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Editorial: Disipar la herencia de Escobar

Editorial: Disipar la herencia de Escobar

Por desgracia, la perversa herencia del capo no perece. El reto es atacar sus causas.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
30 de noviembre 2013 , 07:59 p. m.

Una sensación de alivio recorrió a Colombia hace veinte años, cuando el presidente de la República, César Gaviria, confirmó que el capo de capos, Pablo Escobar, había sido abatido por el Bloque de Búsqueda en un tejado de Medellín.

La caída de quien fuera la encarnación más vívida de un poderoso fenómeno sin precedente en la historia del país y con repercusión en múltiples esferas, desde la política y la economía hasta el fútbol y la arquitectura, fue para la inmensa mayoría de los colombianos el final de una pesadilla. El país respiraba, dadas las múltiples ocasiones en las que Escobar y su gente demostraron niveles sin antecedentes de sevicia y crueldad a la hora de hacerse sentir a punta de disparos y dinamita. Al mismo tiempo, su muerte puso el punto final del primer capítulo de la lucha del Estado colombiano contra el crimen organizado en torno al tráfico ilegal de drogas.

Esta es una historia de la que no se ha escrito todavía su epílogo y cuyas primeras páginas se escribieron al comenzar la década de los 80, cuando valientes colombianos como Rodrigo Lara Bonilla, Luis Carlos Galán y Guillermo Cano, entre muchos otros, le advirtieron a la sociedad sobre el grado de penetración que habían alcanzado los tentáculos de esta industria criminal en las instituciones. Denuncias que desataron la ira de Escobar y otros cabecillas, que optaron por silenciar a quienes se atrevieron a advertir de frente lo que se comentaba en voz baja.

Para entonces, el narcotráfico experimentaba un auge que se dio en forma paralela con profundas transformaciones de la sociedad. Las mismas que a juicio de no pocos analistas ayudaron a alimentar el monstruo. Estas incluyen una masiva emigración de colombianos del campo hacia las ciudades en busca, algunos, de refugio ante la violencia, mientras otros simplemente eran atraídos por las oportunidades que en los centros urbanos ofrecía una economía que se modernizaba al tiempo que en el campo comenzaba un rezago que hasta hoy se prolonga.

No menos importante fue el proceso de secularización de la sociedad, en el que la Iglesia perdió capacidad para regular la vida en comunidad, proceso que ocurrió sin que una ética pública llenara este vacío.

Pablo Escobar fue un producto de todo lo anterior. Su mente criminal fue determinante para convertir una economía ilegal de discreto calado como lo era el narcotráfico en Colombia a finales de la década de los 60, basada en la exportación de marihuana, en un emporio de tales dimensiones que hubo un momento en el que muchos temieron que terminaría por cooptar por completo a la institucionalidad. De ahí que no faltaron observadores en el exterior que, al referirse al país, hablaran de un Estado fallido. Y les daban la razón hechos como los ocurridos a finales de la década de los 80 y comienzos de la de los 90, cuando el asedio de los mafiosos a las más altas esferas de las ramas del poder era sistemático y consiguieron en más de una ocasión doblegar, con terror u oscura persuasión, la voluntad de altos dignatarios. Todo esto sumado a la feroz arremetida contra los medios de comunicación, que con coraje pusieron al descubierto el mundo de la mafia, que pagaron con sangre y secuestros el cumplir su misión.

Por ello, la importancia de la caída de Escobar. Esta victoria del Estado marcó un punto de giro en la medida en que dejó claro que, por más poderío ilegal que acumule una organización, no conseguirá derrotar al Estado. Realidad que constatarían años después los cabecillas del clan que era su más enconado rival: el cartel de Cali. Este, tal y como ha vuelto a salir a flote por el altisonante cruce de dardos de los expresidentes Pastrana y Gaviria, adoptó el mismo objetivo que Escobar en su momento y, de la misma manera, fracasó.

Pero algo aleccionador acá es que las sucesivas caídas de los capos, de Medellín y Cali, no representaron el ocaso del narcotráfico. En tanto continuó la demanda, y muchas de las condiciones objetivas que permitieron que el país se consolidara como productor y exportador de marihuana, cocaína e incluso heroína se mantuvieron, la industria simplemente mutó.

El capítulo que vino después, como lo muestra el muy riguroso trabajo publicado en la presente edición a cargo de varios periodistas de esta casa editorial, lo comprueba. Y con el negocio se mantiene intacto el poder corrosivo sobre el tejido social que implica esta actividad. La misma moral flexible que sobresale en la vida de Escobar, a quien la CIA pone al nivel de Osama Bin Laden, precisamente porque sabe del poder destructor, paulatino, pero letal, de este comercio para una sociedad.

Que persista un nutrido mapa de economías ilegales con vasos comunicantes que las unen a gobiernos locales es prueba de que la perversa herencia del capo antioqueño no perece. Para disiparla del todo hay que apuntarles a las mencionadas condiciones objetivas de las que se alimenta. Tarea que comienza por construir una sociedad más incluyente y una democracia más robusta, por generar un cambio cultural en el que tomar atajos y buscar el dinero fácil sea objeto de sanción y no de reconocimiento social. Por último, es vital continuar por la senda ya abierta que termina en el tratamiento del consumo de drogas como un asunto de salud pública y no de política criminal.

EDITORIAL
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