Traición

Traición

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12 de noviembre 2013 , 07:10 p.m.

No cabe la menor duda de que el presidente Santos traicionó a Álvaro Uribe. Pero, si no lo hubiese hecho, hubiese terminado traicionando no solo a un movimiento político, sino a todos los colombianos.

¿Por qué indignarse con la agresividad verbal del uribismo? La amargura de Álvaro Uribe y sus seguidores resulta comprensible y ellos están en todo su derecho de expresar frustración por su designación equivocada de heredero.

Al fin y al cabo, la representación está basada en la oferta de programas electorales diferenciados, el voto a conciencia de los ciudadanos y la rendición de cuentas de los elegidos. Esto se predica como un axioma de la democracia. Pero la vida política no se rige con reglas matemáticas y las realidades cambian. No nos confundamos: la traición a Uribe no fue una traición a la democracia.

En una elección, la plataforma triunfante se convierte en un mandato. Pero un mandato no constituye una camisa de fuerza, ni un líder queda, en todo aspecto y en todo momento, atado a él. La promesa electoral no está escrita en piedra y el cambio ante nuevas circunstancias también representa una virtud. La coherencia no puede ser a cualquier precio.

Toda elección constituye un acto de fe. Los votantes escogemos no solo programas, sino también personas que consideramos capaces de tomar decisiones frente a hechos no contemplados que, en criterio del gobernante, pueden llevar a revaluar el mandato original.

Los ciudadanos no disponemos de todo el conocimiento para determinar cada una de las acciones que un gobierno debe emprender. Si no lo sabemos todo, tampoco podemos exigir que las decisiones de una autoridad elegida sean calcadas siempre de los deseos expresados en las urnas.

A Santos se le abrieron puertas que para Uribe permanecían cerradas. ¿Quién hubiese imaginado en la campaña electoral del 2010 que las Farc estarían dispuestas a dialogar fuera del país y con agenda limitada? Solo algunas figuras cercanas al candidato Santos parecían sospecharlo.

Nuestra función como ciudadanos, decía Walter Lippman, está en llenar el puesto, pero no en dar a toda hora instrucciones a su ocupante. Un gobernante necesita algo de latitud para decidir.

Si elegimos bien, el favorecido actuará con sentido de Estado y en beneficio del bien común. Un gobernante debe saber manejar esa fina línea entre transitar el sendero del mandato y señalar para sus gobernados un nuevo camino. Debe saber moverse entre la voluntad del público y su propia voluntad.

La democracia no culmina con la elección. La voluntad general y la del Gobierno están en permanente diálogo. Se hace política cuando las voluntades se moldean la una a la otra. Resulta curioso que, a este gobierno, al que, con tanta intensidad y con tanta razón, se lo acusa de plegarse a las encuestas, se le condene por actuar con valor e independencia en lo que más lo requiere –la búsqueda de la paz–.

En estas épocas agitadas, las palabras de Amos Oz ayudan a entender no solo el fanatismo, sino también la traición. “Traidor –creo– es quien cambia a ojos de aquellos que no pueden cambiar y no cambiarán, aquellos que odian cambiar y no pueden concebir el cambio, a pesar de que siempre quieran cambiarlo a uno. En otras palabras, traidor, a ojos del fanático, es cualquiera que cambia. No convertirse en fanático significa ser, hasta cierto punto y de alguna forma, un traidor”, escribió el escritor israelí.

Entre un fanático y un traidor, me quedo con el traidor y, mucho más cuando traiciona por la paz.

Laura Gil

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