Magnus Carlsen: el símbolo del nuevo ajedrez mundial

Magnus Carlsen: el símbolo del nuevo ajedrez mundial

El noruego, que le arrebató la corona al indio Viswanathan Anand, es blanco de elogios.

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23 de noviembre 2013 , 08:30 p. m.

“La era de los asesinos en el ajedrez ha comenzado”, dijo el ruso Boris Spassky cuando fue derrotado por Bobby Fischer en 1972. El viernes pasado, Magnus Carlsen asumió el trono de las 64 casillas. ¿Significa el reinado del noruego una nueva era para el ajedrez? Cuando un ajedrecista es proclamado nuevo campeón mundial es frecuente afirmarlo. Es un cliché. Pero solo un puñado de campeones ha logrado dejar un sello indeleble en la historia del milenario juego.

La victoria de Carlsen se ha recibido en Occidente con un entusiasmo sin precedentes cercanos. Quizá el referente sea Fischer en 1972. Pero el estadounidense fue un héroe díscolo, que pronto devino en villano. Magnus es un joven aconductado, amante del fútbol, hincha del Real Madrid, hijo de buena familia. Escapa a una imagen de artista rebelde y asocial, que se distancia del mundo y es incomprendido por su entorno.

Kasparov no ocultó en las redes sociales su admiración por el campeón. “Magnus es una combinación de Karpov y Fischer”, dijo. Singular calificación. Karpov en su mejor momento era una ‘boa constrictora’, que aprovechaba el menor error de su rival y poco a poco lo iba apretando hasta ahogarlo. Fischer era un verdugo que no perdonaba, un insaciable de la victoria. Así derrotó a Taimanov 6-0 y a Larsen por otro tanto. Pudo, cuando ganaba por 2-0, buscar las tablas para desesperar a su rival, como haría cualquier maestro de hoy en día. Pero no, para el genial Bobby ganar era un ritual que exigía su fe. Se comprende el calificativo de Spassky: ¡Fischer era un asesino!

A pesar de su corto reinado, Fischer estampó una huella en el ajedrez, marcó una época y todos los amantes del juego ciencia reconocemos su legado. Capablanca también dejó su impronta. El talentoso cubano señaló un camino. Para él, el ajedrez era su lenguaje materno. No en balde, a Capablanca y a Carlsen se los ha calificado, a cada uno en su momento, como los ‘Mozart del ajedrez’.

El estilo de Carlsen se asemeja mucho al del cubano. Ambos han demostrado un profundo conocimiento de la fase final de la partida, la etapa donde el rey cambia de “personalidad” y pasa de defensivo a ofensivo. Dos de las tres partidas que Magnus ganó en Chennai a Anand fue en la fase del final.

El noruego manejó con precisión y paciencia de orfebre mínimas ventajas, planteando problemas que el indio no pudo resolver en el tablero. Al fin y al cabo, la partida de ajedrez es eso, resolver problemas propuestos por el rival y, a su vez, responder con el esbozo de otro enigma. El ‘Ogro de Bakú’ trinó al conocer el primer triunfo de Magnus en el duelo de Chennai: “El doctor Tarrasch (maestro de principios del siglo XX) afirmó que antes del final los dioses pusieron el medio juego. Pero, para desgracia de Anand, los dioses pusieron a Carlsen”.

Alexander Alekhine, quien arrebató a Capablanca el campeonato mundial en Buenos Aires en 1927, en una ocasión definió al buen ajedrecista como una poco frecuente combinación de un monje asceta y una fiera depredadora. El noruego cumple a cabalidad con ambas condiciones. Su voluntad de ganar y su carácter firme, unido a una férrea disciplina y preparación, lo hacen, al menos por el momento, invencible.

Pero Carlsen también es hijo de su momento histórico. La tecnología es ahora un elemento determinante en la formación y preparación del ajedrecista. En el siglo XVIII, la intuición y la creatividad eran los factores decisivos; la técnica y los métodos aún no eran tan profundos. En la época de Capablanca ya se editaban cientos de libros y en muchos países circulaban publicaciones periódicas especializadas. Luego, a mediados del siglo pasado, la escuela soviética, de la mano de Mijaíl Botvínnik, elabora sofisticados métodos y técnicas para la partida de ajedrez y construye bases de millones de partidas clasificadas de acuerdo con las diversas aperturas. Muchos de estos conocimientos fueron mantenidos en secreto por los soviéticos, que hicieron del ajedrez un arma política. Pero en los años 70 se lanzó el Informador, una publicación yugoslava que analizaba las partidas y las clasificaba.

Ahora, en la época de Carlsen, las grandes bases de partidas están disponibles para los más sofisticados computadores y módulos de análisis que asisten a los maestros. Y, por otra parte, Internet y las redes sociales agilizan la transmisión del espectáculo del ajedrez. Magnus Carlsen puede ser el sumo sacerdote de esta actividad: sofisticada y de alta tecnología. La combinación de un antiguo gladiador y de un moderno Jedi. Así marcará los mojones de su propia era.

SERGIO GONZÁLEZ
Maestro FIDE
Para EL TIEMPO

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