Vamos a jugar

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09 de noviembre 2013 , 07:44 p. m.

Vamos a jugar. Le propongo que se ponga en el lugar de un jefe de gobierno. El director de sus servicios de inteligencia lo visita para pedirle que tome ciertas decisiones. Este es un simulacro de dos situaciones inventadas por mí y que seguramente jamás han sucedido…

Primer simulacro: Roma, finales del 2008. El director de la Aise (Agencia de Información y Seguridad Exterior del Sistema Italiano de Inteligencia) le informa que sus técnicos han logrado penetrar los sistemas de comunicación de Muamar Gadafi y sus principales colaboradores. Le pide autorización para monitorear las llamadas telefónicas. “¡Pero Libia es nuestro aliado!”, responde usted. “En agosto pasado firmé con Gadafi el Tratado de Amistad, Asociación y Cooperación. Gracias a esto, Libia ha colocado más de 40.000 millones de dólares en Italia, es el quinto mayor inversor en nuestra bolsa y hasta ha puesto dinero en la Juventus. Además, se comprometieron a ayudarnos a controlar a los inmigrantes indocumentados que salen de sus costas”.

El jefe de la Aise, un general, le entrega una voluminosa carpeta con documentos que evidencian que el gobierno libio ha tejido una amplia red de sangrientas milicias que operan en diferentes países africanos y que tiene agentes en toda Europa, incluyendo Italia. “Usted sabe que Gadafi es muy volátil”, le dice. “Hoy es nuestro aliado, pero mañana tal vez no, y nuestro deber es saber qué está planeando. No podemos correr el riesgo de que cuando sus acciones choquen con nuestros intereses y nuestra seguridad nacional nos enteremos por los periódicos. En esto debemos ser tan pragmáticos como los españoles. Ellos son aliados de Marruecos y no pasa un día sin que alguno de sus ministros enfatice los lazos de amistad. Pero no hay conversación telefónica del rey o sus ministros que no escuchen los espías españoles. Lo mismo hacen los franceses”.

Usted da las gracias al director de la Aise y le dice que pronto le hará saber su decisión. Decida.

Segundo simulacro: Berlín, 2012. Usted es Ángela Merkel y está considerando aportar fondos para el rescate financiero de Chipre. Los grandes bancos de este pequeño país se están hundiendo y amenazan con arrastrar a la economía chipriota y contagiar a los debilitados países del sur de Europa. La decisión parece obvia: hay que apuntalar estos bancos y evitar otro shock financiero en Europa. Es obvio hasta que el presidente del Bundesnachrichtendienst (BND, la agencia de espionaje alemana) le entrega un detallado informe que muestra que los rusos tienen depósitos en esos bancos por 26.000 millones de dólares, un monto mayor que el tamaño de la economía de Chipre.

El problema, explica el jefe del BND, es que muchas de estas cuentas son de grupos criminales rusos, varios de ellos tienen vínculos con el Kremlin al más alto nivel. “Rescatar a estos bancos es rescatar a la mafia rusa y a sus cómplices en el Gobierno”, le dice. “¿Cuán fiable es su información?”, pregunta usted. “Completamente”, responde el jefe del BND. “Y quiero aprovechar para informarle que tenemos la tecnología para oír las conversaciones telefónicas de Vladimir Putin y otros miembros del gobierno ruso. Pero necesitamos su autorización para proceder. Sé que usted ha declarado que la mejora de las relaciones entre Alemania y Rusia es prioridad nacional. Pero saber de qué está hablando Putin y con quién también lo es”. ¿Usted lo autorizaría?

El debate internacional suscitado por las filtraciones de Edward Snowden y la revelación de que el gobierno de EE. UU. espía las conversaciones de Merkel y otros 35 jefes de Estado y que obtiene información de millones de ciudadanos de todo el mundo es sano y deseable. Uno de los aspectos más polémicos es que EE. UU. espíe a sus propios aliados. Pero este debate solo será útil si es realista. Y para ser realista es bueno tener en mente la frase de lord Palmerston, el estadista y primer ministro británico de mediados del siglo XIX: “Inglaterra no tiene amigos eternos, ni enemigos perpetuos. Inglaterra solo tienes intereses, que son eternos y perpetuos”. Esto sigue siendo verdad hoy: los países no tienen amigos, tienen intereses.

Moisés Naím

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