Joyas de la Catedral

Joyas de la Catedral

La catedral alemana de Hildesheim fue designada en 1985 como patrimonio mundial por la Unesco.

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28 de noviembre 2013 , 07:33 a.m.

El lugar es conocido por sus monumentales puertas de bronce (1015), fundidas en una sola pieza con la técnica de la cera perdida, proeza técnica e hito en el arte. Son las primeras desde la antigüedad romana en decorarse con un programa pictórico -8 escenas del ‘Génesis’ y 8 del Nuevo Testamento basadas en iluminaciones de la Biblia Carolingia de Tours- que el artista adaptó a tercera dimensión; allí aparecen escenarios cuidadosamente modelados en bajorrelieve y seres humanos en altorrelieve de una emocionalidad que sería entonces una innovación y luego una constante en el arte alemán hasta hoy. Son grandes obras por lo que expresan y como lo expresan. De características e importancia equiparable, la catedral aloja la elaborada columna de Hildesheim (originalmente en la iglesia de San Miguel), inspirada en las clásicas de Adriano y Trajano, que en cambio de representar un triunfo militar, representa en su espiral la vida de Cristo en 24 episodios desde su bautismo hasta la entrada a Jerusalén.

Esta obras son el legado del obispo Bernward (960–1022), uno de los grandes patronos de arte de la Edad Media, personaje fascinante que construyó otras iglesias en su diócesis, como la de su fundación monástica benedictina de San Miguel; esta posee un techo de madera pintado -uno de los dos que sobreviven del Medioevo- decorado con el complejo programa pictórico del árbol de Jessé, la genealogía de Cristo; asímismo comisionó otras obras portables y de menor tamaño, no por eso menos extraordinarias, para dotarlas de objetos devocionales y litúrgicos. Bernward, de la nobleza sajona, educado en la escuela de la catedral, fue tutor del futuro rey Otto III, miembro de la Cancillería Real y gran viajero, como consta en Vita Bernwardi, biografía escrita por su confidente Thangmar de Hildesheim, que se utilizó para su canonización en 1192.

Bernward fue seguido de otros célebres obispos, todos llamados por su primer nombre, como Gotardo y Bernward. Godehard, destacado por su modestia y espiritualidad (reubicó los monjes de San Miguel en el monasterio de San Bartolomé, lugar más apartado y apropiado para la contemplación) fue canonizado en 1113. Es uno de los más prominentes santos europeos -popular de Italia a Escandinavia- a quien se dedicaría el paso de Gotthard que atraviesa los Alpes en Suiza. Con 2 santos en su historia y enterrados en ellas, estas iglesias adquirieron status de reliquias y Hildesheim se convirtió en destino de peregrinaciones. La catedral y sus tesoros sobrevivieron eventos que destruirían muchas otras: permaneció católica y se conservó a pesar de la reforma, mientras que el monasterio de San Miguel fue dividido en los 2 cultos; en 1803, con Napoleón cuando se secularizaron las propiedades de la Iglesia y se disolvieron los monasterios, su obispo reunió las obras de su diócesis en la catedral y estableció un museo que en 1945 sobreviviría el bombardeo aliado.

Actualmente la catedral con su museo anexo están en proceso de remodelación y mientras tanto sus obras maestras -exceptuando las puertas y la columna, claro está- han sido trasladadas al Museo Metropolitano de Nueva York. Sin embargo, sorprendentemente, sí se trasladó su monumental e impresionante pila bautismal (c.1226) de bronce, que descansa sobre unas figuras que a la manera romana personifican los ríos del paraíso, y está ricamente decorada con relieves que representan el bautismo de Cristo, y la Virgen entronizada rodeada de escenas de la Biblia hebrea que se entendían como prefiguraciones del bautismo de Cristo.

Entre las obras también se incluye el monumental ‘Cristo de Ringelheim’ (c.1000) una de las más tempranas esculturas tridimensionales de la Edad Media que se ha conserva y que constituye un ejemplo del resurgimiento de las artes clásicas romanas; fue encargada por Bernward, uno de los primeros en comisionar imponentes esculturas en madera de tamaño real. Con su policromía ya perdida, profesa un gesto de abrazo protector más triunfante que sufriente, y la rotación de su cabeza manifiesta una nueva peculiaridad orgánica; su receptáculo con reliquias contiene piedritas que se dicen del Santo Sepulcro y huesitos de los santos Cosme y Damián. Su expresión contrasta con el Cristo de una Cruz de menor tamaño fundida en plata y con partes doradas que aloja reliquias del San Denis francés y transmite el sufrimiento y patetismo del cuerpo demacrado; su delicada ejecución hace de ella uno de los más preciosos objetos de arte otoniano.

Otro tipo de cruces, las procesionales, opulentas y lujosasdecoradas con grandes gemas preciosas, cristales y esmaltes, -precedentes de las cruces imperiales-, como los relicarios y altares portables reflejan en su ostentación la importancia de las reliquias internas. La exhibición incluye 2 relicarios en forma de brazos, de impresionante modelado naturalista: uno apoyado en un escudo romano que aloja reliquias de mártires de la legendaria legión de Tebas, incluyendo a San Mauricio y otro, para el fémur del mismo San Bernward, con su mano en gesto de bendición y luciendo su pesado anillo.

La curiosa práctica de guardar y venerar reliquias -partes del cuerpo o de objetos sagrado- muy común, entre ellas fragmentos de la considerada la Veracruz- manifiestan un instinto universal de atesorar lo dilecto; esta práctica después de ser defendida por San Jerónimo en el Concilio de Nicea, 787, gozó de demanda y popularidad febril hasta regularse en 1215, y finalmente fue prohibida su compraventa en el concilio Trento del s. XV. Con frecuencia, más evidencian la piedad de los donadores -constituyen souvenirs de sus viajes a lugares sagrados- que la certeza de su autenticidad.

Durante esa época, Hidelsheim era uno de los centros mineros y de trabajo metalúrgico, especialmente de bronce, más importantes de Europa, como de otras actividades artísticas y contaba con uno de los más notables scriptoria- talleres de manuscritos iluminados- de la región. Los objetos metalúrgicos remiten a un contexto cultural estrechamente relacionado con la alquimia. Hace pocos años se realizó la demostración de la fabricación de un aguamanil -vasija usualmente en forma de animal utilizada para lavar las manos del sacerdote- que allí se exhibe, según la explicación detallada del trabajo en metal provistopor el experto Theophilus en su libro ‘On Diverse Arts’; allí el proceso se describe con el simbolismo de la alquimia y utilizando términos como transmutar, sublimar, destilar, sedimentar, y la relevancia ritual además de técnica de elementos como mercurio y azufre, cera de abejas, cinabrio y crémor tártaro. El crisol de la metalurgia (de etimología relativa a la Cruz) se relacionaba estrechamente con una filosofía más amplia relacionada con dogmas del cristianismo: el núcleo del objeto se creaba con barro como el hombre, como una tabula rasa que posteriormente tomaba forma corpórea y adquiría un ‘alma coloreada’ en un proceso donde materiales, objeto y alquimista se transformaban; tanto Alberto Magno como Tomas de Aquino promulgaban la alquimia como experiencia sensorial del alquimista hacedor.

Ha sido un privilegio ver esta exhibición y además conocer personalmente a Hans, actual obispo de la diócesis de Hildesheim, sucesor de estos personajes, y ser guiada por el director del Museo Michael Brant.

Natalia Vega

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