Un país sin vergüenza

Un país sin vergüenza

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04 de noviembre 2013 , 06:14 p.m.

Un cambio que marcó el final de la Edad Media y el arribo del Renacimiento fue el paso de los códigos de caballería a los comportamientos propios de la civilidad. Para la cultura medieval, en palabras de Sennett, la pelea física y los juramentos violentos eran una parte normal de la vida cotidiana. Otra característica de la caballería era la facilidad con que se ofendían los caballeros. Por muy cristianos que fueran, si se sentían insultados, no se les ocurría poner la otra mejilla, sino que ardían en el deseo de vengarse para restaurar su honor sin reparar en los medios.

Con el paso del tiempo y el declinar de estas costumbres, van apareciendo modelos de relación social caracterizados por las buenas maneras. Eso implicaba el autocontrol y la adopción de rituales que permitieron la construcción de formas de civilidad diferentes, propicias para la cooperación y la resolución de conflictos entre particulares, instituciones y Estados, sin necesidad de recurrir a la guerra.

En este contexto adquiere una gran significación el sentimiento de la vergüenza, del cual se ocupa Elias en El proceso de la civilización. La civilidad se opone a la espontaneidad. El autocontrol que permite comportarse de manera civilizada implica pensar antes de actuar, actuar de manera adecuada y hablar sin expresar y provocar la agresividad. El autor distingue la vergüenza de la culpa: la primera surge cuando no nos comportamos a la altura de las circunstancias; la segunda, cuando se comete un delito o una transgresión. La instalación de estos sentimientos de respeto frente a los demás y a la propia dignidad se refleja también en la vida privada bajo esa protección de la intimidad que se manifiesta en el pudor.

Las formas y rituales sociales construyen un ser humano mejor que el patán buscapleitos, vengativo y descontrolado en su vocabulario, sus modales y sus actos del medioevo, y son fundamentales en la construcción de una sociedad en la cual es necesario transar continuamente muchos intereses en conflicto.

Un país sin vergüenza es un país que no logra salir del ámbito de lo salvaje. El nuestro, por desgracia, padece de ese mal. A nadie le da vergüenza nada. Pero tampoco parece que la culpa roce a los ciudadanos. Quien se pasa un semáforo en rojo y atropella a unas personas no muestra vergüenza ni culpa. Asesinos y delincuentes terminan narrando sus fechorías sin inmutarse. Esta guerra en la que participan campesinos, gentes humildes y encumbrados dirigentes, ha tenido entre sus más perversas motivaciones las venganzas personales: mato porque mataron a mi familia, hago política para matar a los que mataron a mi padre, aspiro a ser presidente para vengar alguna rencilla familiar… Así, se aúnan en una misma motivación guerrilleros, paramilitares, gobernantes, candidatos. Y a ninguno le da vergüenza.

No tienen vergüenza los altos jueces, ni los contratistas de los ‘carruseles’, ni los alcaldes que justifican sus faltas e incapacidades, ni los legisladores corruptos. Tampoco experimentan culpa: por eso vivimos en un país en el que nadie pide disculpas. Los empresarios inescrupulosos tienen abogados que tapan sus fechorías, los políticos se insultan con los más agresivos epítetos, se emborrachan y manejan vehículos oficiales… y nadie muestra una pizca de vergüenza.

Además, todo se hace sin pudor, sin entender que la dignidad personal riñe con vender un voto, con comprarlo, con retratarse empelota después de participar en un fraude de Estado, con robarse los recursos públicos.

En Japón se suicidaban. Nosotros estamos llenos de sinvergüenzas con aspiraciones de poder. Y cuando por fin pareciera que hay un diálogo para pactar un cambio de rumbo a una eterna guerra de bárbaros, aparece la jauría de adoradores de la locura.

Francisco Cajiao
fcajiao11@gmail.com

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