50 años entre los estantes de la Librería Nacional

50 años entre los estantes de la Librería Nacional

Felipe Ossa celebra medio siglo como librero. Habla de lo que ha significado la lectura en su vida.

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13 de noviembre 2013 , 06:05 p.m.

“Cuando aprendí a leer, y descubrí los libros y el fascinante universo que guardaban, ya no quise ser otra cosa que lector”, comenta el veterano librero Felipe Ossa, quien, se aventura a complementar este pensamiento con otro radical: “Soy más pertinente aún: yo no quise ejercer nunca ninguna profesión, ningún oficio”.

Durante sus años juveniles a mediados del siglo pasado, en Buga (Valle), Ossa tuvo noticia de la existencia de unos hombres llamados ‘man of letters’. “'Un gentil ocioso', en realidad. Alguien que vive de la renta, ama el arte y la literatura y escribe de vez en cuando en una revista. Un exquisito diletante a quien le tiene sin cuidado el duro trajinar de la vida común”.

De hecho Ossa pertenecía a una acomodada familia del Valle, cuyo revés económico, para fortuna de él, lo obligó a salir a buscar trabajo. Hoy está celebrando 50 años en el oficio que considera el mejor del mundo: librero. Y para su suerte, en el mismo lugar: al frente de la Librería Nacional, que con 70 años, es la más antigua del país.

Sobre esos años juveniles en el Valle, sus maestros tutelares, su actitud rebelde frente a la educación tradicional, sus inicios como librero, su disciplina lectora y los autores que lo han conmovido en su vida, entre otros temas, conversó Ossa con este diario.

Usted comenta que no iba a ser librero. ¿En qué momento resultó envuelto en este mundo?

Parece que el destino manifiesto lo lleva a uno por el sendero que tiene que ser, así uno se aparte de ese sendero. Lo que sucede es que mi papá fue librero, acá en Bogotá, de libros antiguos. Tenía una librería al frente del Palacio de Nariño, que funcionó hasta el 9 de abril de 1948, cuando la cierra y regresamos al Valle del Cauca.

De allí que usted se sienta más valluno que el champús...

Yo tenía 5 años cuando llegué a Buga, porque mis bisabuelos y mis abuelos eran del Valle. Mi bisabuelo era muy rico y cuando regresamos nombra a mi padre su secretario privado. Allí viví mi infancia, mi adolescencia y me marcó porque el ambiente de Buga, comparado con el de Bogotá, eran dos cosas absolutamente diferentes.

¿Cómo recuerda ese entorno de la infancia?

Mi papá era un absoluto bibliófilo, tenía una enorme biblioteca de unos 10 mil volúmenes, que era algo insólito en Buga. Por eso era el gran intelectual allá. Entonces, yo me crie en la casa solariega paterna, con una biblioteca que abarcaba tres grandes salones, y que fue mi universo. Mi padre no solo me estimuló a leer, sino que nunca me prohibió un libro. Yo leí, a los 12 años, el diccionario filosófico de Voltaire.

Usted fue muy rebelde frente a la educación tradicional. ¿Siente que valió la pena el camino que escogió?

Total. No me acuerdo si es Bertrand Russell quien dice: ‘Los grandes hombres lo son a pesar de su educación’. Yo fui totalmente apático respecto a la educación formal por una razón: en aquellos años (1950), la educación fundamentalmente estaba dominada por el aspecto religioso. Entonces, lo que yo oía y aprendía en el colegio iba en contraposición total a lo que yo oía a mi padre y leía en los libros de la biblioteca de mi casa. Porque allí estaban todos los grandes filósofos de la Ilustración, toda la literatura erótica italiana y francesa del siglo XVII y XVIII, y como tenía libertad absoluta de leer todo, la educación formal no me interesaba.

En esa línea de pensamiento me atrevo a preguntarle: ¿sigue alguna ideología religiosa?

No tengo ninguna ideología religiosa. Podríamos decir que soy agnóstico. Mi padre decía que él era ácrata, es decir más allá del anarquista. Él era un liberal consumado. Nunca fue al colegio, y sin embargo aprendió por sí solo, matemáticas puras, idiomas (inglés, francés, alemán, italiano, portugués, latín y los traducía). Siempre me dijo: ‘no leas por obligación o por querer atiborrarte de conocimientos, sino por el placer de leer y la curiosidad que se despierta cuando uno busca algo’. Eso me marcó muchísimo.

Además de su abuelo y su padre, ¿qué otros maestros tuvo?

Como mi familia tenía mucho dinero, yo pensaba no tener ninguna profesión. A mí lo que me gustaba era leer y yo lo que siempre hubiera querido ser es lector. Hasta que llegaron los golpes de la vida y me obligaron a buscarme la manera de ganarme la vida. Ahí fue donde conocí al fundador de la Librería Nacional, que era don Jesús Aníbal Ordóñez, mi otro gran maestro.

