Editorial: Reformas, no parálisis

Editorial: Reformas, no parálisis

16 de noviembre 2013 , 07:47 p.m.

Faltan solo unos días para que Juan Manuel Santos le informe al país su decisión respecto a presentar su nombre para un segundo periodo como Presidente de la República. Aunque siempre hay espacio para las cábalas, todo indica que el inquilino de la Casa de Nariño aspirará a repetir mandato, con la promesa de concluir una obra de gobierno a la cual le restan años y no meses.

Hay que esperar, por supuesto, a que la ciudadanía emita su veredicto en las urnas, para ver si prefiere la continuidad o una cara nueva. Pero antes de que ello ocurra, es menester expresar el deseo de que el abanico de candidatos que inscriban su nombre en representación de movimientos y partidos hagan propuestas –y no ataques arteros– para que la opinión escoja la que considere la mejor.

Sea quien sea la persona elegida, resulta fundamental que tenga la capacidad de construir fórmulas e impulsar reformas que conduzcan a resolver los múltiples desafíos que enfrenta la nación. Aunque la expresión de ese deseo puede sonar obvia, no lo es tanto para quienes consideran que hay una inquietante lentitud a la hora de sacar adelante una agenda para que la sociedad colombiana sea más justa, próspera y pacífica.

Y es que en los últimos tiempos parecería que el ánimo de hacer correctivos ha disminuido. Frente a diagnósticos que señalan que el país tiene una larga lista de tareas pendientes en múltiples áreas, el entusiasmo en favor de ciertas transformaciones se ha detenido. Incluso, aquellos sectores en donde hay problemas evidentes y la crisis se ahonda con el correr de los días acaban prefiriendo dejar las cosas como están.

Ante la falta de avance, lo más fácil es lanzarle dardos al Legislativo, cuyo balance en el actual periodo de sesiones apunta a ser pobre. Para quienes cuestionan su labor –que son muchos–, los congresistas están pensando más en la campaña que viene que en las labores que les asigna la Constitución.

Sin embargo, también es válido reconocer que lo que pasa en el Capitolio refleja lo que pasa en la nación. Mientras la mayoría de la gente aspira simplemente a que todo funcione mejor, segmentos de la comunidad han usado la protesta social para plantear sus argumentos, utilizando con efectividad el espacio que les conceden los medios y cuestionando tal o cual propuesta.

En algunos casos, los reclamos están inspirados en la búsqueda del bienestar general. Pero en otros hay ideas que son objeto de ‘matoneo’ a causa de intereses particulares que desean preservar el statu quo a sabiendas de que este no es sostenible.

Un ejemplo cercano es el del proyecto de ley de reforma de la salud, que entró en una especie de limbo tras ser aprobado en el Senado y al que le falta su paso por la Cámara de Representantes. Como cualquier articulado que trata un tema complejo, este no es perfecto, pero sin duda constituye un avance frente a la realidad actual, en donde hay una amenaza real de que el sistema se derrumbe por su inviabilidad financiera.

Lamentablemente, tal escenario es preferido por actores del sector que piensan a título individual y no colectivo. Ese es el caso de los laboratorios farmacéuticos, que ven con preocupación que se les pongan cortapisas a los medicamentos de alto costo y financian a las asociaciones de pacientes que hablan con verdades a medias. También tienen su cuota de responsabilidad las facultades de medicina, que temen competir con quien suba los estándares de enseñanza, o ciertos hospitales, que aspiran a seguir induciendo la demanda por sus servicios, gracias a la cual han crecido tanto.

Y ese no es el único caso. Es incuestionable que la justicia requiere una cirugía mayor, pero la Rama prefiere mantener sus privilegios antes que someterse a una reingeniería que permita acabar con la impunidad y los procesos acumulados a lo largo de años. Por su parte, la educación tiene problemas de calidad en todos los niveles, pero los ánimos de mejorarla se estrellan con el poderoso sindicato de maestros, que prefiere defender a sus afiliados –así no den la talla– en lugar de mejorar sus competencias.

A la lista hay que agregarle un régimen de pensiones oneroso, que cubre a uno de cada cinco adultos mayores y excluye a los más pobres. No menos importante es un esquema tributario confuso, que distribuye mal las cargas, en un país que paga pocos impuestos en comparación con el promedio regional. Los absurdos se extienden a la agricultura, en donde hay un potencial enorme, al igual que fuerzas que desean dejar todo quieto, a pesar de que en el campo existe la peor miseria.

Lo anterior lleva a que los colombianos deberían preferir las reformas a la parálisis. Con el fin de que estas salgan adelante, lo que se requiere son liderazgos fuertes desde lo público y un mayor nivel de participación de la ciudadanía, para que se informe, debata y opine y así no hacerles el juego a los que pescan en río revuelto.

Pero es a los gobernantes a los que les corresponde oír y señalar el camino, a veces con decisiones impopulares, pensando en el bien común. Ese recordatorio es importante, ahora que la campaña presidencial entra en un nuevo ciclo. Pues no basta con prometer más de lo mismo, sino proponer cambios con visión de futuro.

editorial@eltiempo.com.co

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