Hermano de Andrés Jaramillo lo defiende por comentario de minifalda

Hermano de Andrés Jaramillo lo defiende por comentario de minifalda

Esta es la carta abierta que escribió Luis Jaramillo, hermano del dueño de Andrés Carne de Res.

26 de noviembre 2013 , 03:43 p.m.

Hoja de parra de la modernidad pareciera una definición útil para la búsqueda de significados de la encantada prenda, que vayan más allá de la función de abrigo y cubrimiento del sacro monte de Venus, de los suaves valles y honduras que lo circundan y de los capiteles de las columnas que lo sostienen.

La mitología que prevalece entre nosotros funda el origen mismo de la cultura en la expulsión del paraíso de una pareja bisoña, que temerosa ya de su desnudez y sola ante el Deseo ubicuo y titánico, viste su cuerpo con las fragilidades de una hoja silvestre.

Milenios de historia y de prehistoria no han alcanzado un modo que libre a la mujer y al hombre de los horrores que el Dios bíblico les infligió como castigo, por transgredir su orden de no comer el fruto que según la serpiente los haría como dioses, conocedores del bien y del mal. Generación tras generación el linaje de la pareja desobediente cumple el designio irrevocable de alumbrar a sus hijos con dolor, y más allá del parto, de padecer la paulatina conversión de la pródiga tierra en erial de espinas y abrojos, y de llorar el fratricidio entre sus descendientes.

Un joven hombre y una joven mujer de Colombia, nuestra tribu, en esta hora de hondas sensibilidades respecto de la danza eterna entre los sexos, son objeto de una incursión mediática que luce el rostro punitivo y rapaz de la moralidad vigente.

El pecado mortal: haber dado o anhelado dar cauce a su Deseo, de un modo al parecer furtivo, quizás dulce y violento al mismo tiempo, en todo caso comprensiblemente acorde con el sensualismo desacralizado que hoy todo lo permea entre nosotros y de cuyo lucro participan con flagrante evidencia —¿quién podría negarlo?— individuos o entes que ante multitudes exaltadas lapidan sin piedad a los supuestos o reales transgresores de un orden moral que a todos envilece.

Y un hombre, ya maduro, en nombre de la lucha por la equidad de género y la no violencia, y a pesar de que por radio censuró el posible abuso y ulterior abandono de la joven por parte de su compañero de fiesta, es simultáneamente condenado a la hoguera inquisitorial de algunos medios por preguntarse —ante el acoso del entrevistador de turno, que insidiosa y veladamente sugiere responsabilidad del establecimiento de aquél en hechos que de entrada califica con la terrorífica frase de violación de una niña de 19 años— si una probable actitud seductora de la joven pudo favorecer la aventura desdichada, hipótesis que en aras de un análisis que de verdad lo sea, ha de reconocerse —en primer término— como literalmente coincidente con el mito fundacional de Adán y Eva y su inestable paraíso, ficción que no obstante su trayectoria de milenios, ignora, con ceguera que derrumba la autoridad misma del poeta del Génesis, las eternas y elevadas verdades de la feminidad genuina —¡y de la masculinidad verídica!—, y en la que el común de las mujeres y hombres de Colombia y de Occidente todo, enmarcan todavía las danzas del Deseo, que nunca superarán de veras mediante la pedagogía torpe y bárbara de la estigmatización y del castigo.

Pretender el juicio y la condena de un presunto o presuntos protagonistas y responsables únicos de una situación que a todos aflige y compromete, distrae seriamente la urgencia social de una asunción distinta del poder formidable y misterioso que anima la danza entre los sexos, fundamento de la cultura y de la vida.

Convendría aplicarnos ya, como individuos, como parejas, como tribu, a una búsqueda sincera de una forma distinta de asumir el Deseo, reconociéndolo, para empezar, como poder supremo y venerable, sacralizarlo entonces concediéndole la dirección de una nueva voluntad humana, libre de sujeción a los impulsos que esclavizan y envilecen, a la razón insuficiente y a la moral ficticia.

De tal modo, del instinto que discurre por los parajes de la desolación y de la muerte, paso a paso ascenderíamos a los intemporales ámbitos de los iluminados goces, de las reales convivencias, de las definitivas libertades. A Yahvé —merecedor entonces de las bondades de un retiro honorable— podríamos contarle que no mintió la serpiente, su criatura. Y que en virtud de nuestro conocimiento milenario y suficiente del bien y del mal, perdimos para siempre el paraíso de la inocencia ingenua y frágil, para ganar en cambio la victoriosa y sabia condición de los dioses. Y de las diosas, claro. Capaces todos del perdón, de la fraternidad y de la dicha.

Luis Gabriel Jaramillo Flórez
Chía, noviembre de 2013

 

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