Nuevas burlas al precio de los medicamentos, según Juan Gossaín

Nuevas burlas al precio de los medicamentos, según Juan Gossaín

El periodista ratifica que intención del Gobierno de combatir el problema no ha tenido efecto real.

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22 de noviembre 2013 , 07:33 p.m.

“Te vas a volver cansón”, me advierte un amigo cuando le cuento que voy a escribir otra crónica sobre el precio de los medicamentos. Le contesto que yo no estoy aquí para entretener a mi distinguida clientela con los acordes de la guitarra, ni para divertir con mi repertorio de chistes al respetable público, sino para decir limpiamente las cosas que afectan a la gente, por aburridas que parezcan, y aunque corra el riesgo de convertirme en una vieja cantaletera a la que nadie le para bolas.

Bueno: lo cierto es que han pasado ya cuatro meses desde el 13 de julio, que fue cuando salió publicado mi último trabajo sobre el costo a que han llegado las medicinas en nuestro país. Recordarán ustedes que aquella crónica desató la ira santa del Ministro de Salud, que me llamó “ignorante” y me calificó poco menos que de embaucador. Me negué a participar en esa feria de insultos por cuanto comprendí que era una forma mañosa de desviarle el curso al verdadero debate: ¿por qué son tan caros los medicamentos en Colombia?

A pesar de su pataleta, solo una semana después de mi crónica, el sábado 20 de julio, día patriótico por excelencia, el Ministro de Salud escribió en este mismo periódico un artículo de su puño y letra en el que anunciaba una reducción sustancial en el costo de las medicinas.

En efecto, a mediados de agosto publicaron por fin la bendita resolución en la página que tiene en Internet la Comisión Nacional de Precios de Medicamentos, de la que forman parte el propio Ministro y su colega de Comercio.

Los periódicos, como era natural, acogieron con gran despliegue una noticia tan buena. ‘Topes a precios de medicamentos’, proclamaba EL TIEMPO del 23 de agosto. “Algunos serán hasta del 76 por ciento. Comisión anuncia reducciones en 189 fármacos”. Se oía el repicar de bombos y platillos. Daban ganas de sacar pareja. No era para menos.

Entendí que mi obligación como periodista no consistía en enfrascarme con el Ministro en una batalla de agravios ni en una escaramuza de epítetos. Mi deber consiste, simplemente, en salir a buscar la verdad dondequiera que se meta. Lo importante, al fin y al cabo, no es la opinión que un ministro tenga de un periodista; lo importante es que no sigan abusando de los ciudadanos para pelarles el bolsillo sin misericordia.

Entonces resolví esperar un tiempo prudencial a ver si la formidable rebajona funcionaba en serio o era otra burla. A lo largo de estos meses lo que hice fue averiguar si se estaba cumpliendo o no lo ordenado por el Gobierno. Aquí están las conclusiones.

Caballo viejo

Dicha resolución, que es la número 04 de este año, establece el precio máximo que pueden cobrar los mayoristas –laboratorios, hospitales y proveedores– por los remedios más costosos y complejos del mercado, aquellos que se destinan a dolencias especialmente críticas, como cáncer, artritis reumatoide, epilepsia y trastornos mentales.

Como habíamos hecho en el pasado, volví a consultar los puestos de mayoreo, con la ayuda de un grupo de colaboradores, en varias ciudades del país. No fue tarea fácil, porque algunas cadenas de droguerías han instruido a sus empleados para que se abstengan de dar información a quienes averiguan por los precios. “Cuidado”, les advirtieron. “Pueden ser periodistas”.

En esa forma, mientras el gentío retozaba en las playas durante los dos puentes festivos de noviembre, y las reinas pasaban saludando con la mano en alto, nosotros andábamos por ahí, preguntando por los remedios. Es que el periodismo, como el amor del caballo viejo en aquella canción venezolana, no tiene horario ni fecha en el calendario.

Cuando ya tuvimos las respuestas en la mano, la pregunta que había que hacerse, obviamente, era esta: ¿les están haciendo caso a los precios que dicta el Gobierno?

Los malos ejemplos

Me da una pena terrible convertirme en mensajero de malas noticias y pájaro de mal agüero. El caso es que al azar escogí siete de los 189 productos que aparecen en la Resolución 04. Juzguen ustedes mismos.

Reminyl. Para combatir el mal de Alzheimer. Caja de 14 cápsulas de 16 miligramos. La resolución dice que su “precio máximo de venta en el territorio nacional” será de 80.666 pesos. Están cobrando 133.900. El sobrecosto es del 66 por ciento. En Venezuela vale 51.000 pesos.

