La lengua en que vivimos

La lengua en que vivimos

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02 de noviembre 2013 , 07:11 p.m.

Centroamérica fue el escenario del Congreso Internacional de la Lengua, que tuvo por tema central ‘El español en el libro’, en tiempos en que la tecnología digital afecta cada vez más no solo las maneras de leer y de escribir, sino también de percibir el mundo y, por tanto, de vivir la cultura.

Y Centroamérica es una tierra fundada por los libros. El nicaragüense José Coronel Urtecho señala que hay una obra de valor universal por cada período de la historia de Centroamérica: el Popol Vuh, el libro sagrado del pueblo quiché, en la época precolombina; la Verdadera relación, de Bernal Díaz del Castillo, en la época de la conquista; la Rusticatio Mexicana, de Rafael Landívar, en la época colonial, y la poesía de Rubén Darío en la época independiente. Agreguemos a esa lista las novelas de Miguel Ángel Asturias en el siglo XX.

Son libros que cuentan la historia como un gran mural en movimiento, y relatan la disputa trascendente entre la opresión y la libertad, la muerte, la guerra, el despojo, el exilio, y registran las maneras en que se ha formado nuestra cultura desde las civilizaciones prehispánicas, y cómo la lengua y sus transformaciones e invenciones van tejiendo esa red que nos impide caer en el vacío, porque no pocas veces hemos sido salvados por la palabra de la mediocridad y del olvido.

Pero estos libros que definen a Centroamérica también nos llevan, desde la lengua quiché en que, desde el anonimato, nos fue heredado el Popol Vuh, el latín clásico en que fue escrita la Rusticatio Mexicana por un jesuita exiliado en Bolonia, y el español del Siglo de Oro De Bernal, soldado de la conquista, hasta la virtud transformadora de la lengua, encarnada en Rubén Darío, modernista y modernísimo, que aún sigue abriendo puertas en el idioma como se las abrió a Neruda, a Vallejo, a García Lorca, a Borges. Con Rubén ganamos en la cultura el espacio de libertad que el caudillismo cerril nos negaba en aquel paisaje rural, desangrado por las guerras, poblado de analfabetos y donde medraban los “licenciados confianzudos, o ceremoniosos, y suficientes, los buenos coroneles negros e indios, las viejas comadres de antaño...”, según recuerda él mismo. Comenzamos a ser modernos en la literatura cuando seguíamos siendo arcaicos en el sistema democrático.

A la lista de libros fundadores que iluminan a Centroamérica bien pudo haberse agregado el Quijote, para que señoreara entre ellos, si es que Felipe II hubiese atendido la petición de Cervantes “de hacerle merced de un oficio en las Indias de los tres a cuatro que al presente están vacantes que es uno la contaduría del Nuevo Reino de Granada, o la Gobernación de la Provincia de Soconusco en Guatemala, contador de las galeras de Cartagena, o corregidor de la ciudad de la Paz”. El cargo que pedía en Soconusco, una tierra pobre de la Capitanía General de Guatemala, era el más humilde y desprovisto de todos; pero ni en ese tuvo fortuna, y se le respondió que mejor buscara una posición por aquellos mismos lados, la Mancha, que, de todos modos, llegaría a ser un territorio común de la lengua de aquí y de allá, como dejó dicho Carlos Fuentes. De haberse escrito el Quijote en América hubiera sido fruto de la añoranza por la tierra lejana de Castilla, como lo fue la Rusticatio Mexicana para Landívar por la tierra americana.

Cervantes fue quien nos heredó esa lengua que habita hoy las pantallas y tabletas electrónicas, lengua portátil que aguarda en las infinitas bibliotecas virtuales que ya estaban en la imaginación de Borges, y crea nuevos códigos, se nutre del lenguaje digital y de los nuevos paradigmas de la comunicación, se apropia con brillo de los neologismos y se abre a hibridaciones cada vez más sorprendentes. Una lengua que es ya del futuro. La lengua siempre viva de la imaginación.

Sergio Ramírez
www.sergioramirez.com

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