¿Cómo lo recuerda?

Fue una persona admirable, porque cuando él era adolescente se fue para Cuba y allí entró a trabajar a la librería ‘La moderna poesía’, muy famosa allá, donde llegó a ser su administrador general. Luego se conoce con unos señores de Barranquilla, que se lo llevan a esa ciudad para que fundara la Nacional, hace 70 años.

¿Qué caracterizaba esta naciente librería?

El señor Ordóñez tuvo una gran visión. Creó el autoservicio. Es decir, las estanterías eran antes cerradas, como una farmacia y él las abrió como un supermercado. Montó otra cosa absolutamente rarísima en ese momento, que le criticaron muchísimo, que fue poner heladería y cafetería, de tal manera que atraía a la gente. Además, incluyó revistas, que no se vendían en las librerías.

¿Y cómo se conoce con el señor Ordóñez?

Cuando la Nacional llega a Cali. Yo empezaba a buscar trabajo, lo único que se me ocurrió fue algo relacionado con los libros porque lo único que yo había hecho era leer. ¿A dónde más me iba a presentar si no era ni bachiller ni había entrado a la universidad? Llegué allá y el señor Ordóñez muy amablemente me recibió y me dijo que me iba a probar. Él me enseñó el oficio de librero desde abajo. Además que modeló mi carácter porque yo era un muchacho arisco, nunca había sido mandado jamás y él me enseñó la disciplina, el orden y la constancia.

Al hacer una mirada retrospectiva de estos 50 años, ¿qué balance hace?

Veo que el destino me guio a una profesión, afortunadamente, sobre algo que me gustaba. Obviamente no me gustaba trabajar, pero yo me fui adaptando a esa disciplina y eso me permitió entrar dentro de una organización que estaba en crecimiento, y en unos años en que en Cali se vivía todo ese fervor cultural de los años 60.

¿Cómo era ese ambiente?

Bueno, me tocó vivir el ‘boom’ de la literatura latinoamericana, la revolución, el marxismo, el hipismo, la píldora, la minifalda. Todo acontecimiento humano produce libros y yo estuve en medio del fervor. Ahora viéndolo en retrospectiva puedo decir que viví una época maravillosa, porque estuve en medio de ese fervor cultural y de la época dorada del libro.

¿Qué ha significado la Librería Nacional en su vida?

La Nacional es indudablemente mi hogar, mi universidad y el lugar donde he conocido a prácticamente a todas las personas que he amado. Entre otras cosas, mis hijos corrieron por los corredores de la librería y estaban inmersos en medio del libro. Acá entré cuando tenía 19 años y ya cumplo 50 años. Yo solo busqué un puesto, conseguí ese puesto y jamás salí de este puesto.

¿Cómo son los famosos diarios de lecturas que usted lleva?

Los empecé hace muchos años, cuando entré a la librería. Yo había leído mucho, pero me di cuenta de que me faltaban muchas cosas por leer, y que era ignorante todavía en muchísimos temas de historia, filosofía y literatura. Y como yo iba a ser librero, tenía que interiorizarme los libros nuevos. Y lo hice primero, por mi profesión, pero segundo por placer, por curiosidad. Tenía una disciplina espartana. Hice un plan de lectura: por ejemplo, los lunes leía filosofía; los martes, historia; los miércoles, arte, el jueves, política, y los domingos, recreación: literatura o novela policiaca. Y de cada libro que leía, hacía un resumen, ponía la fecha de lectura, las frases y qué impresión me había dejado. Lo hice por muchísimos años. Todavía tengo como cinco o seis blocks, que tengo que digitalizar algún día. Luego seguí anotando en agendas y hacía un balance al final del año de cuántos libros me había leído: 40, 46, 50 56.

¿Conserva alguna disciplina de lectura?

Durante muchos años me sumergí en el trabajo y leí menos. Ahora, que estoy más tranquilo, recuperé el tiempo. Yo me despierto muy temprano, digamos a las 3 y leo hasta las 6 de la mañana; y como no tengo que madrugar, vuelvo y me acuesto, o leo en la noche.

¿Qué libros o autores lo han marcado?

Bueno, las temáticas que me gustan son la historia y las biografías. Ahora, entre los autores que me marcaron, sin duda Stevenson, como uno que me ayudó a comprender lo que era el mundo de la literatura. Obviamente Borges y Canetti, por citar solo tres de los grandes que leo y releo muchas veces.

Imagino que tiene una gran biblioteca…

Con esto de los libros me pasó una cosa. Cuando mi padre tuvo que vender su biblioteca, para mí ese fue uno de los momentos más dolorosos. Y siempre estuve persiguiendo esa biblioteca perdida. Entonces, cuando entré a la librería y empecé a tener la posibilidad de tenerlos, comencé a crear mi biblioteca y a interesarme por tantos temas. Y debo decirlo de una manera que me hace sentir un poco avergonzado, porque además este es un pecado de orgullo -eso de querer absorber todo el conocimiento-, que hoy tengo unos 8.000 volúmenes. Los tengo muy organizados, un amigo mío arquitecto me hizo la biblioteca, pero en la medida en que llegan más libros esto lo desborda a uno.

