Plinio Apuleyo Mendoza publica su nuevo libro 'El país de mi padre'

Plinio Apuleyo Mendoza publica su nuevo libro 'El país de mi padre'

Describe cómo una nación pacífica, de grandes figuras, se convirtió en otra, terrible. Fragmentos.

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19 de noviembre 2013 , 06:45 p.m.

Aquel aciago día, 9 de abril de 1948

Hay en el aire una vaga amenaza de lluvia. Faltan pocos minutos para la 1 de la tarde; acabo de salir con mi papá de la oficina y caminamos por la carrera séptima.

En la puerta del edificio Agustín Nieto, mi papá se detiene:

–Yo voy a almorzar con Gaitán –me dice–. Almuerza tú en cualquier parte y a las dos y media nos encontramos en la oficina.

Lo veo entrar por el estrecho zaguán del edificio.

Veinte minutos después estoy en aquel mismo sitio, en aquel andén de la carrera séptima, con una rodilla en el suelo, inclinándome ante el cuerpo de un hombre que ha sido derribado de tres balazos: Gaitán.

La historia aquella la he referido en una novela: lo que vi, lo que oí.

Pero nunca la he contado desde la perspectiva suya, de mi padre. Encontró a Gaitán en la oficina, con varios amigos. Los invitó a almorzar a todos. Debió soportar sus bromas de costumbre, por aquella manía suya de ser siempre el anfitrión.

“Se ve que eres tú el oligarca”, le decían riendo.

Salió con él, caminando delante del resto del grupo por el estrecho zaguán del edificio, hacia la calle, hacia la rumorosa claridad de la calle. Gaitán, con sombrero y pesado abrigo negro. Él, de gris claro. Tenían ambos la misma edad: cuarenta y seis años, en aquel momento. Se habían conocido a los veinte años en la universidad, cuando ambos eran dos muchachos pobres y desconocidos.

–Tengo que hablarte de una pendejada –le dijo a Gaitán, una vez se encontraron fuera del edificio, dirigiéndose con él hacia la calle, y fue justamente en aquel momento cuando delante de ellos (sí, delante de ellos), a unos dos metros delante de ellos, surgió el asesino.

Era pequeño, pálido, insignificante; una barba de dos días le oscurecía el mentón. Tenía un objeto metálico en la mano, un revólver, y en sus ojos había odio.

Al verlo, Gaitán hizo un movimiento brusco e instintivo como si quisiera devolverse hacia el edificio.

El primer disparo produjo pánico en la calle.

El asesino disparó dos veces más sobre el cuerpo que había caído en el andén, y cuando mi papá intentó avanzar sobre él, hizo un cuarto disparo; la bala le perforó el sombrero y se incrustó en la pared del edificio.

* * * *

(...) “Estoy a sus órdenes, caballeros.”

El presidente Ospina Pérez acaba de tomar asiento en la cabecera de la mesa y se dirige a los dirigentes liberales que durante largo rato lo han aguardado en silencio, en aquel solemne despacho de espesa alfombra y altos techos a donde llega de vez en cuando el eco de una descarga de fusilería y cuyas ventanas dejan ver en la luz lluviosa de la tarde la humareda de los incendios.

Ospina está tranquilo, elegante y glacial, con su hermosa cabeza de cabellos color de plata, su cara de rasgos finos, sus manos bien cuidadas descansando la una sobre la otra y sus ojos desprovistos de toda emoción, como si aquella ciudad incendiada que revelaba el ventanal fuese un simple decorado de cartón de una ópera y aquellos disparos que reventaban en la calle con un eco desgarrador nada tuviesen que ver con él.

Nieto de un presidente llamado también Mariano Ospina, criado en Antioquia en un mundo patriarcal de grandes haciendas, entre retratos de antepasados ilustres y peones que lo saludan desde niño quitándose el sombrero, Ospina, impuesto por Laureano Gómez, había llegado al poder sin los méritos y antecedentes de un político de combate. Era un ingeniero y un hombre de negocios, con acciones e inversiones en finca raíz, casado con una mujer pequeña, locuaz y dinámica que cultivaba orquídeas en Medellín, organizaba bazares de caridad y decía en voz alta todo lo que se le pasaba por la cabeza.

Ospina no. Ospina había aprendido de los jesuitas, sus maestros y guías espirituales, el don majestuoso del silencio, de la distancia, de no confiarse en nadie y de escuchar a todo el mundo antes de aventurar una opinión. El que calla y oye es el jefe. Jamás perder la calma. Esperar. Ahora aplicaba las normas aprendidas con una sangre fría asombrosa.

