Tifón dejó una ciudad de 220.000 habitantes repleta de cadáveres

Tifón dejó una ciudad de 220.000 habitantes repleta de cadáveres

Tras la tragedia, los constantes saqueos dejaron sin suministros a los miles de damnificados.

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11 de noviembre 2013 , 10:34 p.m.

Fuera de una iglesia destruida en la ciudad costera de Tacloban (en la provincia filipina de Leyte), en el polvoriento costado de una carretera donde a cada lado, entre pilas de escombros, se pueden ver cadáveres sin recoger, hay un cartel escrito a mano que dice: “¡Necesitamos ayuda!”. (Vea imágenes de los destrozos dejados por el tifón Haiyan)

Tras una masiva movilización internacional en respuesta al llamado del gobierno de Benigno Aquino, la ayuda comienza a llegar a Filipinas, afectada el fin de semana por Haiyan, una de las tormentas más poderosas jamás registradas, que impactó el territorio del archipiélago con vientos de 265 km/h. (Los rostros de la tragedia filipina tras el paso del supertifón).

Aunque quedan aún por confirmar los reportes de daños “catastróficos” en las zonas más recónditas del país, Tacloban se ha convertido en el símbolo de la devastación causada por Haiyan, que en Filipinas es denominado Yolanda. La que fue una vez una vibrante ciudad portuaria de 220.000 habitantes es hoy un vertedero repleto de cadáveres.

Al menos una decena de aviones militares de carga estadounidenses y filipinos llegaron este lunes a la ciudad. La Fuerza Aérea filipina llevó cerca de 60.000 kilos (66 toneladas) de suministros desde el sábado. Sin embargo, la demanda es enorme y la entrega no está llegando a los que más la necesitan.

“La gente está recorriendo la ciudad, buscando alimentos y agua”, comentó el rescatista gubernamental Christopher Pedrosa. Periodistas de Reuters viajaron en un camión de ayuda del Gobierno, al que le tomó cinco horas llevar 600 sacos de arroz, alimentos en conservas y leche desde el aeropuerto al punto de distribución en el ayuntamiento. Miles de sacos más fueron dejados en el aeropuerto debido a que el camión no era suficientemente grande.

Pedrosa, el rescatista del Gobierno, afirmó que preocupaciones de seguridad impedían que los suministros fueran entregados después del crepúsculo. “Podría haber una estampida”, sostuvo. El camión con ayuda era resguardado por soldados premunidos de rifles de asalto. “Es riesgoso. La gente está enfadada. Se están volviendo locos”, dijo Jewel Ray Marcia, teniente del Ejército filipino que encabezó la unidad.

‘Sin nada para saquear’

Más de 600.000 personas fueron desplazadas por la tormenta en todo el país y algunas no tienen acceso a alimentos o medicamentos, dijo la ONU.

Con el agua y la comida escaseando, es solo la presencia de soldados y policías en las calles lo que impide mayores saqueos, al menos por ahora. Este lunes, el Ejército disparó al aire para impedir que la gente robara combustible desde una estación de servicio, comentó Pedrosa.

En la tarde, algunas personas aún vaciaban un almacén de arroz y lo cargaban en carros y motocicletas, sin que fueran detenidos por policías ni soldados. Una fábrica de embotellamiento de cerveza y bebidas también estaba vacía. En algunas áreas se entregaban botellas de Coca-Cola en forma gratuita, pero en general en todo el territorio de Tacloban es imposible encontrar agua para beber. Funcionarios advirtieron a residentes que no tomen agua de pozos, porque probablemente estén contaminados. (Lea también: Un tifón histórico)

Pero existe otra razón por la que no continúan los saqueos. “No queda nada para saquear”, aseguró Pedrosa.

Funcionarios atribuyen la elevada cifra de muertos a la cantidad de personas que se quedaron a proteger sus propiedades y que fueron arrastradas por una ola de agua que llevaba destructivos escombros. Una de ellas es Marivel Saraza, de 39 años, que llevó a sus seis hijos tierra adentro antes de que Haiyan tocara tierra, pero que volvió después para proteger su casa, ubicada muy cerca del mar.

