Editorial: Presidente y candidato

Editorial: Presidente y candidato

23 de noviembre 2013 , 07:05 p.m.

La alocución presidencial del miércoles pasado duró algo más de diez minutos. Pero detrás de esa breve intervención hubo meses de análisis y debates entre Juan Manuel Santos y su círculo más íntimo, hasta que este tomó la decisión que los analistas preveían: la de presentar su nombre a las elecciones del próximo año.

Faltan todavía seis meses para la cita con las urnas. De hecho, y sin desconocer las escaramuzas que se han visto en las últimas semanas, podría afirmarse que la campaña no ha comenzado todavía en forma.

De acuerdo con un concepto de la Procuraduría, los actos proselitistas solo podrán empezar a finales de enero próximo en lo que corresponde al actual mandatario. Y ese no es el único factor para tener en cuenta. Si bien el abanico de aspirantes a la Casa de Nariño incluye cada vez más caras, aún falta que algunos partidos y movimientos con respaldo popular lleven a cabo el proceso que les permitirá escoger a su respectivo postulante.

No obstante, el hecho de que Santos haya lanzado su sombrero al ruedo ha agitado el cotarro político. Tal como sucedió hace ocho años con su predecesor y más allá de lo que digan las normas, cada discurso, acto o gesto que haga el Jefe del Estado estará sujeto al escrutinio en un país en donde la figura de la reelección es joven.

Debido a que existen múltiples zonas grises, sin que se haya producido el reacomodo institucional de fondo que varios dirigentes consideraban indispensable cuando fue reformada la Constitución para permitir tal opción, es muy posible que sean continuas las quejas en torno al accionar del Presidente-candidato. Por tal motivo, a este le corresponde manejar con particular cuidado su agenda, tratando de no mezclar los deberes propios del gobernante de todos los colombianos con los de quien busca ganar el favor de los votantes.

La necesidad de que ello sea así nace del clima de pugnacidad que empieza a rodear la que será una contienda intensa. Tanto la presencia del uribismo como la de una izquierda que contará con un número plural de representantes hacen pensar que buena parte de los ataques estará dirigida a la cabeza del Poder Ejecutivo, con el fin de convencer a la gente de que es preferible el cambio a la continuidad.

Santos, por su parte, ha señalado que la voluntad que lo anima es la de terminar la tarea iniciada. En materia social, por ejemplo, el Gobierno exhibe sus logros relacionados con la creación de empleo y la disminución de los índices de pobreza, para decir que tiene que ganar más terreno. En particular, el mandatario habló de profundizar lo hecho en vivienda, educación, infraestructura y servicios públicos, aparte de hacer la tarea pendiente en salud, justicia y seguridad ciudadana.

Para alguien poco dado a realizar actos de contrición en público, Santos llamó la atención al reconocer que ha cometido errores y tenido frustraciones. Es de esperar que, a medida que trate de tender puentes con la opinión, tales confesiones sean más precisas y vengan acompañadas del necesario propósito de enmienda.

En cambio, en lo que sí se mostró desafiante fue en su convencimiento de que su candidatura representa el viejo anhelo nacional de conseguir la paz. Más allá de que el ritmo de las conversaciones en La Habana haya sido más lento de lo que esperaba, el Presidente considera que las posibilidades de llegar a feliz término son reales y, por lo tanto, hay que persistir en la estrategia ya definida.

Sin desconocer la validez del objetivo, es obligación, al mismo tiempo, mantener la rienda corta en lo referente a combatir el terrorismo y el crimen, tanto común como organizado. Si existe un fantasma que no puede aparecer en este nuevo capítulo de la vida democrática del país es el de la violencia, una advertencia que, por más obvia que sea, es relevante, sobre todo cuando persisten intereses oscuros que quisieran pescar en río revuelto.

Y, en términos generales, vale la pena insistir en que el Gobierno no se puede distraer en el manejo de los asuntos del día a día. Lo que ocurrió esta semana con el proyecto de ley de baldíos, que a las pocas horas de haber sido radicado en el Congreso fue retirado, es –para decirlo con claridad– penoso. Resulta increíble que una iniciativa tan fundamental, en la que están puestos los ojos de la oposición y de la opinión entera, tenga problemas de redacción tras haber sido discutida en varias instancias, incluyendo el Consejo de Ministros.

Por tal motivo, si, como dice Santos, el objetivo es “construir el futuro que queremos”, vale la pena prestarles toda la atención a los retos del presente. Aún quedan nueve meses largos de gestión y en ese periodo la meta debe ser la de concluir los propósitos establecidos en el Plan de Desarrollo, entre otros desafíos.

En conclusión, es legítimo que Juan Manuel Santos aspire a reelegirse. Pero también lo es que la ciudadanía exija que el manejo del Ejecutivo de los asuntos estatales sea profesional.

Aceptando que es bueno debatir sobre el próximo cuatrienio, el actual Presidente no puede olvidar que su éxito o fracaso en las urnas dependerá de lo que pueda hacer antes de que acabe el próximo mayo, no después de que comience el 7 de agosto del 2014.

editorial@eltiempo.com.co

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