Avonex. Para pacientes con esclerosis múltiple (endurecimiento de órganos y tejidos). Solución inyectable de 30 microgramos en medio mililitro. Su precio debe ser, según la resolución del Gobierno, de 1’870.983 pesos. La verdad es que cobran 3’800.000. El aumento es de 102 por ciento, más del doble de lo autorizado. En Panamá vale 1’200.000 pesos colombianos. La ley panameña ordena, además, una rebaja del 20 por ciento si el enfermo tiene más de 65 años. Como en México.

Tasigna. Para cánceres especialmente resistentes. Caja de 112 cápsulas de 200 miligramos. El Gobierno ordenó desde agosto que su precio máximo sea de 7’419.723 pesos, pero cobran 9’885.000. Traducción: le subieron el 33 por ciento. En Bolivia cuesta 6’300.000 pesos.

Prograf. Se usa para evitar el rechazo en trasplante de órganos, especialmente riñón e hígado. El Gobierno ordenó que por una caja de 50 cápsulas de medio miligramo se cobre un precio máximo de 118.223 pesos, pero los mayoristas piden 237.800 pesos. Sobrecosto del 101 por ciento. En Aruba vale 78.000 pesos.

Mabthera. Es una suspensión inyectable de 500 miligramos por 50 mililitros. Se emplea en varias enfermedades, como cáncer, leucemia y los casos más graves de artritis. El Gobierno le fijó un precio máximo de 2’881.125 pesos. Los vendedores cobran 5’310.000 pesos. Le subieron el 84 por ciento.

Cuatro veces más caro

**De todos los medicamentos que investigamos, el caso más indignante, por lo abusivo, es el de una tableta llamada Sabril. Se utiliza en casos de epilepsia, especialmente si el enfermo es un niño, lo cual hace más imperdonable el atropello. La caja de 90 unidades de 500 miligramos fue fijada por el Gobierno en 106.354 pesos, pero están cobrando 415.000. Le subieron nada menos que el 290 por ciento. Tres veces más de lo que vale. En Ecuador cuesta el equivalente de 76.000 pesos.

**Linezolid de 600 miligramos. Antibiótico especial para combatir bacterias. Precio máximo en la lista del Gobierno: 1’257.392 pesos. Lo están vendiendo a 2’181.235 pesos. El incremento es del 74 por ciento. En el Perú vale 865.000 pesos.

¿Se fija, señor Ministro, que no son vainas mías? Me veo en la necesidad de repetirle lo que dije en mi crónica de agosto, que tanto lo enfureció a usted: sus disposiciones sobre precios de medicamentos se han convertido en un rey de burlas, que nadie cumple ni nadie hace cumplir.

(Dicho sea entre paréntesis: también seguimos esperando que el Gobierno controle el precio de los remedios más sencillos, los que la gente compra diariamente en las farmacias, y que tampoco se pueden pagar: suben mes por mes. Para poner un solo ejemplo, la caja de Glimepirida de quince pastillas, muy usada por los diabéticos, costaba 25.000 pesos en octubre. En noviembre vale 29.000. Esa tragedia es mucho peor a medida que uno se aleja de Bogotá hacia los pueblos más distantes. Lo cual produce en la realidad una monstruosa proporción inversa: mientras más pobre es la región, más caro es el medicamento).

Epílogo

Aunque ya lo he escrito varias veces en estas páginas, voy a repetirlo por millonésima vez, así me llamen cansón y así me tilden de ignorante, porque las cosas hay que decirlas como son. Ahí voy.

Aquí bloquean una carretera porque hace tres días que no les llega la señal de televisión, pero nadie bloquea una calle para protestar porque los niños se están muriendo en las aceras de los hospitales. A propósito: aquí se acaba de informar que 506 hospitales están al borde de la quiebra, mientras los directivos de ciertas EPS se reúnen a cenar con la plata de la salud en los hoteles de Singapur.

Aquí una pastilla para la tos vale más que un salario mínimo, mientras el Presidente de la República decreta de un solo plumazo millonarios aumentos de sueldo para los miembros del Congreso Nacional, pero los médicos siguen recibiendo los mismos honorarios que las empresas de salud les pagaban hace once años. Aquí los delincuentes se pasean por las oficinas públicas o se pavonean en los restaurantes más lujosos de Bogotá, pero nadie los captura porque los jueces andan disfrutando de cruceros marítimos en sus horas de trabajo.

¿Puede haber algún servicio público más importante que la salud? ¿O que la justicia? Pero aquí no funciona ninguna de las dos cosas. Bonito futuro el que nos espera. Muy bonito.

Señor Ministro de Salud: solo me resta pedirle perdón por volver a ocuparme de estos temas, pero usted sabe que la ignorancia es atrevida. Espero que esta crónica no le produzca a usted un nuevo ardor en el estómago. Con lo caros que están los antiácidos...

JUAN GOSSAÍN
Especial para EL TIEMPO

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