Saraza terminó luchando con el agua hasta el pecho para poder alcanzar terrenos más altos, mientras que la ola de la tormenta destruyó por completo su vivienda de concreto de dos pisos.

“Mi casa simplemente se disolvió en el agua”, comentó. Saraza lucha ahora por alimentar a sus hijos. El Gobierno le entregó 2 kilos de arroz y una sola lata de sardinas, lo que con suerte le resulta suficiente para una comida.

Pequeños milagros

Por ahora, las proyecciones sobre víctimas fatales se mantienen estables, y ayer la ONU expresó su confianza en que el saldo final de muertes no supere las 10.000 estimadas hasta ahora.

Con el paso de las horas surgen, en cambio, historias de supervivencia y de vida en medio de tanta devastación.

Es así como, horas después de que el tifón cobró la vida de su madre, la joven filipina Emily Sagalis lloró de alegría cuando dio a luz, ayer, a una niña en un centro médico improvisado. La mujer alumbró en un colchón, rodeada de trozos de madera, vidrios y metal barridos por el tifón, en el aeropuerto de Tacloban, destruido y transformado en centro de atención médica.

“Qué guapa es. La voy a llamar Bea Joy, en honor a mi madre Beatriz”, dijo con un hilo de voz Sagalis, de 21 años, al alumbrar a su hija. Contó que su mamá fue arrastrada por una ola que se llevó la que fue su casa de madera, en la localidad de San José, y con ella a toda la familia.

Pero en medio de la devastación, cuenta la joven, “ella es mi milagro. Cuando las olas llegaron y nos llevaron, pensé que moriría con ella dentro de mí”. A su lado, su marido, Jobert, sujeta en brazos a la recién nacida.

Jean Mae Amande, de 22 años, dijo que fue arrastrada a varios kilómetros de su casa por una inesperada masa de agua. La corriente la llevó mar adentro, hasta que la devolvió a la orilla, donde pudo treparse a un árbol y tomarse de una soga que le arrojaron de un barco. “Es un milagro que el barco estuviera ahí”, expresó Amande, quien además contó que un hombre mayor que había estado nadando con ella murió cuando un techo de hierro desgarró su cuello.

La clara insuficiencia de las evacuaciones previas al desastre y las protuberantes falencias en la acción de las agencias encargadas de socorrer a los afectados han aumentado el descontento con el gobierno de Aquino, que enfrenta uno de los mayores retos de su mandato de tres años.

Poco antes de la llegada de Haiyan, el presidente dijo que el Gobierno apuntaba a tener “cero muertos”. Ahora se muestra exasperado por los reportes oficiales contradictorios sobre daños y fallecidos.

Una cadena de televisión citó al mandatario diciéndole al jefe de la agencia de manejo de emergencias que se le estaba “acabando la paciencia”.

Mientras tanto, decenas de residentes clamaban por ayuda en las puertas del aeropuerto. “Ayúdennos, ayúdennos. ¿Dónde está el presidente Aquino? Necesitamos agua, estamos muy sedientos”, gritó una mujer. “¿Cuándo van a retirar los cuerpos de las calles?”, agregó.

Colombiana desaparecida tras tifón ya contactó a su familia

Lina Albany Calle, la colombiana de 31 años que fue reportada como desaparecida en Filipinas, logró comunicarse anoche con su familia.

Según contaron algunos de sus familiares en Pereira, Calle, quien está en la ciudad de Ormoc, en la provincia de Leyte, les dijo a sus parientes que la sim card de su teléfono se mojó en medio de la inundación que ocurrió en su casa, razón por la que no había podido llamarlos.

Calle, quien logró una comunicación de pocos minutos con su familia, también les dijo que se encuentra desamparada, sin comida y sin agua, al igual que otros damnificados que están con ella, ya que hasta Ormoc no han llegado aún organismos de socorro.

La colombiana está casada con un marinero filipino, quien al momento de la tragedia estaba en altamar, cerca de las costas de Panamá, por lo que no fue víctima del tifón. En la comunicación, Calle dijo que las vías de la ciudad están colapsadas y que solo se ven llegar helicópteros militares. Esta mujer era la única de los 83 ciudadanos colombianos afincados en Filipinas que no había sido ubicada por el consulado honorario de Manila.

REUTERS/AFP

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