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Bjørn Lomborg: el ecologista escéptico

Bjørn Lomborg: el ecologista escéptico

El activista danés cree que la excesiva atención a lo verde les quita foco a lo más urgente.

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Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
10 de noviembre 2013 , 10:41 p. m.

Su nombre saltó a la fama a principios de la última década, cuando con su libro El ecologista escéptico se atrevió a desafiar la veracidad de aspectos relacionados con el calentamiento global y a poner en tela de juicio el tono –casi siempre catastrófico– con el que se buscaba generar conciencia al respecto.

Tamaña osadía le reportó a Bjørn Lomborg una inmensa ola de críticas –fue acusado de deshonestidad intelectual, por ejemplo–, pero también de seguidores: en el 2004 la revista Time lo mencionó entre las 100 personas más influyentes del planeta, y en el 2008 la revista Esquire lo incluyó entre las 75 personas que podrían salvar el planeta, justamente por atreverse a abordar el problema del cambio climático desde una perspectiva novedosa.

Lo curioso es que, antes de convertirse en un ambientalista escéptico, este politólogo danés se ubicaba en la vereda contraria. De hecho, militaba en Greenpeace. “En los noventa yo era el prototipo perfecto del activista urbano –recuerda–. No salía pintado de cebra, pero escribía cartas a los diarios para alertar que el mundo estaba al borde del desastre y, por supuesto, tenía en mi cuarto un afiche con la frase ‘solamente cuando se haya talado el último árbol, contaminado el último río y pescado el último pez, el hombre se dará cuenta de que no se puede comer el dinero’.

¿Qué lo hizo cambiar tan radicalmente de opinión? Este danés nacido en 1965 y doctor en Ciencias Políticas, que ha enseñado en prestigiosos centros de estudios, no duda en mencionar el haber leído una entrevista al economista norteamericano Julian Simon, quien en vida defendió algunas ideas políticamente incorrectas: era un férreo defensor del libre mercado como la herramienta más eficaz para combatir los problemas del medioambiente.

“Mi reacción fue indignarme y decir que no podía esperarse otra cosa de un economista norteamericano. Pero, en esa entrevista, Simon invitaba a confrontar estadísticamente sus afirmaciones y yo, que era profesor de estadística, me propuse destruirlas. Pero luego de algunos ejercicios me encontré con que, efectivamente, estábamos mejorando como humanidad. Y también en indicadores ambientales como el de la polución del aire. Claro que esto no ocurre si te vas a China. Los chinos fueron claros: ‘Primero queremos ser ricos y después nos ocuparemos del aire y del agua’. ¿Acaso no fue lo que hicieron los países ricos hace 100 años?”, pregunta con ironía.

Esto no significa que Lomborg niegue el progresivo calentamiento de la Tierra. Lo que cuestiona, en todo caso, es lo que el mundo está haciendo al respecto. Y mediante su ONG, Centro para el Consenso de Copenhague (CCC), se propone concientizar a gobiernos, organizaciones y ciudadanos para que, al momento de invertir energía y recursos en concepto de ayuda, nadie pierda de vista que el del medioambiente es un gran problema que nos pesa como humanidad. Pero que no es el único. Que existen otros, como el hambre, el sida, las enfermedades crónicas –que afectan especialmente a los países empobrecidos–, los conflictos armados o los problemas de acceso al agua o a la educación, que también requieren ser abordados con urgencia. “Invertimos mucho para cumplir con las exigencias del Protocolo de Kioto. En un año, con todos los recursos que destinamos ahí, podríamos darle agua potable a toda la población del mundo. Y disculpen, pero yo creo que darle agua potable a todo el mundo es más prioritario que cumplir con Kioto. Eso es justamente lo que falta: ordenar los problemas en una lista de prioridades”, explicó Lomborg.

Soluciones eficientes

De eso se trata el Consenso de Copenhague. Desde el 2004, cada cuatro años, Lomborg reúne a un panel de expertos para definir qué áreas no podemos darnos el lujo de descuidar y cuáles son las soluciones más eficientes en cada caso. En la última edición, por ejemplo, la lista de soluciones cuenta con 30 ítems. La reducción de la desnutrición en niños encabeza la lista, integrada también por la necesidad de invertir en sistemas de alertas tempranas, en vacunación, tratamientos contra la malaria o la tuberculosis o saneamiento, entre otros. Los problemas ambientales también figuran, pero no encabezan el ranking.

“Para definir estos grandes problemas buscamos a los economistas más especializados –algunos son premios Nobel– en cada temática. Luego hicimos una lista con las mejores soluciones, que incluyen, por supuesto, una adecuada relación costo-beneficio”, explica Lomborg.

El especialista sostiene que no siempre prima la eficiencia en la ayuda humanitaria ni en las inversiones destinadas a paliar el calentamiento global. Y aporta ejemplos: “Alemania es el país que más ha invertido, per cápita, en paneles solares. Te encuentras con paneles solares hasta encima de las catedrales. ¿Cuál será el efecto de esta costosa inversión? Que a finales de siglo el calentamiento global se retrase unas 23 horas. Esto no es una forma inteligente de gastar dinero. Y los alemanes se sienten de maravilla”, dice con picardía.

¿Y qué sería, a su entender, gastar dinero en forma inteligente? El especialista aporta ejemplos, como invertir más en gas como recurso energético limpio que en biocombustibles (“hay algo de inmoral en quemar alimentos en los cilindros de los autos”, sostiene); o, en materia de sida, inclinar más la balanza hacia la prevención, la provisión de sangre segura y disminuir el nivel de transmisión de madre a hijo.

