Un descalabro monumental

Un descalabro monumental

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07 de noviembre 2013 , 06:33 p.m.

Entiendo el grafiti como una expresión clandestina de rebeldía para protestar ante una sociedad establecida y convencional. El grafiti aceptado y, aún mas, impulsado y patrocinado por el Establecimiento pierde su razón de ser y no tiene sentido. Que un artista se exprese en grandes superficies y trabaje pinturas de gran formato sobre muros se llama muralismo y no tiene nada que ver con el grafiti.

Prestarles todas las paredes de la ciudad a unos señores para que las embadurnen y las ensucien no es arte ni muralismo; tampoco, grafiti. Es, desgraciadamente, lo que esta sucediendo en Bogotá con el beneplácito de la Administración y de las autoridades encargadas de hacer respetar los lugares y los espacios públicos.

El resultado está a la vista en la pobre y sufrida avenida Eldorado, o calle 26, que, después de tanto descalabro, mal diseño y despilfarro como sufrió, ahora está inmunda por causa de los mal llamados grafitis en sus muros de concreto recién terminados y quién sabe por cuánto tiempo.

Existe, eso sí, una tendencia mundial de arte urbano que nació con el grafiti para darle cabida a la expresión espontánea actual y de gran formato. Es urgente contemplar esta posibilidad, sobre todo porque parece tener muchos seguidores, pero entonces es necesario buscar los espacios adecuados y reglamentar su utilización para que los artistas de esta modalidad puedan expresarse y al mismo tiempo se puedan cuidar y conservar sus creaciones.

Una cosa muy distinta son las obras de arte realizadas por artistas en espacios murales destinados para tal fin y de cuyo mantenimiento y cuidado se encarga la entidad pública o privada que lo ha solicitado, como ocurre con el mural del maestro Obregón en Corpbanca (antes Banco Santander, calle 100) o la preciosa escultura de Ramírez Villamizar en el World Trade Center.

Felizmente, el diario EL TIEMPO ha promovido una campaña a favor de la recuperación de las esculturas y monumentos de la ciudad que están abandonados por todas partes en un deterioro inadmisible y al cual contribuye en gran parte el grafitismo imperante.

Ejemplos hay muchos sobre la misma avenida Eldorado, como lo que fue el Ala Solar, una escultura monumental del venezolano Alejandro Otero, por un tiempo orgullo de nuestra ciudad, y que hoy en día es una estructura inútil e inexplicable porque le robaron las aspas que giraban con el viento.

Las pocas esculturas que nos dejó el maestro Negret a nivel urbano están que desaparecen por falta de mantenimiento, como ocurre con la del parque El Virrey sobre la carrera 15. Y ni hablar de los edificios patrimoniales llamados pomposamente ‘Bienes de interés cultural’ por el organismo encargado de cuidarlos.

En la sede principal de la Universidad Nacional, los edificios de facultades diseñadas por los padres de la arquitectura en diferentes épocas están que se caen y han sido abandonados por falta de recursos para su reparación.

Y no quiero ni pensar en lo que puede pasar en el barrio Getsemaní, en Cartagena, que es parte integral del sector histórico y patrimonio de la humanidad.

Si no se toman medidas preventivas a tiempo que lo impidan, se está preparando para diciembre un festival de arte urbano que puede acabar para siempre con todas las fachadas de este importante monumento colonial.

Esta es la situación de una ciudad que se jactó de ser la ‘Atenas suramericana’ y la de un país cuyo mayor orgullo era la conservación del centro histórico de Cartagena, incluyendo a Getsemaní, el barrio de los trabajadores.

Jacques Mosseri

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