Son los políticos, no los inmigrantes

Son los políticos, no los inmigrantes

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11 de noviembre 2013 , 09:12 p.m.

Días atrás, miles de personas se unieron a la Marcha Rusa, en Moscú, para protestar básicamente contra la población musulmana y los inmigrantes, a quienes acusan de provocar un aumento de la delincuencia y de la falta de trabajo. La policía detuvo a unos treinta jóvenes por “gritar consignas nazis y utilizar símbolos prohibidos”, lo que resulta irónico –por no decir incoherente– eso de ser intolerantes para combatir a los intolerantes. Fanatismos de lado, lo cierto es que los inmigrantes son el chivo expiatorio de los políticos, que sí son los causantes de la delincuencia y la desocupación.

La Comisión, de la Unión Europea (UE), se enfrenta a los gobiernos nacionales por la inmigración ya que aboga por crear una política común y flexibilizar las entradas legales. Para empezar, el problema no es tan grave como dice la propaganda de los políticos, la cual asegura que una avalancha migratoria colapsa las fronteras y desborda los servicios sociales. Según Eurostat con datos del 2012, los extranjeros son menos del 7% de la población de la UE, unas 34 millones de personas, y si se descuentan los ciudadanos comunitarios que se mudan a otros países, el porcentaje baja al 4%.

Eso sí, las diferencias son notables según los países. Por caso, en Gran Bretaña el 7,6% de la población es extranjera, frente al 12% en España. De otro lado, según Frontex, la entrada de inmigrantes irregulares descendió 49% en 2012, aunque en 2013 los intentos de entradas registrados han crecido con fuerza, especialmente de los que huyen desde Libia demostrando lo “beneficiosas” que fueron las intervenciones armadas de la OTAN allí.

Como son “beneficiosas” las declaraciones del secretario de Estado norteamericano, según quien Arabia Saudí es un aliado “muy, muy importante… es una relación profunda que dura desde hace 75 años y va a seguir durando siempre… Los saudíes son el principal actor en el mundo árabe, junto a Egipto”. O sea que los políticos de EE. UU. apoyan a estas dos “democracias”, que entre otras cosas tratan a las mujeres como mascotas domésticas, y de las cuales muchos quieren huir y Occidente no los quiere recibir. Y se ahogan en el medio, incluyendo mujeres y niños.

Trabajo sobra, hay mucho por hacer. Son los políticos los que provocan la desocupación con leyes coactivas que impiden el trabajo “legal”; por caso, la ley del salario mínimo lo que logra es prohibir que trabajen los que ganarían menos, que son los que más lo necesitan. Para remate, cobran impuestos que empobrecen a los más pobres ya que para pagarlos, por caso, los empresarios suben precios o recortan salarios. Empobrecidos –casi alentándolos a delinquir– por los mismos políticos, que entonces prometen asistencialismo con el propio dinero recaudado impositivamente, pero luego de quedarse con una parte en sueldos para ellos, y de burócratas amigos y corrupción.

Claro que la ecuación se quiebra cuando los inmigrantes se benefician con el asistencialismo que sale del poco dinero que han dejado los políticos después de cobrarse lo suyo, además de la corrupción. En fin, los políticos de la UE apuestan con tal de mantener el statu quo –sus salarios, los votos y demás– a implicar a los países de origen en el control de los flujos migratorios. Es decir, poner la suficiente policía en los lugares de salida como para que las personas se mueran de hambre allí y no ahogados en el Mediterráneo.

Alejandro A. Tagliavini
Miembro del Consejo Asesor del Center on Global Prosperity, de Oakland, California

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