La señora Munro

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29 de noviembre 2013 , 07:50 p. m.

A los que no la conocíamos nos gratificó su rostro de octogenaria dulce y curtido en las faenas de la vida. Además de premiar la literatura, este año el Nobel fue un reconocimiento para un género esencial y cada vez más restringido por las grandes casas editoriales: el cuento. Cuando se lee a Alice Munro, uno navega en la sobriedad, la sutileza, tanta, que a veces parece que no pasara nada cuando en realidad ha ocurrido algo grave, sustancial. Esto la acerca más a Chejov y Carver que al luctuoso Poe y el absurdo kafkiano. Su poder reside en retratar con maestría la cotidianidad, en contar las cosas insignificantes que nutren una vida, la vida de todos; austeridad, certeza, extrema curiosidad, rezan sus mandamientos.

Además de conocer la sicología femenina –la mayoría de sus protagonistas son mujeres–, ahonda con igual sapiencia en la condición humana. Es una literata, no una feminista. La medida de sus cuentos es su aporte, su revolución formal. Sus relatos son novelas pequeñísimas, en las cuales perfila con agudeza los personajes y logra un rastreo profundo de las vanidades, pasiones y deseos humanos. En Demasiada felicidad, un libro memorable, el cuento Dimensiones nos sorprende por su desarrollo sicológico; una mujer busca con resignación, casi con locura, el origen del asesinato de sus tres hijos. En El filo de Wenlock, verso de un poema de Housman, hallamos una historia extraordinaria. En Pozos oscuros vemos cómo un accidente del pasado transforma la vida de un hombre. En el cuento que lleva el título del libro relata la extraña relación de una pareja díscola a finales del siglo XIX en la Rusia zarista. En Las lunas de Júpiter encontramos un magistral boceto de las solteronas “de pechos grandes e intimidantes –un solo bulto blindado–, y sus estómagos y traseros, rebosantes y encorsetados como los de cualquier mujer casada”; aunque su narrativa visualiza las costumbres de una época pasada y el mundo ha evolucionado, nos sigue maravillando el buceo insólito en las misteriosas acciones de la humanidad. La hace perdurable.

Alice Munro, poseída de una gran imaginación, optó por el cuento largo. Captadora de imágenes y vivencias. El resto es un trabajo de carpintería y tesón. De aguante. El arte de las letras es eso y lo ejerció hasta el final. Hurgar, lacerarse, untarse de una gota de felicidad, escribir.

Alfonso Carvajal

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