El canapé republicano

El canapé republicano

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10 de noviembre 2013 , 08:40 p.m.

En días recientes, el presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Luis Alberto Moreno, lanzó la idea de que lo que le hace falta al país es un ‘Pacto por Colombia’. La idea ha calado bastante y se oye, en los cocteles, a mucha gente aplaudiendo la propuesta.

No es muy claro qué significa y qué contendría dicho “acuerdo sobre lo fundamental”, pero es evidente que el concepto ha generado bastante interés. Sin descartar los méritos de la idea, que los tiene, mucho me temo que el entusiasmo que ha despertado tiene más que ver con la incomodidad y el susto que les produce, a algunos sectores, la dura confrontación que hoy existe entre el gobierno Santos y el uribismo.

En nuestra historia no es la primera vez que se habla de arreglos, pactos, frentes, reparticiones, acuerdos y coaliciones. Desde 1880 hasta nuestros días el país ha vivido, políticamente, el setenta por ciento del tiempo bajo alguna modalidad de ese estilo. Entonces, no nos debemos extrañar de que cuando se rompe la armonía entre los líderes y dirigentes surjan voces que claman por la unidad, la sensatez y la cordura.

El problema es que, generalmente, esos “pactos” conllevan consecuencias no tan deseables para el funcionamiento moderno y legítimo de la democracia. En Gran Bretaña o en Estados Unidos, a nadie se le ocurriría pensar que para resolver los problemas lo que se necesita es que todos se amangualen bajo la misma sombrilla.

Los colombianos le tienen miedo a la confrontación política, con bastante razón. Históricamente, el espectro de la violencia ha estado latente en los desencuentros políticos y no es extraño que entre nosotros las diferencias se zanjen con sangre. Pero lo que se olvida, con demasiada frecuencia, es que el mejor antídoto contra ese pasado violento es, precisamente, permitir y alimentar la controversia, la oposición, el debate y el derecho a disentir.

Virgilio Barco, uno de los mejores presidentes que ha tenido Colombia, causó inmensa consternación cuando decidió romper con esa perversa tradición del Frente Nacional. Mario Latorre, Fernando Cepeda y Alfonso López Michelsen, que crearon precisamente el Movimiento Revolucionario Liberal (MRL) para oponerse a la hegemonía bipartidista, inspiraron a Barco para decretar el Gobierno-Oposición.

Con Barco, por primera vez en cuarenta años, hubo de verdad un partido de gobierno y otro de oposición. Los desastres que se temían por esa audacia nunca ocurrieron. Al contrario, si no es por esa apertura democrática jamás se hubiera podido hacer la paz con el M-19, grupo terrorista generado precisamente por esa democracia limitada que le impidió a Gustavo Rojas llegar legítimamente al poder.

Más recientemente, durante los gobiernos de Uribe, la valerosa actitud de oposición del Partido Liberal, al que le tocó sufrir toda clase de persecuciones y agresiones, salvó al país de un chavismo de derecha.

De allí que las propuestas de nuevos frentes nacionales o de acuerdos supremos deban ser examinadas con lupa. Sin duda, temas como la independencia del banco central, la función social del Estado, la defensa de la soberanía y muchos más requieren un entendimiento y un consenso colectivos. Pero la batalla política por cómo se debe gobernar es la vida de la democracia. Desafortunadamente, el sueño de Bolívar –que cesen los partidos y se consolide la unión– no solo es imposible sino inconveniente.

Díctum. A Humberto de la Calle le tocó ser vicepresidente en circunstancias muy adversas. Ahora le va a tocar repetir.

Gabriel Silva Luján

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