Ya no votan los muertos

Ya no votan los muertos

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14 de noviembre 2013 , 07:46 p.m.

“Pueblo entusiasmado continúa votando”, decía el telegrama recibido en Bogotá varios días después de concluida la jornada electoral.

Fue otro episodio de corrupción de las urnas durante las primeras décadas del siglo XX. La inflación ficticia de votantes era problema recurrente, cuya solución exigía la mínima condición de todo Estado moderno: saber cuántas personas vivían en los municipios y veredas de Colombia. Sin la información precisa, hasta los muertos podían seguir votando de manera entusiasta para burlar la voluntad del electorado.

Hoy ya los muertos no pueden votar. En los últimos siete años, la Registraduría se dedicó a depurar el censo electoral. Tan ardua ocupación merece reconocimiento público. Como ha informado el registrador Carlos Ariel Sánchez, sus funcionarios han “verificado uno a uno más de 10 millones de registros civiles de defunción”.

Ha sido una tarea descomunal. Su resultado inmediato y práctico es la salida de más de dos millones de cédulas de ciudadanía del registro electoral, incluidas las de 600.000 personas de más de 100 años de edad que no habían renovado sus cédulas.

Las labores de la Registraduría tienen otro resultado, de más largo plazo y sustancial: los colombianos contamos con un censo electoral más confiable. Organismos de observación electoral internacional, como nos dice el Registrador, pronto lo verificarán en un proceso de auditoría externa.

Imposible minimizar el significado del censo electoral para toda democracia. Es algo que hoy se da por descontado. La misma ciencia política, aun hace poco, subvaloró, hasta la ignorancia, su estudio, como si se tratase de un procedimiento simple, sin valor y sin historia.

“No importa cuántos votos son, sino quién cuenta los votos.” La frase, en esta ocasión, no es colombiana. Palabras más, palabras menos, se le atribuye a un jefe político de Nueva York a mediados del siglo XIX. Un libro reciente de Tracy Campbell abunda en anécdotas sobre la picaresca electoral en los Estados Unidos, desde la época de Washington hasta nuestros días. Pocas elecciones allí más controvertidas que las de 1876, fuente de varios libros, incluida la excelente novela de Gore Vidal que lleva su nombre.

Si se omiten fechas y sitios, la historia de Campbell parecería ser en muchos aspectos la de España, Italia y Argentina. O Colombia. Es en buena parte una narrativa llena de estereotipos. En contra del lugar común, la historia de la corrupción electoral ha sido escrita por los perdedores –sus quejas, ampliamente documentadas, suelen aceptarse como verdades–.

Con ello no estoy sugiriendo que con frecuencia los perdedores no tuviesen razón. O que los muertos no hubiesen votado. ¿Cuántas veces sus votos determinaron el resultado final de los comicios?

Menos aún quiero con ello subvalorar la importancia que representa el tener un censo electoral confiable. En sí mismo es un logro que refleja la modernización del Estado.

En 1916, al examinar las dificultades para una reforma electoral efectiva, Felipe Barón identificó la falta del censo como el principal problema, que se tropezaba de antemano con la resistencia de los ciudadanos para dejarse contar. Se discutían entonces las bondades de la cédula de ciudadanía, con sus precedentes en el estado del Tolima. Después de su introducción en 1929, Laureano Gómez popularizó la idea del “millón de cédulas falsas”, antecedente de los años de Violencia, tragedia nacional.

Dudo de que los muertos antes hubiesen votado en las dimensiones que a ratos nos sugieren los analistas. Dudo más de que sus votos hubiesen sido determinantes. Pero es muy bueno saber que ya no votan los muertos.

Eduardo Posada Carbó

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