Los secretos de la 'nana' de 'Jabón'

Los secretos de la 'nana' de 'Jabón'

Desde la muerte del capo del norte del Valle, su 'nana' evoca los momentos que vivió a su lado.

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23 de noviembre 2013 , 11:02 p.m.

El día que le fueron a dar la noticia, Emilia Polo no durmió bien. Estaba en Armenia, en un apartamento que perdió años después porque la plata no le dio para pagar las cuotas que debía. Ella, que había visto euros y dólares por montones, ‘maletinaos’ de billetes. Era tan temprano que ni tuvo tiempo de hacer café, de ese bien negro y cargado, como le gustaba al patrón. “Díganme la verdad –preguntó angustiada–: ¿mataron a mi ‘viejo’ sí o no?” No botó ni una lágrima. Le dio un ataque de risa nerviosa mientras escuchaba las explicaciones de cuatro de los doce hombres que habían acompañado a Wílber Alirio Varela, alias ‘Jabón’, en sus últimos años. (Lea también: 20 años de guerra contra el narcotráfico)

Ha pasado más de un lustro desde la muerte del poderoso capo del norte del Valle, y Polo evoca los momentos que vivió a su lado desde que ambos tenían unos ocho años. Flacuchento, gruñón, avispado y muy inteligente, así recuerda al niño desgarbado que cultivó el campo desde muy pequeño, que dejó de ver por temporadas y para el que terminó trabajando como una suerte de nana años después, cuando empezó a escuchar de gente que conseguía plata rapidito a su lado.

“Varela era tremendo montañero. Su comida preferida era el sancocho de pescado y de gallina. Era muy campesino y, a pesar de que tuvo tanto, nunca dejó de serlo”, cuenta la mujer. Café bien negro y caliente, plátano, carne o pescado frito y huevos revueltos con arepa hacían parte del menú que preparaba con dedicación al capo, quien también disfrutaba con los lagos de pesca, las caballerizas, las galleras y los jardines llenos de flores.

A ‘Jabón’ –cuenta su ‘nana’– lo mataba la soledad: “era su peor castigo”. El narco no tenía pelos en la lengua, era un hombre sin tapujos. También era un buen patrón y amigo, “pero que no le hicieran algo que no le gustara porque hacía hasta para vender”, asegura Polo.

“Papá, déjala, no la vas a matar que ella es mi mamá”, cuenta que le imploraba Wílber Felipe Varela Camacho a su padre mientras se ahogaba en llanto. Nada le pesó tanto a uno de los cinco hijos del capo como ser testigo de la infidelidad de su madre y contárselo a su padre. “Era muy jodido con sus mujeres –recalca Polo–; la mayoría, modelos, reinas o actrices”.

Polo nunca tuvo mayores sustos al lado de Varela, pero hastiada de tanta violencia, sobre todo de aquella generada por el enfrentamiento entre ‘Jabón’ y Diego León Montoya, alias ‘Don Diego’, por el control del narcoimperio del Valle del Cauca, encaraba sin temor alguno a su patrón. Como respuesta, él “se cagaba de la risa”.

En aquella época –2003 y 2004–, la mujer escuchaba decir: “¿Por qué no se enfrentan ese par de hijueputas y dejan de matar tanta gente inocente”, comentarios que transmitía al pie de la letra al capo, de quien llegó a conocer sus más íntimos secretos. Por ejemplo, descubrió que Varela nunca fue policía. “¡Qué policía! Pura mierda. El sacó unos papeles falsos y a todo el mundo le decía que era policía. Yo le preguntaba: ‘¿Ole, y vos a qué horas fuiste policía?’ Él se reía y me decía: ‘¡Chitoooo!’ ”.

La mujer cuenta también cómo el capo se inventó su propia muerte: “Lo hizo para ver si la gente se calmaba un poco. Habló con unos periodistas para que publicaran que estaba muerto. Eso fue en Venezuela. Y todo el mundo en Colombia decía: ‘¡Oíste, que Varela se murió!’ ” Que murió de cáncer en el hígado era la movida. Eso salió por la prensa, la televisión, por toda parte”, recuerda.

Emilia Polo tiene mucho que agradecerle al destino. El 30 de enero del 2008, cuando ‘Jabón’ fue asesinado por miembros de su propia organización criminal en un complejo turístico de Mérida (Venezuela), ella estaba en Colombia. A regañadientes, Varela le había dado permiso para ir a su país. Por esos días, la llamaba a cada rato para decirle que regresara pronto. “El hijueputa destino, porque él nunca me dejaba ir los diciembres a la casa, ni a pasar 24 ni 31”. Y así fue, el capo cumplió lo que tantas veces le dijo: “¿Sabés cuándo te dejo a vos? ¡El día que me muera!”.

RENATA CABRALES
Editora de Redes Sociales

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