Las semillas escondidas de la violencia

Las semillas escondidas de la violencia

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03 de noviembre 2013 , 06:52 p.m.

Los fanáticos, en general, se ven a sí mismos como personas imparciales y razonables, y tienden a considerar que los intolerantes son los demás. Para los fanáticos sus dogmas son la doctrina auténtica y sus profetas, los mensajeros legítimos de la verdad revelada. Sus libros sagrados –sea el Nuevo Testamento, la Tora, el Corán o el Capital– son instrumentos de prueba científica y su contenido debe defenderse de los herejes, cuando no imponerse a los infieles.

Las creencias toman posesión de nuestra cabeza de diversas maneras. Las culturas donde se desenvuelve nuestra vida hasta la adolescencia son el motor principal de la fe incondicional. Las creencias también nos invaden a través de experiencias insólitas (rituales esotéricos, trances místicos, revelaciones inducidas) o cuando nos suceden eventos ‘milagrosos’ (curaciones asombrosas, momentos de suerte, beneficios inesperados).

Los conocimientos y las creencias, una vez codificados en la corteza cerebral, definen las premisas sobre las cuales se fundamentan nuestros razonamientos. J. Krishnamurti, el filósofo hindú, va más allá cuando expresa que “los pensamientos crean al pensador, quien se autoasigna un sentido de identidad permanente; son los pensamientos los que definen al pensador y no al contrario” (como normalmente consideramos).

Si las premisas básicas de una estructura mental están erradas (por ejemplo, la Tierra es plana), las conclusiones tomarán rumbos inesperados. (Los marineros antiguos creían que al final del océano Atlántico estaba el mar de los Sargazos, donde los barcos vagarían por toda la eternidad, enredados en algas marinas).

Como las creencias dogmáticas no provienen de la razón, no es posible modificarlas mediante la lógica. “Con razonamientos no es posible sacar a alguien de una posición a la que llegó irracionalmente”, escribió el escritor irlandés Jonathan Swift. En los casos extremos, ni siquiera las demostraciones de la ciencia convencen a los creyentes de su error. Según una encuesta Gallup del 2012, a manera de ejemplo, cuarenta y seis por ciento de los norteamericanos creen que Dios hizo al hombre en su forma actual hace unos seis mil años, y apenas quince por ciento aceptan que los humanos somos el resultado de una evolución de millones de años a partir de especies inferiores de vida.

¿Y qué tiene que ver ‘El Capital’ con libros sagrados?, se estarán preguntando algunos. Con religión, poco; con creencias, muchísimo. Las ideologías utilizan los mismos mecanismos mentales de la fe y sus consecuencias son similares. “Después de que acepté el marxismo como la interpretación correcta de la historia, se acabaron para mí todas las dudas”, escribió Mao Zedong, el máximo dirigente de la China comunista entre 1949 y 1976. Sus creencias ‘infalibles’ llevaron al líder chino a la implantación de acciones políticas que causaron más de diez millones de muertes.

La fe ciega en cualquier creencia nos trastorna de tal forma nuestro entendimiento que nos ‘autorizamos’ para interpretar a nuestro gusto los dogmas originales y así justificar cualquier conducta, incluidas las más violentas. La fuerza se vuelve legítima con tal de favorecer la propagación de la ‘verdad’.

En una columna reciente elogié la obra de algún ateo bondadoso que fue asesinado por su enfrentamiento con el fetichismo en la India. La simpatía de mi artículo con las campañas contra la superstición y los mensajes favorables al ateísmo de algunos lectores enfurecieron a un fervoroso creyente: “En este escrito y en muchos de sus comentarios”, anotó, “andan todos los demonios tratando de diseminar sus odios, con el alma envenenada en sus vidas”. Y agregó: “Esta conducta los hace automáticamente merecedores de los mismísimos infiernos por toda la eternidad”. (No todos los lectores creyentes son agresivos; muchos, según su expresión, tienen a este columnista en sus bienintencionadas oraciones).

Es fácil reconstruir los pensamientos que armaron la infraestructura mental del furioso lector, seguramente una persona instruida. Quien se atreva a discrepar de sus convicciones está condenado al fuego extremista de la próxima vida, una especie de equivalente a las bombas incendiarias del islamismo o de las Farc que fanáticos similares detonan en su existencia actual para imponer sus dogmas. ¿No es el iracundo crítico un excelente ejemplo de la semilla de violencia que yace escondida en todas las creencias irracionales?

Gustavo Estrada
Autor de ‘Hacia el Buda desde el Occidente’
www.harmonypresent.com

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