Lucha de alcatraces y pescadores por no morir de hambre en Cartagena

Lucha de alcatraces y pescadores por no morir de hambre en Cartagena

Crónica de Gossaín sobre lo difícil que es conseguir unos pesos derivados de esa actividad.

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07 de noviembre 2013 , 05:56 p.m.

En pleno centro de Cartagena, al otro lado de las murallas coloniales y a lo largo de la avenida Santander, que serpentea junto al mar desde los hoteles de Bocagrande hasta el aeropuerto de Crespo, se aglomeran pescadores, canoas, alcatraces y compradores.

A la hora de los amaneceres veraniegos del Caribe, o cuando va cayendo la sobretarde, pequeños grupos de jubilados, que no duermen mucho, se sientan en el borde de las murallas a ver el espectáculo de los pescadores que arrojan sus atarrayas, haciendo un gran círculo en el aire, como una flor que se abre sobre el oleaje.

A veces la pesca no es con anzuelo ni atarraya, sino con trasmallos, unas redes gigantescas que flotan encima de las columnas de agua. El trasmallo se parece a una portería de fútbol, con su malla tejida en la parte de atrás. Los turistas se sientan en las piedras amarillas de los malecones a tomar fotografías de las chalupas que regresan tras la faena de pesca.

Voy caminando al frente del baluarte de La Tenaza, donde las tropas españolas escondían la pólvora que usaban para fusilar patriotas, y donde el sol mortecino de las cinco de la tarde espejea sobre los tejados rojizos. De repente un niño que pasea por la playa con su familia de turistas levanta un palo del suelo y corre hacia donde están los alcatraces. Un viejo pescador, con gorra de beisbolista y tabaco humeante, se atraviesa en su camino. Presiente lo que va a pasar.

–Ni se te ocurra tocarlos –le advierte al niño, apuntándole con el dedo.

Mientras arregla su carnada en la punta del anzuelo, aquel pescador curtido por el salitre de tantos amaneceres se vuelve hacia mí.

–Lo que pasa es que el alcatraz es mi hermano –me dice, como si yo le estuviera pidiendo una explicación–. El alcatraz y yo somos socios. Si yo como, él come. O tenemos que aguantar hambre juntos.

La sociedad perfecta

Los pescadores y los alcatraces de la avenida Santander han creado una comunidad pacífica que convive en armonía. Es una hermandad. Cada quien hace su parte del trabajo. Los alcatraces le indican al pescador por dónde se están moviendo los peces, para que vayan a cogerlos. Son como aviadores que desde el aire van guiando a sus camaradas hacia la presa. Por eso Mogollón, cada vez que sale de pesca, lo primero que hace es buscar los pájaros en el horizonte.

Apenas termina su jornada, y antes de ponerse a regatear precios con las revendedoras que esperan bajo un toldo, y antes de descamar una sierra morena para el ama de casa que acaba de comprarla, lo primero que hacen los pescadores es darles su parte de comida a los pájaros. (Bueno: alguna vez escribí, y creo que fue en estas mismas páginas, que el alcatraz no es en realidad un pájaro; el alcatraz es un barco que vuela).

–No es una limosna –me aclara Robinson Herrera Colón, que lleva 53 años pescando en estos parajes–. Es el pago por su trabajo. Por eso la comida del alcatraz es sagrada.

Robinson recuerda que, cuando empezó a llegar por estas playas, siendo apenas un niño de pantalón corto, los alcatraces todavía eran ariscos y resabiados. Se negaban a colaborar con los pescadores. Hoy, en cambio, apenas ven salir a las canoas, vuelan en formación militar, rasando sobre la marea, vigilando el agua, para que el hombre sepa por dónde se están desplazando los cardúmenes y lance allí sus anzuelos. El alcatraz es el informante.

Ahora los alcatraces comen en la mano, pero no en la mano de todo el mundo, sino en la mano del pescador que ya conocen, que es como de la familia, el socio con el que se ganan la vida juntos cada día. Les sobran razones para desconfiar de los seres humanos.

Un beso en la mano

Wilfrido Pérez es uno de los cuarenta integrantes de la cooperativa de pescadores de La Tenaza. Sus ancestros, como los de todos sus compañeros, han venido bregando en estas mismas aguas desde hace doscientos años. Proceden de todos los barrios de Cartagena y se organizan en grupos.