“Después del huracán Katrina, que arrasó a Nueva Orleans, todo el mundo se encolumnó detrás de Al Gore y comenzó a afirmar que había que reducir las emisiones de CO2 para ayudar a los afectados. Pues no, lo que ellos necesitaban en forma más urgente era que se construyeran diques más altos para contener las inundaciones.

“Hay mucha gente en los países emergentes que se ve sacudida por huracanes, y no nos enteramos –continúa–. Gente de Bangladés o de Myanmar, por citar algunos ejemplos. Pero ahí la solución que se propone no es cortar las emisiones de carbono, sino mejorar la infraestructura o los sistemas de alerta temprana. De todas formas, el principal factor que te puede ayudar a hacerle frente a un huracán es contar con la mayor cantidad de recursos posible. Un huracán que mate a cinco o a 10 personas en la costa de Florida, mata a 10.000 en Guatemala”.

Lomborg sabe que estamos muy lejos para que el consenso que cada cuatro años se logra en Copenhague se convierta en un consenso global. “Somos una agrupación que trata de defender estos argumentos en discusiones públicas. Eso no quiere decir que tengamos mucho poder. Diría que el único poder que tenemos es el de convencer. Y tratamos de hacerlo para que se invierta de manera más inteligente. Es frecuente que se gaste dinero tratando de hacer un bien, pero no que se analice a fondo la eficiencia de ese gasto. Nos motivamos porque pensamos que estamos haciendo algo bueno, pero no medimos las consecuencias reales de ello...”.

Claro que, a su modo de ver, no es solo cuestión de inocencia o ignorancia. “Hay mucha gente que entiende nuestros argumentos. Hay mucha materia gris capaz de pensar en esta línea. Pero es frecuente que esa materia gris tenga que batallar contra intereses económicos. Gente que quiere conseguir subsidios para paneles solares o biocombustibles, por ejemplo. Y cada quien cuida su quinta”, se lamenta.

Consciente de todas estas dificultades –y de lo difícil que resulta consolidar un discurso tan novedoso como incómodo, que busca conmover ciertas verdades fuertemente instaladas en materia de ambientalismo y ayuda humanitaria–, Lomborg intenta llegar a auditorios de lo más variados.

Una réplica de su programa se llevó a cabo en el 2007 en San José de Costa Rica (se llamó Consulta de San José), en donde reputados economistas analizaron problemáticas propias de América Latina. También escribió Crisis globales, soluciones globales (2004) y Cómo gastar US$ 50.000 millones para hacer del mundo un lugar mejor (2006) y es columnista en medios norteamericanos de alcance mundial, como The Washington Post, The Wall Street Journal o la mencionada revista Esquire.

“Nuestro desafío es esforzarnos para dejar nuestros argumentos más claros –sostiene–. Hablar con más gente sobre esto. Sobre las políticas estúpidas que a veces se implementan y sobre las grandes oportunidades que tenemos por delante”.

En definitiva, sostiene, de lo que se trata es de entender que sentirnos bien con nosotros mismos cuando hacemos alguna buena acción no garantiza necesariamente que lo estemos haciendo bien. Un primer paso fundamental, asegura, para atrevernos a hacer las cosas mejor.

Un esquema más equitativo y eficiente

En una conferencia de 18 minutos que dio en el 2005, Lomborg lo dice bien claro: “Sería ideal poder resolver todos los problemas del mundo. Pero, ya que no contamos con recursos suficientes, lo más eficiente es establecer prioridades”.

Otra vez agregó: “Si analizamos los compromisos de las diferentes cumbres del clima, hablamos de invertir 100 mil millones de dólares anuales en los países emergentes para paliar el cambio climático. Y eso no tiene proporción si lo comparamos con que para todos los programas relacionados con el mundo emergente se gastan 150.000 millones”, dijo. Es evidente que continúa siendo un ecologista escéptico, no sobre las evidencias del cambio climático, sino sobre cómo se lo comunica y sobre la atención que el tema recibe. Pero esos argumentos hoy aparecen dentro de un discurso más complejo, con el que busca remarcar las incongruencias que existen en el terreno de la ayuda internacional. Con su organización, el Centro para el Consenso de Copenhague (CCC), Lomborg detectó 10 áreas temáticas en las que se concentran los desafíos mundiales: conflictos armados, enfermedades crónicas, educación, enfermedades infecciosas, crecimiento demográfico, biodiversidad, cambio climático, hambre y desnutrición, desastres naturales, y agua y saneamiento. “Creo que a nuestros hijos y nietos no les va a interesar que hayamos señalado los problemas sino que, además, los hayamos resuelto”, sostiene. Por eso, esas 10 áreas dan lugar a una treintena de posibles soluciones. Por ejemplo, propone invertir en programas que garanticen la ingesta de micronutrientes para los niños. O, en lugar de señalar vagamente el flagelo del cambio climático, propone invertir recursos en proyectos de energías verdes. “Hay que empezar a hablar con mayor seriedad, con datos en la mano, sobre el medioambiente, sin perder de vista que somos buenos solucionando los problemas”.

Lomborg recuerda el revuelo mundial que generó su libro El ecologista escéptico, a principios de la década pasada.

“Lo entendí, porque fue la misma reacción que tuve yo en su momento. Lo que me decepcionó es que mis antiguos compañeros de Greenpeace leyeran todas las críticas que se me hicieron, pero no mis argumentos”.

LORENA OLIVA
La Nación (Argentina)

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