Cuando la poesía provocaba guerras

Cuando la poesía provocaba guerras

En Lecturas Dominicales estallaron algunas de las más agitadas polémicas literarias del siglo XX.

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31 de octubre 2013 , 06:23 p.m.

Entre las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX se produjeron por lo menos tres grandes polémicas literarias en Colombia.

La primera, según la excelente Historia de la crítica literaria colombiana, de David Jiménez, surgió del artículo Núñez, poeta, de Baldomero Sanín Cano. Desató la segunda un enconado ataque de Juan Lozano y Lozano contra los poetas del movimiento Piedra y cielo. La tercera tuvo como origen una nota crítica de Eduardo Carranza sobre la poesía del maestro Guillermo Valencia, que equivalía a darle una cachetada a papá.

Dos de ellas –la de Lozano y la de Carranza– aparecieron en Lecturas Dominicales de EL TIEMPO, el suplemento literario que cumple cien años, y de cual fue asiduo y notable colaborador Sanín Cano, autor de la primera.

Núñez, poeta, apareció en abril de 1888 en el periódico bogotano La Sanción y constituye un juicio a los poetas colombianos del siglo XIX y su proclividad a considerar la poesía como instrumento al servicio de ideas religiosas y políticas. El artículo esboza las bases del modernismo, esto es, la autonomía del arte frente a otras fuerzas o disciplinas. “La poesía –sintetiza Jiménez– no debe ponerse al servicio de ningún poder, de ninguna doctrina, de nada distinto a la poesía misma”.

Un siglo y cuarto después, sigue vigente esta consideración, a pesar de que la posterior idea socialista del arte se inspiraba en los mismos principios de las religiones y del Partido Conservador, al que se deslizó Núñez con sus versos.

Bardos e idolatría

No solo Núñez ardió en la hoguera que encendió el artículo de Sanín Cano: casi todos los poetas románticos y seudoclásicos precedentes fueron objeto de sus ataques. En cambio, flotó por encima de todos, incólume, como fabricado en asbesto, el maestro Guillermo Valencia, por quien don Baldomero sentía –como les ocurría entonces a muchos colombianos– algo cercano a la veneración.

Eduardo Carranza encarnaba la posición opuesta, y en este punto me veo obligado a saltarme por un momento a Lozano y Lozano y caer unos meses más adelante.

Carranza y sus amigos vanguardistas habían irrumpido con la fuerza de una pedrada en el cielo de vidrio de la poesía nacional. Tenía el poeta llanero 28 años cuando publicó, el 13 de julio en Lecturas Dominicales, una irreverente crítica de la poesía de Guillermo Valencia titulada Bardolatría. Aludía en ella a una peligrosa enfermedad: en general, la veneración por determinados poetas y la actitud de semidioses de los alabados y, en particular, la delirante admiración de Sanín Cano por Valencia.

LD se apresuró a lavarse las manos en el crimen de leso poeticidio. “La dirección de este Suplemento –advirtió– no comparte ninguno de los conceptos emitidos en este escrito en relación a (sic) los ilustres maestros Baldomero Sanín Cano y Guillermo Valencia”. Aducía enseguida que lo difundía “en gracia de polémica” y por ser su autor un distinguido colaborador de la revista.

No le faltaba razón: ha sido quizás el artículo más polémico en la historia de la publicación. En él, Carranza se quejaba por “el diluvio de alabanzas” que llovía desde 40 años antes sobre la poesía de Valencia, “el Príncipe de la Poesía Castellana”... “el artífice supremo y genial del verso”. Acusaba luego a Sanín Cano de ser el corifeo mayor de la sinfonía de loas e irónicamente observaba que, en sus textos sobre el hidalgo caucano, el maestro antioqueño “se olvidó de incluir a Shakespeare entre los pares de Valencia, al lado de Lucrecio, Dante y Goethe”.

Su alegato, en síntesis, afirmaba que la poesía de Valencia era “de nítidos contornos, de líneas secas, de gran aparato verbal”, pero le faltaba “una tercera dimensión de profundidad y una cuarta dimensión de misterio”. Era un anuncio de las nuevas sensibilidades poéticas que empezaban a palpitar en Colombia.

‘Galimatías piedracielistas’

Gloria Serpa de De Francisco, biógrafa de Carranza, señala que los conceptos críticos de este artículo “revolucionarios para la época suscitaron una larga polémica que dio mucho que hablar” y el término ‘bardolatría’ se incorporó al léxico de la crítica literaria nacional.

El 25 de febrero de 1940 –y aquí regreso un año y medio en el almanaque–, Carranza ya había recibido duros ataques en esas mismas páginas, cuando Lozano y Lozano se refirió a él y a sus compañeros de movimiento (Jorge Rojas, Arturo Camacho Ramírez, Aurelio Arturo, Carlos Martín, Antonio Llanos y algunos más) como unos “mozos de noble talento” cuya obra poética es “un galimatías de confusión palabrera” donde “no hay nada de original, de estable, de duradero”.