Al tiempo que conversamos, Wilfrido avanza unos cuantos pasos y se mete entre los alcatraces hambrientos que esperan juiciosamente junto a la canoa que acaba de llegar. Lleva en la mano unos pargos descuartizados y un puñado de sardinas. Los alcatraces se arrojan sobre él, sin golpearlo, con tanto entusiasmo que provocan un aleteo de huracán que está a punto de tirarlo a la arena. Me quedo con la boca abierta, pasmado, viendo cómo aquellos animales majestuosos comen de su mano, mansamente, como si fueran palomas.

Al final tengo la impresión de que uno de ellos, con la punta de ese pico que parece una cuchareta gigantesca, acaba de darle al pescador un beso en la mano. Deben ser impresiones mías. Se lo comento a Wilfrido.

–No se equivoca usted –me aclara él–. Le besan a uno la mano con que les da la comida. Son más agradecidos que la gente.

Entonces se mete al mar, se lava las manos, se las seca en el calzón recortado y me las muestra. Tiene en las palmas unos pequeños raspones que no llegan a ser heridas ni cicatrices. Son las marcas que le dejan los picos de los alcatraces. “Se curan con el agua salada”, dice, y me las muestra con orgullo, como si fueran el trofeo más valioso de su vida.

–Si maltratas a un alcatraz, el mar te lo cobrará algún día –agrega él, y luego regresa a su canoa.

El martillo ruidoso

A lo largo de la avenida hay ocho cooperativas de pescadores similares a la que trabaja en la playa de La Tenaza. Cada una respeta los derechos ajenos. Cada una tiene su propia zona de labores. Centenares de familias viven de esa tarea. Millares de alcatraces se ganan el pan con el sudor de su propia frente. Además, los comerciantes de pescado y las mujeres de las cocinas consiguen comida fresca y a buen precio.

Pero, por desgracia, no todo es poesía. La pesca está cada día más lejana y más escasa. Robinson Herrera Colón, que debe ser tataranieto de aquel almirante que un amanecer de octubre asomó sus carabelas por estos mismos mares, se quita la gorra y se rasca la cabeza. Está preocupado. Sus compañeros le piden, democráticamente, que sea su vocero.

–El problema es el martillo del túnel –dice.

Me quedo viendo un chispero. Sonríe ante mi perplejidad. Entonces me explica qué es lo que está pasando: a pocos metros de aquí, en las playas de Crespo, están construyendo un túnel para aliviar los trancones del tráfico.

–Es una obra muy útil para Cartagena –comenta Robinson–. Pero en la excavación que están haciendo bajo el agua, porque el túnel pasa por la orilla del mar, usan un martillo mecánico para romper la roca. Es un martillo enorme.

Los estruendos del martillo, que se expanden como ondas a través del agua, espantan a los pescados que no tienen la costumbre de oír semejantes estampidos.

–La cosecha está cada día más pobre –concluye Robinson–. Antes del martillo los peces abundaban a solo media milla de aquí. Ahora, con el martillo, tenemos que ir a buscarlos a cuatro o cinco millas. Lo malo es que nuestras canoas son tan sencillas que no dan para tanto.

Generalmente van dos pescadores en cada canoa. Lo que pesquen se divide en partes iguales.

–Hace un año –recuerda Luis Carlos Gómez– cada uno ganaba entre setenta y ochenta mil pesos diarios. Hoy a duras penas llegamos a cuarenta.

Epílogo

Me voy avenida abajo, alejándome de La Tenaza, y camino pensativo. Pequeñas bandadas de tijeretas, con sus colas hendidas a lo largo, como una tijera abierta, se suman ahora al festín de los alcatraces. Está empezando a soplar desde el mar. Una sobrevienta, que es una ráfaga impetuosa y rápida, hace que las canoas se golpeen contra la arena.

Lo que acabo de ver, metido entre alcatraces y pescadores, me hace titilar una lucecita de esperanza en los entrepaños del corazón. Tengo la impresión de que no todo se ha perdido en medio de las grandes industrias y de las compañías mineras que destruyen la vida, arrojan carbón al mar, matan a los animales, envenenan los ríos, echan ácido en las quebradas, destrozan los páramos, intoxican a los turpiales, pudren las aguas, contaminan el aire.

¿Qué hacemos con el martillo? ¿No será que los constructores del túnel pueden ingeniarse una manera menos ruidosa de hacer su trabajo? ¿No habrá algún aparato más discreto que ese martillo escandaloso? ¿No es para eso para lo que sirven la tecnología y el talento humano? Lo que estoy pidiendo es que no se pierda la comida de pescadores y alcatraces.

Quién quita, señor ingeniero del túnel, que un día de estos un alcatraz perdido se acerque a ti, se te pare en el hombro, estire el pescuezo y te dé un beso en la mano. Quién quita...

JUAN GOSSAÍN
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