Petro y Akhenatón

Petro y Akhenatón

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16 de noviembre 2013 , 07:47 p.m.

Akhenatón, el faraón hereje, ofreció gobernar con la política del amor, al igual que Gustavo Petro. El faraón fue más coherente con este ofrecimiento, en contraste con la permanente pugnacidad del Alcalde, y fue en consecuencia más querido por su pueblo durante los primeros años de su reinado, según la versión de la espléndida novela del premio Nobel egipcio Naguib Mahfuz. Compartió también con Petro el sueño de una nueva ciudad, aunque, a diferencia de nuestro alcalde, él sí construyó una nueva y hermosa: Akhetatón (hoy Amarna).

Los problemas de Akhenatón comenzaron cuando decidió convertir un culto menor, el de Atón, a quien dedicó la nueva urbe, en la religión oficial. Trasladó su gobierno a Akhetatón, prohibió los demás cultos y expropió los bienes de sus templos, con lo cual se echó encima a los poderosos sacerdotes del imperio y a sus múltiples fieles. Peor aún, la obsesión por sus creencias llevó al faraón a descuidar su obligación de administrar y defender el Imperio y este comenzó a colapsar. Sus amigos y consejeros, incluida Nefertiti, su mujer, le pidieron escuchar el creciente clamor popular, restablecer la libertad de cultos y atender las necesidades del imperio. Pero Akhenatón no hizo caso.

Cuando el gran sacerdote de Amón (el más poderoso de los cultos tradicionales) amenazó con atacar el palacio al frente de sus ejércitos, el pueblo de Akhenatón y casi todos sus seguidores, después de instarlo una vez más a cambiar sus políticas o a renunciar, para evitar la guerra civil, lo abandonaron y se regresaron a Tebas. Allí apoyaron la coronación del faraón niño Tutankamón. Según Mahfuz, Akhenatón terminó sus días solo, recluido en su palacio, rodeado por unos pocos esclavos. Hasta Nefertiti lo dejó y acabó igualmente sola en su propio palacio.

Al igual que Akhenatón, Petro descuidó la administración de la ciudad hasta límites intolerables. Y aunque no estableció el monopolio de sus creencias ni expropió los demás templos, se obsesionó en restablecer el monopolio estatal de la recolección de basuras a cualquier costo. Mientras el faraón desafió las tradiciones, Petro desafió con frecuencia las normas legales, como ocurrió con la expedición del POT por decreto.

¿Hasta dónde llegará el paralelo de esta historia? ¿Seguirá Petro desoyendo la opinión de la mayoría de sus conciudadanos y evitando el veredicto popular, usando toda suerte de triquiñuelas jurídicas, como cualquier Samuel Moreno, después de que había dicho que se sometería al referendo revocatorio? ¿Seguirá sin escuchar a sus consejeros y, en consecuencia, continuará el éxodo de funcionarios del Distrito? ¿Se atreverá nuestro gran sacerdote de Amón criollo a destituirlo? En tal caso, le aconsejarán los amigos a Petro que acepte la sentencia para evitar confrontaciones? ¿O se lanzará a la guerra santa, como ha amenazado?

Mahfuz no deja en claro hasta dónde al gran sacerdote de Amón lo movía el interés de salvar el imperio o su propio interés. Y presenta a Akhenatón como un hombre de convicciones, bien intencionado y dueño de una gran tenacidad; no como al loco o débil que pintaban sus opositores. Pero no oculta que su falta de administración y sus obsesiones casi llevan el imperio a la ruina.

Personalmente, considero que Petro es un hombre de convicciones, también dotado de una gran tenacidad, pero que es, al menos, tan ambicioso como nuestro sacerdote de Amón criollo. Y que es difícil saber cuál de los dos le ha hecho más daño al país. Hubiese sido mucho mejor que el Alcalde se sometiera al proceso de revocatoria.

Guillermo Perry

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