En los campos de papel de Lecturas Dominicales se libraron, pues, las batallas del modernismo contra los románticos, los vanguardistas contra el modernismo y los románticos y neoclásicos de la hora nona contra los vanguardistas. La mayoría de los combatientes eran, simultáneamente, críticos y poetas, con lo cual un domingo publicaban sus sonetos y al siguiente analizaban los de sus colegas. No era este el caso, sin embargo, de Sanín Cano ni de Hernando Téllez, el gran periodista y ensayista bogotano que más tarde dirigió LD.

Revista de revistas

Estas cosas ocurrían, evidentemente, en otra Colombia, donde abundaban las revistas culturales, así tuvieran vida efímera y reflejaran sin remedio la mediocridad imperante.

Una lista incompleta de las que, como LD, se dedicaban a divulgar la creación literaria y fomentar la polémica se remonta al primer cuarto del siglo XIX, con La Miscelánea (1825) y abarca, entre otros títulos, El Mosaico, La Estrella Nacional, El Observador, El Neogranadino, El Albor Literario, La Ilustración, El Alacrán, El Romancero Colombiano, Biblioteca de Señoritas, La Lira Nueva, Gris, Trofeos, Alpha, Revista Contemporánea, La Crónica, El Rayo X, El Montañés, Revista Literaria, El Gráfico, Cromos...

Más tarde se dieron a conocer, entre otras, El Porvenir, El Telegrama, El Trabajo, Revista de América, Revista de Indias, Repertorio Selecto, Panida, Voces, Mito, Eco, Magazín de El Espectador, Boletín de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Letras Nacionales, El Aleph y La Movida Literaria, hasta llegar a las actuales publicaciones universitarias especializadas El Malpensante y Arcadia.

Cuando nació Lecturas Dominicales hace un siglo no se llamaba así, sino Lecturas Populares. Hoy tampoco se llama como se llamó, sino apenas Lecturas. Ya no solo comprende poesía, narrativa, libros y crítica, como antes. El concepto de cultura se ha ampliado en el mundo entero, y también en el menú temático de la más antigua publicación de su género que perdura en Colombia. En sus páginas aparecen ahora asuntos relacionados con historia, filosofía, artes plásticas, gramática, fotografía, cine, televisión, radio, medios electrónicos, deportes y música popular, desde el rock hasta el vallenato.

Ya no hay, ni en LD ni en ninguna otra revista literaria, esas grandes polémicas que movilizaban la opinión de numerosos autores y columnistas y producían metástasis en la prensa cotidiana de casi todo el país. Digamos la verdad: como están las cosas, pocos lectores saben ya quiénes eran Baldomero Sanín Cano, Guillermo Valencia, Eduardo Carranza, Juan Lozano y Lozano y Hernando Téllez.

En cuanto a aquel término que conmovió las imprentas hace setenta años, en algunos medios ha sido reemplazado por el auge de lo vulgar, lo trivial y lo chabacano. Vivimos ahora la era de la ‘burdolatría’.

Edición de los 100 años

Roberto Pombo, director de EL TIEMPO, presenta el domingo la edición en que LECTURAS, suplemento de este diario, conmemora cien años, a partir del 1.° de noviembre de 1913, fundado y dirigido por el entonces director y propietario del periódico, el expresidente Eduardo Santos. El Director anota que “su contenido ha representado un registro precioso de la mentalidad nacional y ha contribuido enormemente al prestigio y autoridad del periódico”.

A su vez, dos exdirectores de LECTURAS recuerdan su experiencia al frente de la publicación: el exministro y exembajador Jaime Posada, presidente de la Academia de la Lengua y Director del Colegio Máximo de Academias, y Enrique Santos Calderón, quien fue también Director de EL TIEMPO y presidente de la Sociedad Interamericana de Prensa.

Dos notas recuerdan la lista ilustre de colaboradores nacionales y extranjeros en el transcurso centenario del suplemento, que con diversas presentaciones y nombres ha seguido la tradición de la prensa mundial y nacional de este tipo de publicaciones culturales, como lo subrayan testimonios de distintas personalidades y lo ha mostrado la reproducción a lo largo de este año de artículos de su archivo sobre hitos de la cultura, en esta edición la publicación en 1930 del manifiesto del movimiento Bachué, que siguiendo el ejemplo del muralismo mexicano reclamó la expresión de la tradición nacional en la plástica.

Habitualmente semanal y ahora esta revista mensual, LECTURAS trae en esta edición secciones habituales de libros, música, cine, otra constante de su trayectoria, blogs, corrección del lenguaje y notas de actualidad.

DANIEL SAMPER PIZANO

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