El plan en Cuba es ir a cine, pero no en 3D

El plan en Cuba es ir a cine, pero no en 3D

El Estado prohibió proyectar películas en tres dimensiones, arma seductora del séptimo arte.

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14 de noviembre 2013 , 09:58 p.m.

Ir al cine es una manera de ocupar el tiempo de ocio que ha perdido adeptos en Cuba ante la competencia de los estrenos ofrecidos por la televisión y en el mercado particular de compra o alquiler de películas.

Si a eso se suma la incomodidad de los asientos y la mala calidad de las proyecciones debido a equipos a veces obsoletos, el balance atenta contra la industria cinematográfica oficial, que también lidió con las salas privadas de 3D durante unos meses, hasta que el 2 de noviembre el Gobierno ratificó su ilegalidad por no estar amparada por ninguna de las más de 200 actividades privadas autorizadas desde octubre del 2010.

La novedad tecnológica atraía especialmente a niños y jóvenes que llegaban a pagar de uno a cuatro pesos cubanos convertibles (CUC), el equivalente al dólar, por una entrada para ver una cinta, por lo general estadounidense, acompañada de palomitas y refrescos.

Los cines en 3D aparecieron con discreción, sin publicidad. Confiando en el ‘boca a boca’, llenaban la veintena de asientos. Conforme parecía que la actividad cuentapropista alzaba vuelo, empezaron a proliferar letreros y emprendedores que se arriesgaron a una inversión alta (mínimo 3.000 dólares) para abrir el negocio en garajes, terrazas y hasta en la sala de la casa.

Irela García, estudiante de medicina, está entusiasmada con la novedad. “Me encantan esas pantallas grandes, las gafas, y los momentos en que parece que entras dentro de la acción. También que podemos escoger la película, que si venimos un grupo nos hacen precio especial y como se puede reservar por teléfono, tenemos el cupo asegurado”, comentó a EL TIEMPO.

Cuando el consejo de Estado decidió el cierre de esos negocios, argumentó que “nunca han sido autorizados y deben cesar de inmediato cualquier tipo de actividad por cuenta propia”.

Unos días antes, el diario Juventud Rebelde publicó un trabajo muy extenso que tituló ‘¿La vida en 3D?’. Varios propietarios dijeron que pensaban que estaban amparados por la licencia de “operador de equipos de recreación infantil”.

El negocio debía ser bueno porque en las páginas de Internet, radicadas en servidores en el extranjero que ofrecen productos para la venta en Cuba, los televisores, gafas y equipos de sonido o ‘teatro en casa’ se llevan la palma.

Según Juventud Rebelde, la sala particular más grande se abrió en el barrio de Marianao. “Enorme pantalla de 220 pulgadas y capacidad para 109 personas”, dicen. El local, alquilado a la biblioteca Enrique José Varona, se utiliza para actividades como concursos de talentos para bailar, cantar o contar chistes.

Sin embargo, la falta de asistencia masiva a los cines no indica el desinterés de los cubanos por el séptimo arte. Grupos de jóvenes de ambos sexos, parejas y familias –si la clasificación lo permite– salen de sus casas para pasar un rato sin gastar mucho dinero y, si el calor aprieta, frescos en el aire acondicionado.

Las colas indican la aceptación de la cinta. Las críticas en los medios de comunicación o los comentarios de quienes ya la vieron influyen en la taquilla. La entrada es subsidiada. Dos pesos cubanos (CUP), el equivalente a diez centavos de dólar, en los cines más viejos. Ese precio asciende hasta 5 pesos cubanos, lo que equivale a 25 centavos de dólar, en los cines reformados.

De la decena de salas que hay en la capital, solo una –el veterano cine Payret, situado en La Habana Vieja– abre al mediodía en sesión continua. El cine Chaplin es el más emblemático de los cines habaneros y sede oficial de los principales estrenos. El Infanta fue reformado hace un par de años y se transformó en el primer ‘multicine’ de la capital, con cuatro salas muy cómodas. El más céntrico y de mayor aforo es el Yara.

