Marmaray, el primer túnel que une a Asia con Europa

Marmaray, el primer túnel que une a Asia con Europa

Con este corredor, Estambul le da forma a un sueño de más de 150 años.

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02 de noviembre 2013 , 08:51 p. m.

Turquía intenta ganarse un lugar en el mundo como nexo entre Europa y Asia. Estambul, la ciudad puente, la antigua Bizancio y Constantinopla, unirá bajo el mar sus orillas europea y asiática.

El gobierno turco inauguró el martes pasado el primer túnel ferroviario bajo el estrecho del Bósforo, y eligió para hacerlo el mismo día que la república turca fundada por Mustafá Kemal Ataturk, surgida de las cenizas del Imperio Otomano desmembrado tras la Primera Guerra Mundial, cumplía 90 años.

El túnel, bautizado Marmaray, tiene 14 kilómetros, de los que 1.400 metros están sumergidos, a casi 60 metros de profundidad. Para construir la monumental obra no se ha perforado el fondo marino, sino que se ubicaron sobre este gigantescos módulos que se han reforzado con acero y cubierto con hormigón.

Por ahora, la obra es solo para el paso del metro de la megaurbe turca, que ya tiene 15 millones de habitantes. Los trenes recorren el tramo intercontinental en cuatro minutos. En 2015 se permitirá el paso de trenes y se completará con una vía rápida para vehículos. Se calcula que diariamente podrán cruzar por el Marmaray casi un millón de personas.

¿‘Megalomanía’ o necesidad?

Aunque ya se oyen críticas de quienes acusan al gobierno de haber inaugurado una obra sin que estén operativos todos los sistemas de seguridad, las autoridades turcas aseguran que Marmaray está preparado para resistir terremotos de hasta 9 grados en la escala de Richter, medida necesaria en una región caracterizada por la fuerte actividad sísmica.

El túnel es una de las grandes obras de un megaproyecto lanzado por la administración del primer ministro Recep Tayyp Erdogan, que incluye un tercer aeropuerto para la ciudad –que se anuncia será el mayor del mundo–, un canal navegable de 45 kilómetros paralelo al Bósforo y un tercer puente sobre el estrecho.

La obra se completa con una mezquita inmensa que, según sus promotores, deberá verse desde toda la ciudad y sería mayor, incluso, que la monumental Santa Sofía, de Constantinopla.

Los críticos de Erdogan dicen que estos proyectos pueden aumentar en 130.000 millones de euros la deuda pública turca. Además alegan que estos proyectos no tienen utilidad pública, que son dañinos para el medioambiente y que en el fondo solo buscan colmar la “megalomanía” del líder turco.

Tan pronto como se inauguró surgieron nuevas preocupaciones: tras un apagón de diez minutos el día de la inauguración, el diario Bir Gün aseguró que el nuevo sistema de trenes depende para su funcionamiento del limitado suministro de energía del alicaído sistema eléctrico de Estambul. Según ese diagnóstico, la red urbana opera con una potencia total de 34.500 voltios, de los que unos apabullantes 25.000 voltios se tienen que dedicar a poner a andar el moderno sistema.

El consorcio turcoespañol responsable del metro desmintió ese dato y señaló que “es imposible conectar un sistema ferroviario” a la red urbana.

De completarse según lo planeado, estas obras atraerán aún más población a una ciudad saturada, pero que crece económicamente. Sin embargo, su financiación pondrá en aprietos la economía de un país que en los últimos años ha visto devaluarse su moneda, la lira turca, y que necesita fuertes tasas de financiación exterior.

Desde 2003, año en que Erdogan llegó al poder, Turquía ha construido, según anunció el martes el primer ministro, 17.000 kilómetros de carreteras y 20 aeropuertos. Es un salto en infraestructuras que pretende convertir al país en punto de paso obligado entre Europa y Asia.

La primera idea para la construcción del túnel fue del sultán otomano Abdulmedjid, en 1860, pero la técnica de la época no lo permitió. En 1891 se presentaron tres proyectos de arquitectos franceses, británicos y estadounidenses, pero quedaron aparcados.

En los años 90 del pasado siglo XX se retomó el proyecto, pero Turquía no encontró los fondos. Con la ayuda financiera del Banco Japonés de Cooperación Internacional y del Banco Europeo de Inversiones se terminó una obra que empezó en 2004 y que se construyó por un consorcio de empresas turcas y japonesas por 3.000 millones de euros. Las obras tenían que haber acabado en 2008, pero se retrasaron por varios descubrimientos arqueológicos.

Durante la inauguración, Erdogan declaró que “Marmaray, un sueño durante 150 años, se ha convertido finalmente en realidad”.

El primer ministro, quien dijo que se trata de nada menos que “una obra maestra de la arquitectura y la ingeniería”, añadió que “Marmaray es un proyecto de paz y de solidaridad que podría unir Pekín a Londres”.

IDAFE MARTÍN PÉREZ
Para EL TIEMPO
Bruselas

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