La trampa emocional del poder

La trampa emocional del poder

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22 de noviembre 2013 , 06:45 p. m.

NUEVA YORK. Los ricos y poderosos no se fijan en quienes están por debajo de ellos porque no los necesitan.

El psicólogo y escritor Daniel Goleman, famoso por haber articulado el concepto de inteligencia emocional, está de regreso con un nuevo libro y, dentro de él, una idea simple pero al mismo tiempo provocadora: a la gente con más poder económico, más dinero o más estatus, le importan menos las otras personas.

Goleman se volvió célebre por crear una alternativa para el imperfecto coeficiente intelectual con que se solían evaluar las capacidades y el potencial de las personas. Su noción de medirlas también por su capacidad de comprender y de conectarse con los demás ha tenido un impacto positivo en diseños educativos, en manejo de recursos humanos y en muchas otras áreas.

La idea de que los ‘ricos’ no se interesan por los demás está sustentada en un estudio hecho por universidades de Holanda y California, en que grupos de extraños se contaban unos a otros las penurias y adversidades por las que estaban atravesando.

Los más poderosos en el estudio mostraron poca compasión por sus colegas en dificultades, y la explicación, según Goleman, es que los ricos y poderosos no se fijan en quienes están por debajo de ellos porque no los necesitan. Los ‘ricos’, asegura el psicólogo, no necesitan de la solidaridad de los menos favorecidos, porque, cuando la requieren, la pueden pagar, como, por ejemplo, cuando contratan una niñera en lugar de tener que pedirle al vecino que les cuide a sus hijos.

Trasladado al terreno de las políticas públicas, el asunto es interesante, porque es fácil que los gobernantes y los legisladores se desconecten –o en algunos casos nunca se conecten– con la realidad de los menos afortunados.

Es lo que está pasando en el Congreso norteamericano, que, a comienzos de este mes, autorizó descontinuar subsidios alimentarios que benefician a casi 50 millones de estadounidenses pobres. El argumento de los parlamentarios republicanos es que la ayuda alimentaria crea dependencia y genera abusos, pero, con una tasa de desempleo por encima del siete por ciento y con la economía moviéndose todavía a paso de tortuga, mucha gente está calificando la medida como un innecesario acto de crueldad.

Si es verdad, como dice el profesor Goleman, que los poderosos están sesgados por su falta de empatía, no sorprende que a un grupo de señores gordos que se sientan cómodamente en Washington les parezca secundario que una familia cualquiera tenga o no qué comer.

Tampoco es casual que Bolsa Familia, un exitoso programa de transferencia de ingresos hacia los estratos más bajos, haya sido inventado en Brasil por Luiz Inácio Lula da Silva, un presidente que creció en medio de privaciones y estudio hasta quinto de primaria antes de volverse obrero metalúrgico.

No estoy tratando de argumentar que los menos afortunados son mejores gobernantes que los ‘ricos’, por llamarlo de alguna manera, y para eso no hay sino que mirar el caso de Venezuela. Allí, y en otros países de Latinoamérica, los gobernantes populistas y demagogos de las últimas décadas han reemplazado las antiguas élites por nuevas élites, igual o peor de corruptas que en el pasado.

Pero lo que sí han hecho muchos de esos presidentes es preocuparse por los sectores más desposeídos de la población, que históricamente han recibido poca o ninguna atención de los poderosos.

Con estudios que lo respaldan, lo que hace Daniel Goleman es mostrar la trampa emocional del poder, que de alguna manera blinda a quienes están en la cima de todo contacto y, por consiguiente, de toda compasión con los que están abajo.

Mientras no se cierre esa brecha de empatía, pronostica el psicólogo, difícilmente se cerrará el abismo de la desigualdad.

Adriana La Rotta

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