“Ustedes dirán”, repite.

Pero nadie habla. Es como si aquella delirante marcha que acaban de hacer para llegar a palacio, en medio de multitudes enloquecidas, de disparos y muertos, hubiese dejado agotados a los dirigentes liberales.

Mendoza espera que Echandía tome la palabra. Abúlico y despreocupado en apariencia (algo en su indumentaria y su actitud seguía recordando la hamaca y el sopor de las siestas de su tierra natal, Tolima), pero, en realidad, ciclotímico, Echandía alterna largas etapas de despreocupación y mutismo con fulgurantes momentos de vehemencia, en los que la fuerza de su argumentación y de sus conocimientos jurídicos pulveriza a cualquier adversario.

Pero ahora, abrumado quizá por el espectáculo visto en las calles, ha caído en uno de sus insondables mutismos. Entonces, Mendoza Neira decide hablar. Decide ir al grano, a su manera, sin preámbulos ni retórica.

“Presidente –dice–, el asesinato de Gaitán ha planteado una situación muy grave que usted no podrá controlar. Creemos que en las actuales circunstancias lo único posible para evitar un desastre mayor es entregarle el poder al Ejército. El Ejército tiene la confianza del pueblo”.

No es Ospina el que se altera, sino Echandía. Resopla bruscamente como un caballo picado por un alacrán; la sangre se le viene al rostro.

“¿El Ejército? –pregunta despabilándose, como si acabara de despertarse de una siesta, y con aquel acento nasal suyo, del Tolima, exaltado por una nota de alarma–. Eso es insensato –exclama con una especie de sorprendido furor–.”

“Absurdo”, confirma Lleras Restrepo.

La propuesta aquella le parece también un exabrupto. Herederos de una vieja tradición jurídica, no ven la realidad.

“La situación es muy grave y hay que buscarle una salida”, dice Echandía.

“Muy grave, efectivamente”, confirma el presidente Ospina.

Ha comprendido. Los liberales esperan quizá su renuncia a fin de que un primer designado, de filiación liberal, tome el mando, pero ni siquiera se atreven a exigírselo. Un acuerdo es posible, pero como última carta. Por lo pronto, hay que ganar tiempo, dilatar el diálogo, servirse de aquellos dirigentes como tácitos rehenes, mientras la chusma, distraída por el aguardiente y el saqueo, se agota en las calles y tropas frescas y seguras enviadas desde Tunja llegan a la capital.

Habla brevemente:

“Estoy de acuerdo en buscar una solución patriótica para salvar el país del caos. Pero, como ustedes comprenderán, nada puedo decidir sin consultar con los dirigentes de mi propio partido”.

Así, sin aludir a ella explícitamente, deja flotar en el aire la posibilidad de una renuncia. Esperándola, los jefes liberales permanecerán en palacio mientras las muchedumbres quedan en las calles a la deriva.

Mendoza comprende también. Ospina no puede entregarles el poder a los liberales.

¿Qué hace allí, entonces? Ha sido un error venir a palacio sin un plan previamente establecido. Habría sido mejor, piensa ahora, organizar algo en la calle. No es fácil, ciertamente, organizar una muchedumbre anarquizada y ciega, pero ha visto policías con escarapelas rojas en el brazo; policías que se han sumado a la insurrección. Quizá con ellos y otros hombres de cabeza fría podrían tomarse algunos cuarteles y, sobre todo, aquel parque militar de Santa Ana, donde había centenares de fusiles.

En estas posibilidades piensa aún, secretamente incómodo consigo mismo, mientras la noche, iluminada por el resplandor de los incendios, va cayendo sobre los tejados de la ciudad.

Más lejos aún, doña Berta, la esposa del presidente (ella misma se lo contaría con amistosa desenvoltura a Mendoza muchos años después, en una recepción diplomática en la embajada de Venezuela), está llamando a un teniente de toda su confianza, edecán de palacio, y con una energía inquebrantable, fría, que nunca le faltará aquella noche, le dice:

“De todos ellos, el único peligroso es Mendoza Neira. Si pretende irse, dispárenle”.

* * * *

Mendoza Neira recordaría siempre una conversación que sostuvo meses más tarde con Gilberto Alzate Avendaño, un importante dirigente conservador amigo suyo.

A diferencia de la mayor parte de los dirigentes de su partido, Alzate no se andaba con rodeos y cautelas jesuíticas. Cultivaba un cinismo y una desfachatez que a Mendoza le divertían sobremanera.

Por eso, quizá, eran amigos.

