Postre de Notas / Se me fue Mónica

Postre de Notas / Se me fue Mónica

"No volverán los tiempos felices en que me pinchaba Mónica".

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13 de noviembre 2013 , 08:17 p. m.

Ando sumido en tremenda depresión: se me fue Mónica. En este momento debe estar con otro hombre en cuyos brazos encontró la razón de vivir. La echaré siempre de menos. Fue una relación de muchos años y es inevitable que al cabo de ellos quede alguna pequeña cicatriz. Ya sé que nada volverá a ser igual en mi vida, pero tengo que seguir adelante.

Cuando hablo de Mónica hablo de la piel que habito, de la sangre que corre por mis venas, de un trozo de mis entrañas, de una parte vital de mi propio ser. Mónica era la enfermera encargada de obtener las muestras de sangre y recibir las demás muestras (que no detallaré) en el laboratorio al que acudo cada vez que los médicos me ordenan un análisis. Llevaba allí once años esta dulce señora y ahora la trasladan a otro barrio.

¡Qué tacto el de Mónica! Me faltan palabras para describir la suavidad con que su hipodérmica atravesaba el pellejo del paciente y la precisión con que pinchaba las venas para obtener, sin esfuerzo, unos pocos milímetros cúbicos con destino a los laboratoristas. Era como una caricia. Como un beso. Yo, que sufrí durante años las estocadas de diversas enfermeras en el brazo y la nalga, puedo asegurar que Mónica se posaba en ellos como una mariposa y el paciente ni siquiera sentía la penetración de la aguja, porque ya lo había penetrado la gracia de Mónica, su talento para pinchar, su sentido del humor. Todo ello se conjuraba para distraer el más leve dolor.

¡Y qué ojo el de Mónica! Tenía un talento especial para identificar, diferenciar y detallar. Así como ciertos melómanos solo necesitan escuchar tres o cuatro notas para reconocer al intérprete de un concierto de piano, bastaba con entregarle muestras de orina en dos o tres ocasiones para que ella reconociera en adelante a quién pertenecía el frasquito. Y sus clientes, para que quede constancia, somos decenas.

O, mejor, éramos decenas. Desde la semana pasada, otros disfrutarán de su sutileza con la aguja y de su elegancia y discreción para manejar muestras aún más incómodas que las líquidas. Nunca hizo sentir mal al paciente que llegaba ante su escritorio con semejante encomienda. Nunca recibió con asco o desagrado lo que el enfermo le confiaba. Antes bien, su generosa sonrisa florecía, como si se tratara de un precioso regalo.

No volverán los tiempos felices en que me pinchaba Mónica. Gracias a ella entendí que lo importante no es ser amigo del gerente lejano sino del subalterno próximo. Que es más importante caerles simpático a la secretaria que al jefe, al portero que al secretario general y a la enfermera que al cirujano. Que el bienestar cotidiano no depende tanto del médico como de quienes lo rodean, incluyendo a los empleados del laboratorio y la farmacia.

Las estadísticas enseñan que cada paciente pasa con el médico, en promedio, una hora semestral. De esos sesenta minutos, cincuenta se pierden en la sala de espera y seis emplea el doctor en incorporar nuevos datos suyos en el computador. La revisión, en sí, ocupa apenas cuatro minutos. De ellos, dos se van en mirar los resultados de los exámenes que él mismo ordenó en la última cita: los que practicó Mónica. Como consecuencia de lo que ha visto, el doctor decide, invariablemente, que hay que hacer más exámenes y procede a escribir en letra indescifrable nuevos medicamentos que deberá consumir el paciente y nuevos análisis que deberá enfrentar.

Tras una rápida despedida y un gesto ambiguo cuando uno pregunta qué puede decirle sobre su salud, el doctor regresa a su afanado mundo y uno vuelve al del día a día. En él ya no reina el facultativo famoso, sino el señor de la droguería y la chica que extraerá la sangre en ayunas y recibirá el frasquito. Esa es la verdadera amiga.

Mónica lo fue durante largo tiempo. Parecía un hada con su bata blanca y su capucha. Pero ya no está. La trasladaron, y nadie garantiza que no la reemplazará un paramédico con halitosis, maneras bruscas y jeringa dolorosa.
Créanme: daría hasta la última gota de sangre para que volviera Mónica.

DANIEL SAMPER PIZANO
cambalachetiempo@gmail.com

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