Editorial: Le han disparado al Presidente

Editorial: Le han disparado al Presidente

21 de noviembre 2013 , 07:45 p.m.

¿Por qué el asesinato de John Fitzgerald Kennedy, el trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos de América, sigue pensándose en el mundo entero como un trauma? ¿Por qué por estos días, cuando se cumplen cincuenta años de aquel crimen tan documentado pero al mismo tiempo tan misterioso, los principales medios de comunicación –desde los periódicos de siempre hasta YouTube– revisan por enésima vez los hechos de ese viernes 22 de noviembre de 1963? Porque aún hoy sugiere a los ciudadanos de a pie que en las tras escenas de las democracias hay una serie de poderes que mueven los hilos para que las sociedades continúen funcionando a su antojo, para que todo siga igual a fuerza de pequeños cambios.

Kennedy nació en 1917 en una poderosa familia de origen irlandés. Gracias al trabajo de su padre, un controversial empresario fascinado por la política, no solo se convirtió en un aventajadísimo estudiante de las mejores universidades, sino que recorrió el mundo en el momento preciso en el que estaban empezando a darse los pulsos –la esperanza de la democracia versus el imperio del totalitarismo, por ejemplo– que luego pondrían a la humanidad en jaque. Fue Kennedy un heroico veterano de la Segunda Guerra. Coqueteó con el periodismo. Y, sin embargo, lo atrapó la política. Su largo paso por el Congreso, de 1946 a 1960, estuvo lleno de contradicciones, pero probó su vocación por la popularidad y la leyenda y su compromiso con el movimiento por los derechos civiles, y lo condujo a la Presidencia, en enero de 1961, luego de una campaña que dejó en claro la polarización norteamericana y probó a los analistas que empezaba la implacable era de los asesores de imagen.

Su breve presidencia no estuvo exenta de polémicas y zonas borrosas (la fracasada invasión de Cuba lo enfrentó con el guerrerismo que se arrastraba por los pasillos de Washington), pero su progresismo en ciertas áreas, digno de una nueva generación que apenas llegaba al poder, sin duda les dio esperanza a las mentes liberales del planeta. Su elocuencia durante esos famosos discursos, que fueron verdaderos actos políticos; su empeño en establecer los cuerpos de paz y en perseguir el desarme internacional; su coraje y sus escrúpulos de humanista durante los trece días de la llamada “crisis de los misiles”, que estuvo a punto de llevar al mundo a una batalla nuclear en plena Guerra Fría, y su oportuno –y muy público– reconocimiento de que era el tiempo de “los derechos civiles” y “la integración racial” crearon la ilusión de que empezaba un nuevo capítulo en la historia de los Estados Unidos, tan atada, a esas alturas, a la del mundo.

Fue eso, ese mito que los Kennedy han defendido como una nación, lo que fue asesinado a las 12:30 del 22 de noviembre de 1963 en la plaza Dealy de Dallas (Texas). Si se han escrito cerca de 40.000 libros y se han filmado cerca de 100 producciones sobre el tema, si los expertos de las mil y una investigaciones siguen denunciando la imposibilidad de llegar a la verdad sobre el crimen, si los medios más diversos siguen hasta hoy llenándose de imágenes icónicas y de teorías sobre el brutal asesinato (que fue una conspiración entre poderes oscuros, que fue un crimen de Estado, que Lee Harvey Oswald, el supuesto verdugo, actuó solo), es porque la tragedia del enigmático John F. Kennedy es hasta hoy un recordatorio, quizás la ilusión, de que hubo un tiempo en el que los Estados Unidos y el mundo se resistían con pasión a las desigualdades y a la guerra.

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