidiéndole que le enviara a su médico, ya que ella no tenía. También fue él, y durante la larga visita Sofía le habló con gran excitación del nuevo estudio matemático que estaba preparando. Era el más ambicioso, el más importante y más hermoso que había investigado hasta entonces.

El médico pensaba que lo que tenía mal eran los riñones y le dio un medicamento.

–Se me ha olvidado preguntárselo –dijo Sofía cuando el médico se hubo marchado.

–¿El qué? –dijo Mittag-Leffler.

–¿Hay una epidemia? En Copenhague.

–Está soñando –dijo Mittag-Leffler con dulzura–. ¿Quién se lo ha contado?

–Un hombre notable –respondió Sofía. Y añadió–: No, quiero decir amable. Un hombre amable. –Movió las manos, como si intentara dar forma a algo que encajara mejor que las palabras–.Este sueco que hablo…

–Espere a estar mejor para hablar.

Sofía sonrió y después pareció entristecerse.

–Mi marido.

–¿Su prometido? Ah, todavía no es su marido. Estoy de broma.

¿Le gustaría que viniera?

Sofía negó con la cabeza. Dijo:

–Él no. Bothwell. No, no, no –añadió atropelladamente–. El otro.

–Debe descansar.

Habían ido Teresa Gulden y su hija Else, y también Ellen Key. Iban a turnarse para cuidarla. Después de que Mittag-Leffler se marchara, Sofía durmió un rato. Cuando se despertó volvía a estar locuaz, pero no mencionó a ningún marido. Habló de su novela y del libro de recuerdos de su juventud en Palibino. Dijo que ahora podía hacer algo mejor y se puso a describir la idea que tenía para un nuevo relato. Se embrolló y se echó a reír porque no lo explicaba con claridad. Había un movimiento hacia delante y hacia atrás, dijo, había un pulso en la vida. Tenía la esperanza de que en esa novela descubriría qué pasaba.

Algo oculto. Inventado, pero no.

¿Qué querría decir con aquellas palabras? Se rio.

Desbordaba de ideas de una amplitud y una importancia completamente nuevas, dijo, pero al mismo tiempo tan naturales y evidentes que no podía evitar reírse.

El domingo estaba peor. Apenas podía hablar, pero se empeñó en ver a Fufu con el vestido que se iba a poner para una fiesta infantil.

Era un traje de gitana, y Fufu bailó con él alrededor de la cama de su madre.

El lunes Sofía le pidió a Teresa Gulden que cuidara de Fufu.

Aquella noche se sintió mejor y fue una enfermera para que Teresa y Ellen descansaran.

De madrugada se despertó. Despertaron a Teresa y Ellen, que levantaron a Fufu de la cama para que pudiera ver a su madre viva una vez más. Sofía pudo hablar un poco.

Teresa creyó oír que decía: “Demasiada felicidad”.

Murió alrededor de las cuatro. La autopsia demostró que la neumonía le había destrozado por completo los pulmones y que el corazón presentaba una dolencia que arrastraba desde hacía varios años. Como todo el mundo se esperaba, el cerebro tenía un gran tamaño.

El médico de Bornholm se enteró de su muerte por el periódico y no le sorprendió. De vez en cuando tenía presentimientos, alarmantes para alguien de su profesión, y no siempre fiables. Pensaba que evitar Copenhague podría protegerla. Se preguntó si habría tomado la droga que le había dado y si le habría proporcionado el alivio que le proporcionaba a él cuando lo necesitaba.

Sofía Kovalevski fue enterrada en el entonces llamado Cementerio Nuevo, en Estocolmo, a las tres de la tarde de un día apacible y frío en el que el aliento de los dolientes y los curiosos formaba nubes en el aire helado.

Weierstrass envió una corona de laurel. Les había dicho a sus hermanas que sabía que no volvería a ver a Sofía.

Vivió seis años más.

Maksim acudió desde Beaulieu, en respuesta al telegrama que Mittag-Leffler le envió antes de la muerte de Sofía. Llegó a tiempo para hablar en el funeral, en francés, refiriéndose a ella un poco como si hubiera sido una profesora a la que conocía, y dio las gracias a la nación sueca en nombre de Rusia por haberle ofrecido a Sofía la oportunidad de ganarse la vida como matemática (aplicar sus conocimientos de una forma meritoria, dijo).

Maksim no se casó. Se le permitió regresar a su patria al cabo de cierto tiempo para dar clase en San Petersburgo. Fundó el Partido para la Reforma Democrática en Rusia y adoptó una postura favorable a la monarquía constitucional. Los zaristas lo consideraban demasiado liberal.

En cambio, Lenin lo denunció por reaccionario.

Fufu ejerció la medicina en la Unión Soviética, donde murió a mediados de la década de 1950. No le interesaban las matemáticas, decía.

Hay un cráter en la luna que lleva el nombre de Sofía.

ALICE MUNRO

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