La tentación de comparar a Obama con Kennedy

La tentación de comparar a Obama con Kennedy

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11 de noviembre 2013 , 07:46 p.m.

Este mes se cumplen cincuenta años del asesinato del presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas. Para muchos estadounidenses, esta tragedia señala el momento de la pérdida de la inocencia nacional. Pero esta creencia, claro está, es absurda: la historia de Estados Unidos, como la de todos los países, está teñida de sangre.

Sin embargo, vista desde el presente, la presidencia de Kennedy aparece como una cumbre del prestigio estadounidense. Menos de cinco meses antes de su violenta muerte, Kennedy llevaba a una inmensa multitud de alemanes reunidos en el centro de Berlín, frontera de la Guerra Fría, a un entusiasmo casi histérico, con sus famosas palabras, “Ich bin ein Berliner”.

Para millones de personas, los Estados Unidos de Kennedy eran sinónimo de libertad y esperanza. Igual que el país al que representaba, Kennedy y su esposa, Jacqueline, se veían jóvenes, glamorosos, ricos y llenos de energía bienintencionada. Estados Unidos era un lugar al cual aspirar, un modelo, una fuerza del bien en un mundo lleno de maldad.

Pero poco después, con los asesinatos de Kennedy, su hermano Bobby y Martin Luther King Jr., y con la guerra de Vietnam que Kennedy inició, esa imagen se hizo añicos. Si Kennedy hubiera llegado al fin de su mandato, es casi seguro que su legado no hubiera estado a la altura de las expectativas que inspiró.

Cuando los estadounidenses eligieron al primer presidente negro de la historia del país (como Kennedy, una figura joven y esperanzadora), pareció por un tiempo que Estados Unidos había recuperado algo del prestigio del que gozaba a principios de los sesenta. Igual que Kennedy, Barack Obama pronunció un discurso en Berlín, ante una multitud de al menos 200.000 personas que cayó rendida a sus pies, y todavía ni siquiera había ganado las elecciones.

Aquella temprana promesa nunca se cumplió. De hecho, el prestigio estadounidense ha sufrido mucho desde 2008. La política nacional de Estados Unidos está tan emponzoñada de partidismo provinciano (especialmente por el lado de los republicanos, que odiaron a Obama desde el principio) que incluso la democracia parece dañada. La desigualdad económica es más profunda que nunca. Autopistas, puentes, hospitales y escuelas se caen a pedazos. Comparados con los principales aeropuertos de China, los del área de Nueva York hoy parecen primitivos.

En política exterior, a Estados Unidos se lo ve alternativamente como un matón prepotente o un cobarde vacilante. Los aliados más cercanos del país, como la canciller alemana Ángela Merkel, están furiosos por los casos de espionaje de los que fueron objeto. Otros, sobre todo en Israel y Arabia Saudita, están disgustados por la debilidad que perciben en Estados Unidos. Hasta el presidente ruso VladImir Putin, líderautocrático de una potencia decadente de segunda categoría, se las arregla para proyectar una imagen coherente en comparación con la del deslucido presidente estadounidense.

Es fácil echar la culpa de este lamentable estado de cosas a Obama o a republicanos insensatos. Pero eso supondría olvidar el aspecto más importante del papel de Estados Unidos en el mundo: el mismo idealismo que hizo de Kennedy un personaje tan popular es el que ahora impulsa el declive del prestigio internacionalestadounidense.

Algunos de los más fervientes admiradores de Kennedy todavía creen que si hubiera vivido más tiempo, habría impedido la escalada de la Guerra de Vietnam. Pero no hay ninguna prueba que respalde esa conclusión. Kennedy era un promotor acérrimo de la Guerra Fría. Su anticomunismo se expresaba con los términos del idealismo estadounidense. Como dijo en su discurso inaugural: “pagaremos cualquier precio, sobrellevaremos cualquier carga, afrontaremos cualquier dificultad, apoyaremos a cualquier amigo y nos opondremos a cualquier enemigo para garantizar la supervivencia y el triunfo de la libertad”.

Pero el entusiasmo por la autoproclamada misión estadounidense de luchar por la libertad en todo el mundo resultó dañado (especialmente en Estados Unidos) por la sangrienta catástrofe de Vietnam. Se calcula que dos millones de vietnamitas murieron en una guerra que no los liberó.

Hizo falta otro desastre (mucho más limitado) para revivir la elevada retórica sobre los efectos liberadores del poder militar estadounidense. No hay duda de que las razones por las que el presidente George W. Bush decidió ir a la guerra en Afganistán e Irak son complejas. Pero los neoconservadores que promovieron esas guerras se expresaban en términos venidos directamente de la era de Kennedy: la difusión de la democracia, la causa de la libertad, la autoridad universal de los “valores estadounidenses”.

Uno de los motivos que explican el triunfo de Obama en 2008 fue que esa retórica del idealismo estadounidense provocó una vez más millones de muertos y desplazados. Ahora, cuando los políticos estadounidenses hablan de “libertad”, la gente ve bombardeos, salas de tortura y la constante amenaza letal de los drones.

El problema de los Estados Unidos de Obama se origina en la naturaleza contradictoria del liderazgo de su presidente. Obama tomó distancia de la misión estadounidense de liberar al mundo por la fuerza; puso fin a la guerra en Irak y pronto hará lo mismo con la de Afganistán; y resistió la tentación de ir a la guerra en Irán y Siria. Para los que esperan que Estados Unidos sea el componedor de entuertos del mundo, Obama parece débil e indeciso.

Pero al mismo tiempo, no cumplió la promesa de cerrar la grotesca prisión estadounidense de Guantánamo; se filtran datos sobre operaciones de vigilancia dentro y fuera del país, y los autores de las filtraciones terminan encarcelados; el uso letal de drones aumentó. Aunque la actividad bélica convencional se haya reducido, la actividad bélica encubierta se intensifica y extiende. Y cada día que pasa, la imagen de Estados Unidos se hunde un poco más.

Pero el problema principal no es Obama; es la hibris implícita en la creencia de los estadounidenses en el papel “excepcional” de su país en el mundo, creencia de la que muchas veces se abusó para promover guerras innecesarias. El idealismo de los estadounidenses no sólo los llevó a esperar demasiado de sí mismos, sino que, además, el mundo a menudo espera demasiado de Estados Unidos. Y semejantes expectativas siempre terminan en desencanto.

Traducción: Esteban Flamini

Ian Buruma es profesor de Democracia, Derechos Humanos y Periodismo en el Bard College y autor del libro Year Zero: A History of 1945 [Año cero. Una historia de 1945].

Copyright: Project Syndicate, 2013.
www.project-syndicate.org

NUEVA YORK.

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