El bicentenario: los campesinos protagonistas

El bicentenario: los campesinos protagonistas

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06 de noviembre 2013 , 04:00 p.m.

El 11 de agosto pasado se cumplieron los 200 años de la declaración de independencia de Antioquia. En este sentido, es importante mirar al pasado, a la luz de los problemas del presente, como el pasado paro agrario, para entender por qué el país todavía tiene una deuda social con los campesinos.

Hacia 1782, la situación de Antioquia era descrita por el oidor español Mon y Velarde, a quien atribuye Alejandro López haber sentado las bases del despegue económico de Antioquia, de la siguiente manera: “Esta provincia, por su despoblación, miseria y falta de cultura, solo era de compararse con las de África” (‘Problemas colombianos’, 1926). El mito del paisa trabajador no había sido construido todavía, que no tiene nada que ver con genes especiales, pero sí con el diseño institucional que implementó el peninsular.

La agricultura y la minería languidecían, debido a la monopolización de la tierra y de las vastas concesiones mineras a personas “que no alcanzaban a trabajar”, otorgadas por la Corona. “Unos pocos se habían hecho titular la propiedad del suelo y de los criaderos auríferos, y pretendían derivar de esa posesión nominal tributos para el Rey y para ellos, por medio del trabajo esclavo de los indios y africanos y del trabajo alquilado”. Y aquellos que se habían apropiado de la tierra trataban de convertir al resto en “mano de obra”. Sin embargo, “ese resto se resistía a ello, al impulso de una altivez indomable y de un anhelo inextinguible de independencia personal; estaban dispuestos a volver al estado salvaje antes de ceder a trabajar tierras ajenas al jornal, antes que plantar su rancho en tierras de otro. Los propietarios, faltos por eso de ‘brazos en abundancia’, también languidecían”.

El oidor Mon y Velarde, ante esta situación, introdujo dos reformas de fondo: una, la reforma política, administrativa y fiscal; y dos, la reforma industrial, que así llama López lo referente a las minas y a la agricultura, y resume lo concerniente a esta última como la cuestión agraria. A los vagos y mendigos hábiles los dotó de “tierras y herramientas, y ordenó la fundación de poblaciones en tierras superiores a las ya agotadas”. López afirma sobre las reformas introducidas por el español: “Sostengo que la obra de Mon y Velarde reposa sobre una equitativa repartición de la propiedad territorial del suelo y del subsuelo”, al revisar el “status y lo modificó”.

Después de la independencia, tampoco se dieron pasos para reformar la repartición y la estructura de la propiedad. Al contrario, “la República recompensó a algunos de sus próceres con amplias concesiones territoriales (…). Todavía al final del siglo XIX se asignaba a una sola familia, por medio de fáciles rodeos a las leyes existentes, decenas de miles de hectáreas de baldíos, (y se) ha mostrado un afán inexplicable en buscarles propietarios a nuestras reservas territoriales, lo que no es lo mismo que buscar quien las cultive”.

Las grandes propiedades territoriales fueron adquiridas por medio de concesiones y bonos territoriales, que López llama “papel sellado”, localizadas “en parajes de buenas perspectivas de valoración futuras”, no con el ánimo de trabajarlas, sino con el ánimo de “excluir a los verdaderos colonizadores”, a la espera de que “estos valoricen las tierras adyacentes por medio de la apertura de caminos, siembras y habitaciones numerosas”.

La otra forma de apropiación de las tierras fue, y sigue siendo, la del hacha del colono. Estas dos formas de apropiación entablaban un conflicto, que López llama “una lucha sorda entre el papel sellado y el hacha; entre la posesión efectiva de este y la simplemente excluyente de aquel”, que fue la situación que Mon y Velarde encontró en Antioquia y trató de resolver, pero que todavía está pendiente.

A mediados de siglo XIX, con la expansión poblacional de Antioquia, que venía tomando fuerza desde finales del siglo XVIII, en un territorio que cada vez era menos capaz de absorberla productivamente, fue emigrando hacia el sur, en una “irrupción en masa que ocupó y colonizó la rica región, de subsuelo volcánico, que hoy forma el departamento de Caldas”, y que más tarde correspondería a los departamento de Caldas, Risaralda y Quindío, así como el norte del Tolima, el norte del Valle y el flanco occidental de la Cordillera Central.

Los campesinos que emprendieron esta colonización “no iban a comprar tierras; iban a ocuparlas, la mayoría de las veces arrebatándolas al poseedor excluyente. La ley no los protegía. (…) El movimiento de invasión fue un fenómenos netamente agrario; tierras ricas y sin propietario que las defendiesen de la insatisfecha ambición de poseer tierras”.

Esta colonización tuvo como centro el cultivo del café, “que es la planta por excelencia adecuada al pegujal, al trabajo en pequeño, pero independiente. (…) El café prospera en tierras de clima medio, más propicias para la vida normal de la familia y el desarrollo de la población. Es, finalmente, una planta que se presta al cultivo intenso, más capaz de absorber trabajo que resulte bien remunerado”.

El otro tipo de ocupación de la tierra, en la gran hacienda terrateniente, era la ganadería, que tenía como cultivo básico el pasto de pará, cultivo extensivo que emplea poca fuerza de trabajo, en oposición al café. “Mientras que un vaquero, remunerado usualmente al jornal, cuida y maneja varias docenas de reses que están ocupando otras tantas docenas de fanegadas, una familia entera de campesinos vive holgada e independiente de la explotación de una hectárea de cafetos.”

La proeza colonizadora no fue uniforme. En su marcha dejó muchos claros de bosque primitivo, en tierras que resultaron ser las mejores, las del suroeste, especialmente aquellas del río Cauca. “La famosa hacha antioqueña respetó esas tierras, atemorizada por el papel sellado o por el revólver, hasta que un día intervino el pasto de engorde en la contienda por la posesión de ellas, al amparo de fletes menos altos para el transporte de ganados que se conducen hacia el interior.”

La vía campesina de la pequeña propiedad agraria cafetera, democrática, tanto en términos de propiedad como por la distribución de los ingresos, que permitió el asentamiento y desarrollo de la industria en Antioquia, y cuyos efectos se irrigaron por todo el país, se vio limitada por la propiedad terrateniente, de poca inversión y poca mano de obra, concentradora del ingreso y del poder local y nacional, y, en definitiva, se impuso como la vía colombiana de desarrollo agrario, provocando gran parte de la violencia que aún padecemos.

Guillermo Maya

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