Editorial: La apatía arremete contra el árbol nacional

Editorial: La apatía arremete contra el árbol nacional

15 de noviembre 2013 , 10:56 p. m.

La palma de cera del Quindío, el árbol nacional, un símbolo patrio a la altura del cóndor, nos está mostrando, una vez más, la fragilidad de nuestras leyes y la incapacidad del Estado por aplicarlas. Un reciente estudio de la Universidad Nacional, liderado por los botánicos María José Sanín y Rodrigo Bernal, indica que esa planta se está extinguiendo en el valle de Cocora, uno de los lugares más bellos del país, patrimonio natural nacional situado en Quindío. Y esto ocurre porque aquellas palmas, que tienen el récord mundial de ser las más altas del mundo (pueden superar los 40 metros), no han podido dejar descendencia en vista de que cuando sus semillas intentan reproducirse naturalmente y se convierten en plántulas, estas son arrasadas por la ganadería irresponsable que ha invadido los alrededores de este bosque de niebla.

Allí, el 19 por ciento de las palmas de cera han desaparecido y se calcula que la mitad podría comenzar a correr la misma suerte antes de 17 años. Los botánicos pronostican que, a finales del siglo, el paisaje que admiramos hoy, reconocido por su majestuosidad por miles de extranjeros y declarado en el siglo XIX por el barón Alexander von Humboldt como uno de los más bellos del mundo, habrá desaparecido. Todo pasa ante la mirada negligente y apática de las autoridades ambientales. A lo que se suma que la Ley 61 de 1985, que declaró a esta palma como símbolo patrio en 1985 y prometió protegerla, es letra muerta. Con ella se faculta al Gobierno para que designe presupuestos y se adquieran terrenos para constituir parques nacionales o santuarios de flora, dirigidos a preservarla.

Han pasado casi 30 años desde la aprobación de esa normativa y no se ha creado ninguna zona protegida en torno a Cocora. Esa misma ley impone multas o sanciones de arresto para quien tale la palma sin permiso. Nada. Ninguna de las personas que la han tumbado para hacer negocio con sus ramas y frutos, o aquellos labriegos o ganaderos que han tolerado su destrucción, ha pagado un solo peso de castigo, ni un solo día de arresto. Por ello, hay que empezar ya una larga tarea de recuperación. Además, es increíble que esto suceda en uno de los países más biodiversos del mundo.

editorial@eltiempo.com.co

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