Los tres últimos ofrecen la primera tanda de películas a las 2 de la tarde. Después compiten con el resto en los horarios de 5 p. m. y 8 p. m. En ocasiones especiales, los cinemas tienen una última función a las 10 de la noche.

Los establecimientos tienen pequeños bares que antes apenas vendían agua. Sin embargo, ya ampliaron la oferta con palomitas de maíz, chocolatinas, galletas, cacahuates o caramelos y bebidas no alcohólicas. Eso les ha quitado un poco de trabajo a los vendedores ambulantes, que se ubican cerca para ofrecer golosinas similares que llevan dentro de un carrito de supermercado.

El gusto por el cine queda demostrado, especialmente en La Habana, durante la semana del Festival Internacional Cine Latinoamericano, próximo a inaugurar su edición número 35. En ese momento, las filas de personas de toda condición llenan las aceras de la mayoría de las salas. Muchos reservan ocho días de vacaciones para ver cine desde las 10 de la mañana hasta las horas de la noche.

Irene Suárez, una fisioterapeuta de 44 años, no llega a tanto, pero sí saca un ‘pasaporte’ de diez funciones que le permite ingresar en cualquiera de las salas que se habilitan para el festival sin tener que perder tiempo en comprar entradas en la taquilla. “Me gusta ir al cine porque la pantalla es más grande, por la oscuridad, porque así no voy a la cocina a buscar nada; en definitiva, porque me permite concentrarme en la película”, dijo a EL TIEMPO.

Durante el resto del año también se programan semanas internacionales de cine. Es así como es posible ver cine argentino, ruso, francés, colombiano o indio. Durante la primera semana de noviembre estuvieron en la pantalla grande cubana las cintas colombianas y coproducidas como Edificio Royal (2013), La Playa D.C. (2012); Gordo, calvo y bajito (2012); Sofía y el terco (2012); Lecciones para un beso (2011); Sin palabras (2012) y El paseo 2 (2012).

La preocupación del Instituto Cubano de Arte y Cultura Cinematográfica (ICAIC), quien determina las carteleras, es que las cintas contribuyan a enriquecer el intelecto del consumidor.

Su presidente, Roberto Smith, asegura que “la política cultural enfrenta al mercado que exhibe películas que solo reportan intereses económicos. Este fenómeno mundial lo reproducen las salas 3D, donde mayormente se proyecta cine norteamericano, que no es malo, pero aporta muy poco culturalmente”.

El Estado ha experimentado en un par de ocasiones con proyecciones en tres dimensiones. Una fue en un taller de crítica cinematográfica en Camagüey. La otra se inauguró para la XII Muestra Joven del ICAIC, en el segundo piso de la institución. Pero se ha quedado. Cada fin de semana se ofrecen tres tandas. La entrada es a 25 pesos cubanos; es decir, un dólar.

El cierre de las salas 3D levantó polvareda en las redes sociales. Muchos ven un paso atrás en la política de apertura, fundamentalmente económica, del gobierno de Raúl Castro. Las autoridades insisten que la cuestión central es hacer respetar las leyes.

Pedro Noa, crítico de cine y profesor de la Universidad de La Habana, asegura que menos espectadores van al cine por la competencia desleal de la piratería y los vendedores cuentapropistas de audiovisuales, porque no hay una legislación que proteja la exclusividad del título.

El ICAIC es el único distribuidor autorizado, pero algunos de sus trabajadores hacen negocio vendiendo a esos comerciantes las cintas oficiales. De hecho, aunque no se ha publicado oficialmente, varios de ellos están presos por una estafa de millones de dólares; unos tejemanejes que no les importan a los fieles espectadores que gustan de acomodarse en la butaca, esperar que suba el telón y se apaguen las luces para disfrutar del último estreno o de alguna de las cintas para recordar a Burt Lancaster –actualmente en exhibición–, los mejores musicales de la historia o cualquier registro en celuloide de la buena historia fílmica.

MILAGROS LÓPEZ DE GUEREÑO
Corresponsal de EL TIEMPO

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