El narco-villano / El otro lado

El narco-villano / El otro lado

Rodríguez Gacha solo sabe ser un desalmado criminal que no tiene ni motivos ni ética ni nada.

17 de noviembre 2013 , 05:46 p.m.

La conciencia de Colombia es narco, por eso nuestra TV debe narrar lo narco: ahí nos reconocemos. Llegó Rodríguez Gacha, el que le gustaba la ranchera y amaba a Millonarios. ¿Cómo llegó?

El libretista de Alias El Mexicano, don Mauricio Navas, había dicho que esta historia sería una con conciencia de país y sin justificación o reivindicación del narco-ídolo: solo se iba a mostrar a Rodríguez Gacha en su faceta diabólica, camorrista, malévola, retorcida. Un relato de que en este señor no había nada justificable.

En los primeros capítulos lo ha logrado: ese Rodríguez Gacha era malo, malísimo y sin conciencia: mataba por placer, era un criminal sin compasión y solo pensaba en la venganza. Es más, tampoco se le siente placer ni gozo en su papel de criminal, solo le gustaba hacerlo como una máquina del mal, no se le puede justificar.

Mientras que Pablo Escobar y Carlos Castaño para todo tenían buenas razones y se manejaban por códigos de lealtad, amistad, religión y familia (por lo menos eso mostraban sus series en televisión), Rodríguez Gacha solo sabe ser un desalmado criminal que no tiene ni motivos ni ética ni nada: un matoncito, nada que admirar.

Y la maldad de Rodríguez Gacha se evidencia en situaciones como la traición a sus amigos, a su novia, a su gente. A esto ha ayudado que quien lo actúa (Juan Sebastián Calero) quiere mostrar que es desabrido, inocuo, maldadoso, sin atributos.

El otro planteamiento interesante de la historia está en recordar la génesis de nuestro mal: la guerra de las esmeraldas; el recuperar la valentía del periodismo y la ética de algunos militares que todavía creen en la verdad, y el agregarle amorcito con la bella Flora Martínez seduciendo en su mejor tono.

Hasta ahí todo bien. En lo débil está una realización que buscando el estilo de serie gringa acaba con el color colombiano y juega a la estética descolorida de comercial perdiendo el realismo narco: mucha imitación de gánsteres gringos y poco de vitalidad estética nacional.

El otro tema es que los diálogos se oyen poco naturales y muy libreteados: se usan frases que buscan la genialidad más que el relato. Aunque se sabe que la intención es generar conciencia, para eso no hay que convertir a los diálogos en compendios de frases brillantes.

Tal vez el rating no va a ser alto (tiene 10 puntos promedio), porque a la realización descolorida y a los diálogos sin cotidianidad, se le une un narco sin heroísmo y pleno de villanía.

Y es que la falta de conciencia de la sociedad colombiana nos lleva a creer que los narcos son otro producto más de la exclusión de este país y a justificar su maldad.

A los buenos de Colombia poco les gusta verse en el espejo deforme del narco y la corrupción y esta serie tiene conciencia de la maldad de los narcos y eso no gusta, molesta.

ÓMAR RINCÓN
Crítico de televisión
orincon61@hotmail.com

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