Daniel Samper Pizano hace un viaje novelado por el país de la memoria

Daniel Samper Pizano hace un viaje novelado por el país de la memoria

Alfaguara publica su novela 'Jota, caballo y rey'. EL TIEMPO presenta el primer capítulo.

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08 de noviembre 2013 , 07:13 p.m.

Octubre de 1953

–¡Que no me abran la llave!

Era la tercera vez que el Teniente General Jefe Supremo Excelentísimo Señor Presidente de la República Gustavo Rojas Pinilla protestaba por el súbito descenso de la temperatura del agua que goteaba precariamente de la ducha.

Ahora asomó la cabeza enjabonada por la cortina y volvió a gritar.

–¿No ven que me estoy congelando, carajo?

Estaba desnudo en la tina y había tenido que sacarle el quite al chorrito de agua tibia, en realidad, más fría que tibia, que caía de la regadera.

–En este país es más fácil dar un golpe de Estado que arreglar una cañería –murmuró.

Desde el otro lado de la cortina oyó la voz de doña Carola.

–¿Qué son esos berridos tan espantosos, mijo?

–Los de un hombre empeloto que se muere de frío, ¿no ves? ¿Será que no es posible que en el Palacio Presidencial le respeten a uno su baño? Llevo días pidiendo que no me abran la llave, carajo.

–Voy a ver qué es lo que pasa, pero dejá de echar ajos, Gustavo.

–No, no, que vaya el capitán Velosa. Se supone que es mi ayudante.

El Supremo oyó ecos y burbujas en la tubería, como si estuviera naufragando un transatlántico, y al cabo de unos segundos se detuvo por completo el chorro. Atisbó la regadera y vio que había dejado de lagrimear. No salía agua fría, ni caliente, ni tibia. No salía nada. Se sorprendió: era la primera vez que ocurría en los pocos meses que llevaba en el edificio. Entonces procedió a dar un tremendo golpe militar a la tubería con la escudilla metálica del jabón y de inmediato se precipitó sobre su cabeza una andanada de líquido oscuro y caliente que, en vez de limpiarlo, lo ensució y le provocó ardor en la calva.

–¿Dónde carajos está el capitán Velosa? ¡Que venga!

Pero no llegó el capitán Velosa, sino doña Carola.

–El capitán está abajo tratando de arreglar lo del agua, mijo. Debés tener en cuenta que este palacio es una construcción vieja. Antes hay agua...

–Qué palacio ni qué diablos. Estaba más cómodo en el cuartel.

–¿Y de quién es la culpa? ¿Quién se empeñó en trasladar la Presidencia aquí? ¿Quién sacó a la Cancillería del edificio y le dio dos meses al Ministerio de Obras Públicas para dejarlo a la altura de un Palacio Presidencial? Vos, mijo.

–Sí, pero porque tengo sentido de la historia. Acuérdate que desde esta misma casa, a lo mejor desde este mismo baño, gobernó Bolívar.

–También me acuerdo de que Bolívar tuvo que volarse por una ventana, que vos sabés cuál es, para que no lo mataran. No quiero recordarte que los que querían acabar con él habían sido los que más incienso le echaban y lo llamaban Libertador.

Con un gesto impaciente, el Supremo pidió a su mujer que le alcanzara la toalla y se enfundó en ella para quitar el jabón y los restos del agua con óxido. La toalla tenía bordado un letrero hilvanado con hilos tricolores: GLORIOSO 13 DE JUNIO.

–Muy glorioso –comentó–, pero no seca un comino.

–Es producto nacional –comentó doña Carola con resignación–. No pidás lo imposible.

Lo peor es que unas gotas del agua oscura se le habían filtrado por el oído y ahora Su Excelencia, agarrado a la manija de la puerta, intentaba saltar en una sola pierna con la cabeza inclinada para expulsar la incómoda invasión.

–¡Cuidado, mijo! –le dijo doña Carola brindándole el hombro como apoyo–. Estas no son gimnasias para un hombre de cincuenta y tres años.

Sin dejar de saltar, Su Excelencia le recordó que era capaz de nadar tres kilómetros río Sumapaz abajo y otros tantos a contracorriente. En ese momento oyó que golpeaban la puerta. Era el capitán Velosa. Su Excelencia apoyó las dos piernas y se arregló la toalla antes de autorizar la entrada de su ayudante.

–¿Qué vamos a hacer con el bendito problema del agua? –preguntó al capitán, ya más tranquilo–. Hoy me salió barro. Barro caliente.

–Mi General, estamos estudiando la posibilidad de un plomero –respondió el capitán, con la mano desplegada sobre el quepis, los zapatos brillantes muy juntos y la mirada hacia el infinito.

–Descanse –le dijo con fastidio Su Excelencia–. ¿Cómo así que “estamos estudiando”, Velosa? ¿Ya se me puso a gobernar? Esto tiene que funcionar como la milicia, Velosa: problema visto, problema resuelto. Quiero ese plomero en cosa de minutos...

–Afirmativo, mi General: en cosa de minutos se lo traigo.

–Espere, espere, Velosa. No le estoy diciendo que me lo traiga a mí, que bastantes vainas me toca solucionar cada día, sino que lo encadene a la tubería y no lo suelte sino cuando haya arreglado el asunto del agua.