¿Y los ha leído todos?

Precisamente, lo que más me preocupa es que hay muchos que no he leído. Y no hago esa cuenta porque alguna vez la hice y eso me causó absoluto pánico. Lo único que me digo es: ‘¿cuántos de estos amados libros no van a ser tocados por mí?’… eso ni lo pienso.

En un mundo dominado por la falta de espacio, ¿en dónde va a quedar la biblioteca?

Yo sé que hoy se pueden digitalizar y se pueden tener archivos, y seguramente es lo que pasará con las bibliotecas. El problema es que la gente no nos entiende a los que somos fetichistas del libro, porque no es solo el contenido sino el libro en sí. Por ejemplo, alguna vez me puse a mirar aquellos libros que siempre me han acompañado y resulta que tengo uno de ‘La isla del tesoro’, de 1920. Quiere decir que era de mi abuelo, pasó a mi padre y lo tengo yo. Así, tengo libros que tienen 70 y 80 años de haber sido editados y siguen conmigo.

¿Y heredó la misma pasión de su padre por las revistas?

Totalmente y eso sí es gravísimo. Me tocó cortarlo de raíz, porque obviamente coleccionar revistas es imposible. ‘National Geographic’, por ejemplo, ya me llegaba al techo. Y viviendo en una casa más pequeña, me tocó regalarlas.

¿Se ha dejado picar por la escritura?

He escrito varios libros. Mi otra gran pasión son los cómics y la ciencia ficción. Sobre cómics he escrito tres libros y sobre la historia de los libros escribí uno que se llama ‘Historia de la escritura y de la letra impresa’. Hice ficción también, pero en un momento dado pensé que yo no era lo suficientemente digno. Cuando era adolescente influido por la enorme cantidad de novelas policiacas que leía, escribí varias de ellas en mis cuadernos del colegio, que les leía a mis amigos. Conservo una sola.

Luego de tantos años viendo aparecer títulos, ¿es posible establecer una tendencia de lo que leen los colombianos?

La lectura es algo demasiado diverso y heterodoxo en los gustos. Yo creo que obviamente, apartándonos de la clase intelectual y de los que han leído la gran literatura, la masa de lectores colombianos leen esos libros de escándalo y de denuncia o de morbosidad, que los atraen. Por lo general, compran ese libro, lo leen, pero no se convierten en lectores. Claro que también están aquellos lectores que uno forma.

¿Cómo cuáles?

Yo he formado gente como lectora que viene a la librería y me pide que los ayude. Una señora muy elegante y muy linda, me dijo una vez: ‘no me avergüenza decirle que no soy lectora, pero quiero leer y necesito que me guie por una lectura que vaya subiendo, para no aburrirme’. Hace unos años regresó y me agradeció el amor por los libros. Esa es una de las cosas gratas de ser librero.

¿Le gusta la música?

Muchísimo. Primero porque mi abuelo y mi padre eran melómanos. Naturalmente al crecer en Cali, escuchaba la salsa, el bolero, el son y todo eso lo influye a uno. Pero hay algo que me ha gustado desde hace muchísimos años que es el jazz y tengo muchos libros de jazz. Pero también me gusta el cine, en especial las películas clásicas en blanco y negro.

¿Cómo va el segundo volumen de sus memorias?

Ese proceso tiene muchas notas y va a tratar mucho de la lectura de ciertos libros y también de acontecimientos. Digamos que este va a ser un libro más íntimo.

Ossa y sus recuerdos de librero

- “Una chica me dice: ‘Necesito regalar un libro para un señor como usted. Él es canoso, así como usted’”.

- “¿Señor usted sabe algo del rey Pelé y dónde reinó?”.

- “Una chica a otra: ‘Mira, salió un nuevo libro de Carlos Castañeda. Él es mi guía espiritual, ¿sabes? (y el libro es ‘Mi confesión’, de Carlos Castaño)”.

- “¿Tiene un libro sobre abejas, pero que piquen?”.

- “¿Me da Antología?/ ¿Antología de qué?/ ¿Cómo? ¿Hay muchos con el mismo título?”.

- “Un hombre joven y un poco tímido me pregunta: ‘¿Tiene un libro que resalte los valores de la fidelidad, del compromiso, de ser leal? Es para mandárselo a una novia que tengo en Bucaramanga’”.

- “Una chica: ‘¿Por favor, ¿me vende ‘Las mujeres que aman demasiado’? Quiero saber por qué he sido tan boba’”.

- “¿Tiene un manual sencillo sobre paramilitarismo?”, me preguntó una clienta en cierta ocasión.

CARLOS RESTREPO
REDACCIÓN CULTURA Y ENTRETENIMIENTO

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