Insultos

Insultos

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13 de noviembre 2013 , 05:27 p.m.

Muchas palabras, antes insultantes, acabaron blanqueadas en el Diccionario de la lengua española. Debido al uso repetido, perdieron el poder ofensivo que tuvieron durante décadas y siglos. En nuestra tradición –conservadora, católica y machista–, el insulto ha tenido dos blancos sagrados: la madre y la sexualidad.

Se mentaba la madre poniéndola a ejercer la profesión más antigua del mundo. Y aunque no fuese cierto –casi nunca lo es–, la afrenta tenía un impacto letal. Se podía ser indiferente a otra “grosería”, pero no a la ofensa que enlodaba a “la autora de tus días”.

El castizo hideputa (una contracción que hizo su aparición en la literatura de los siglos XVI y XVII) perdió su poder explosivo y el efecto demoledor de su onda expansiva. Ya no se usa como la más grande afrenta a la madre, sino como una manera familiar de calificar a alguien de conducta equívoca: al cínico, al inescrupuloso, al bandido...

El madrazo se adoptó como exclamación que denota sorpresa, disgusto o dolor. Les hizo sana compañía a exclamaciones más rutinarias como mierda y coño, palabras que nunca fueron insultantes sino graciosas muletillas del habla popular. Lo mismo le sucedió al vocablo marica, que se virilizó fonéticamente con el rotundo maricón. Ambas palabras son de origen machista y de uso cotidiano en España y el Caribe.

En la última década, las adolescentes colombianas empezaron a usar el antes ofensivo marica como una forma cariñosa de tratarse entre amigas. Se desactivó la carga insultante de una palabra que empezó siendo el signo opuesto de la heterosexualidad, lanzado como señalamiento y estigma. Hasta el expresidente Uribe cayó en la tentación de amenazar con romperle la cara al “marica” que, al parecer, abusaba de su confianza y que, seguramente, no era ningún marica.

El insulto endilga una cualidad que se sale de la “normalidad” y la moral establecida. Pero es una fruta que madura y se pudre con la aceptación democrática de la diversidad. Mientras más cerrada es la sociedad, más excluyentes son sus insultos. Pero las palabras viven, se transforman o mueren según la evolución moral de la sociedad. Al final, pierden sentido.

Es posible que la mentada de madre ya no provoque reacciones letales; que puta ya no solo designe a una mujer que se gana la vida vendiendo su cuerpo sino –a veces cariñosamente– a la mujer que se “entrega” al dictado de sus deseos, algo que los hombres hicimos siempre sin que nos colgaran la ominosa escarapela de putos.

La progresiva aceptación de la diversidad, añadida a la agonía del honor cortesano, obliga a crear otros insultos. Por razones que nadie comprende fuera de Colombia, la palabra que nombra una enfermedad venérea –de musicalidad vasca– se impuso como insulto en las barriadas de Medellín.

Otra palabra compuesta volvió afrenta el hecho de haber sido parido en circunstancias supuestamente irregulares y dio origen a un sustantivo femenino: la malparidez, descripción del alto grado de perversión alcanzado por un individuo, de la mezquindad o de la falta de generosidad.

Este neologismo califica actuaciones de políticos y ricos “caballeros de industria”; sirve como anillo al dedo para hablar de los negociados de los Nule e Interbolsa; caracteriza la conducta de personas que trampean a sabiendas de que hacen daño a mucha gente. Entre todas las palabras que definen la irracionalidad de un país más excitado con la fácil prolongación de la guerra que con la difícil búsqueda de la paz, la malparidez es la más certera y justa.

collazos_oscar@yahoo.es

Óscar Collazos

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