–Entendido, mi General. Será encadenado.

–Espere, espere: cuando digo que lo encadene, estoy empleando lo que se llama lenguaje figurado. ¿Sabe lo que es lenguaje figurado, Velosa? Que uno dice una cosa para significar otra. Va a tener que acostumbrarse, porque ahora estamos gobernando. Mejor dicho, estoy gobernando yo, Velosa. Usted sigue en servicio. No se preocupe, que acabaremos por acostumbrarnos, capitán. Esto tiene su atractivo, le advierto.

–Afirmativo, mi General. Permiso para retirarme.

El Supremo hizo una seña para que saliera, pero antes de que su ayudante de cámara hubiera transpuesto el umbral de la alcoba, volvió a llamarlo.

–Otra cosa, capitán. Cuando se dirija a mí frente a otras personas o autoridades, de ahora en adelante no me llame mi General, sino Señor Presidente. A los civiles les encantan los gestos republicanos. Deje que los demás militares me digan General. Pero usted, Señor Presidente.

–Afirmativo, Señor Presidente.

–No, Velosa: lo de Señor Presidente es cuando esté delante de autoridades. Aquí, en la casa privada del Palacio Presidencial, seguimos siendo general y subordinado. Puede retirarse, y arrégleme la vaina del agua.

Enseguida Su Excelencia examinó un papel con la agenda del día, que se encontraba desde la víspera encima del escritorio, e impartió instrucciones a doña Carola.

–A las once presenta credenciales el nuevo embajador francés. Me dijeron que es viudo, pero tú tienes que ir.

–Ave María, Gustavo: sabés que a mí esas cosas sociales no me gustan. Aunque a veces se te olvide, ni vos sos el rey ni nosotros somos la familia real. A ver, decime: si el embajador es viudo, ¿a qué señora voy a saludar? No veo por qué tengo que ir.

–El problema es de él, sumercé. Su mujer murió, pero tú estás viva. Al país le conviene verse reflejado en una familia sonriente y unida, no en un viejo enfermo y amargado con unos hijos siniestros, como era Laureano. Hay que mostrar que las cosas cambiaron.

–El país ve todos los días que las cosas cambiaron, Gustavo. Basta con leer los periódicos. No necesito disfrazarme de reina para eso.

–Además, eso de la familia es un sentimiento cristiano, Carola. A la gente le encantan los gestos cristianos. De todos modos, le dije al jefe de protocolo que invitara con señoras, así que no me puedes dejar solo.

–Como digás –suspiró resignada la Primera Dama.

El General se quitó la bata, asperjó generosamente con talco la parte más militar de su anatomía, repitió la operación en las axilas y se puso calzoncillos y franela.

–Sácame el uniforme de gala blanco, la banda tricolor que me regalaron las damas de Tunja, todas las medallas y la espada de Mosquera –pidió a doña Carola–. Estos franceses son muy apegados a las ceremonias. Pero va a ver cómo les queda el ojo, oiga.

–Vos sabrás mejor, pero me parece que el blanco es de tierra caliente, mijo.

–La gran mayoría de este país es tierra caliente, mija. Ya verás cómo se sienten identificados conmigo en la Costa, en los Llanos, en el río Magdalena, en el Tolima, en los Santanderes, en el Valle, cuando me vean de blanco.

Mientras hurgaba en los armarios donde reposaban impecables los uniformes, botas, capas, orlas, charreteras, entorchados y penachos, doña Carola comentó:

–Gustavo, las uñas. Te dejé las tijeritas en la mesa de noche.

El Supremo se miró las uñas de los pies, sobrepasadas de tamaño y en franco peligro de convertirse en garras, y sonrió.

–Es la última vez que yo mismo hago esta pendejada –dijo, echando mano a las tijeras–. Voy a pedir una manicurista. Recuerda que estamos gobernando, mija.

–Dirás una pedicurista –corrigió doña Carola.

Más tarde calzó medias negras, leyó los periódicos por encimita y estuvo de acuerdo en voz alta con los editoriales que elogiaban “la etapa de paz y progreso que ha traído el gobierno de las Fuerzas Armadas”. Luego, al tiempo que se afeitaba, pidió a su mujer que le avisara a Sagrario que quería verla a las doce. Por el espejo divisó el mohín de desagrado de doña Carola y la reprendió tragando espuma de jabón.

–No me pongas esa cara. Tú sabes que no vamos a darle a este país el espectáculo de una pelea de familia, así que mejor aprendes a soportar la vida con Sagrario. Además, es lo único realmente eficiente que hay en la Presidencia.

–Lo mismo decías hace un tiempo del capitán Velosa.

Su Excelencia había empezado a vestirse.

–Eso era en el cuartel. Lo de Velosa es otro cuento, mija. A un militar de raza, como él, le cuesta trabajo acostumbrarse a las contemplaciones y pendejadas de los civiles. Él también está tratando de aprender, pero a veces aprende mal.

–Puede que sí –suspiró doña Carola–. A todos nos pasa. Ponete la casaca. Quiero ver que no tenga una sola manchita oscura.

DANIEL SAMPER PIZANO

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