Rojo, como si estuviese siempre a punto de sufrir una congestión, sin un solo pelo en su cráneo brillante y con un enorme mentón voluntarioso que recordaba de manera inquietante a un Mussolini en su hora de apogeo, exuberante, vital, sudoroso, con un apetito feroz y un tubo digestivo capaz de digerir, él solo, una ternera asada y varios metros de chorizos, Alzate era franco e imprudente como Mendoza.

Se entendían bien.

Aquella conversación, que un litro de whisky colocado sobre la mesa de un bar hacía más fácil, habría de confirmarle a Mendoza muchas sospechas.

“No seas pendejo, Plinio; tú sabes cómo es la cosa –le decía Alzate, triturando ruidosamente con un movimiento voraz de su enorme mandíbula de buey manotadas de maní que se había echado a la boca–. Ustedes los liberales son mayoría en el país. Mayoría apenas del 2 por ciento. ¿Más? Te lo concedo. Tres, cinco por ciento a lo sumo. Máximo el cinco por ciento. ¿Y qué? Por un miserable cinco por ciento no les vamos a entregar el poder. ¿Está claro? No les vamos a entregar el poder. Sería una pendejada enorme que lo hiciéramos.”

Hablaba con ímpetu, rápidamente y atropellando las palabras. El whisky que iba bebiendo parecía florecerle en los poros, haciéndole brillar perlas de sudor en la calva y en la cara muy roja, y le daba a la vez alas ligeras a su conocida exuberancia, locuacidad y cinismo.

“¿Qué van a conseguir ustedes los liberales anticipando las elecciones? Nada. Simplemente van a obligarnos a ir más rápido. Lo que hasta ahora has visto en tu propio departamento y en el de Santander se extenderá a todas partes y de manera más intensa. Olvídense de leguleyismos. Estamos dispuestos a todo. A todo, antes que volver al desierto de la oposición…”

“… lo ocurrido en la Cámara de Representantes fue apenas una muestra. Se llegó a pensar en una bomba. Una bomba que se habría colocado en el lado donde se sientan los liberales. Pero… (aquí trituró con salvaje voracidad una manotada de maní) … habría podido herir a algún conservador. Jamás se sabe el verdadero alcance de esas vainas”.

Se quedó observando a Mendoza con ojos de pronto mansos, casi taciturnos, mientras la mandíbula seguía moviéndose, feroz y constante, en su labor de triturar el maní.

“Cuídate, Plinio –le dijo–. A ti te pueden matar. Tú eres para ellos hombre peligroso. Cuídate”.

“Gracias por prevenirme, Gilberto”, sonrió Mendoza.

* * * *

A mediados de 1949, todo lo que vendría después estaba previsto:

Los famosos ‘pájaros’ que a la hora del crepúsculo, en automóviles grises y sin placas, aparecían en las ciudades del occidente del país sembrando el terror; los campesinos de Miraflores, al oriente de Bogotá, que el mayor Cuervo Araos obligaba a subir corriendo, descalzos y con las manos atadas a la espalda, por un camino de herradura para lanzarlos desde un alto, vivos, hacia la profunda garganta del río Lengupá; las casas incendiadas, los hombres azotados, castrados, torturados, arrojados desde aviones; las mujeres violadas en la plaza pública después de un tedeum; las mujeres embarazadas cuyos vientres eran rasgados por las bayonetas como la pulpa de un mango por una navaja, y sus fetos echados al aire en medio de risas.

Eso, y las gigantescas migraciones de campesinos hacia la selva, los páramos o las llanuras a donde no habían llegado las hordas de policías.

Aquella dantesca caravana de cuatro mil hombres y mujeres conducidos por Juan de la Cruz Varela desde Sumapaz hasta la hoya del Duda, a través de la selva, escapando del infierno de fuego y sangre en que se habían convertido sus pueblos. No había nada que comer, salvo hojas y raíces selváticas que producían vómitos y diarreas, y algunos hombres, incapaces de seguir escuchando el llanto de sus hijos hambrientos, les cortaban la cabeza con un machete para no prolongar su agonía.

Trescientos mil muertos en el país.

Todo esto de algún modo había sido previsto, programado, por hombres tranquilos y bien calzados, que usaban corbatas de seda y mancornas en el puño, iban puntuales a la misa el domingo y bebían whisky y comían almendras saladas en la mesa de un club.

Hombres que sin duda habían leído a santo Tomás, tenían confesor privado, amaban a Goethe, a su perro y a sus canarios, y como Goering creían en el principio de autoridad.

PLINIO APULEYO MENDOZA

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