La ciudad del ruido

La ciudad del ruido

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31 de octubre 2013 , 05:41 p.m.

Sería interesante averiguar a quién se le ocurrió ponerle a la capital colombiana el nombre de Bogotá, derivado del chibcha Bacatá, que según las gramáticas de Vicente Restrepo, Ezequiel Uricoechea y otros lingüistas quiere decir “silencio y placidez”.

Bogotá, o Bacatá, en honor a la realidad debería llamarse ‘Estridencia D. C.’. Así lo señaló en su visita de 1947 el famoso urbanista Le Corbusier. A las pocas horas de instalado en el Hotel Granada declaró a la prensa que Bogotá era la ciudad más ruidosa que había conocido, “una verdadera estridencia”. No entendía cómo sus habitantes no estaban con sordera aguda.

Claro que los bogotanos sí estamos sordos. De otra manera no se explica que soportemos estoicos la ferocidad de los volúmenes que hacen de nuestra capital la ciudad más ruidosa del mundo; pero más sordas que los habitantes son las autoridades de la ciudad. No solo no oyen los reclamos de la ciudadanía, sino que contribuyen con esmerada negligencia al fomento del ruido.

‘El Espectador’ de ayer (página 8) trae, sobre los padecimientos de un sector del Norte, un informe que comienza: “El desorden por las ventas informales, consumo de licor en el espacio público y el exceso de ruido durante todo el día son algunos de los dolores de cabeza con los que han tenido que lidiar los vecinos de la carrera 14 entre calles 82 y 85 por cuenta de los bares y prostíbulos que han proliferado en el sector”.

La queja de los vecinos de ese sector es más que justa; pero el problema no es solo de la 82 a la 84. Es toda la ciudad. Quizá por efecto de la célebre “mezcla de usos” que se ingenió el inoficioso secretario de Planeación del Distrito, o por alcahuetería consuetudinaria de las autoridades, no hay barrio de la capital que no deba soportar un ruidaje infernal que emiten los bares y las chicherías, a toda hora, y en especial de las nueve de la noche en adelante, de jueves a sábados. De milagro descansan los domingos.

¿Qué hace al respecto, por ejemplo, la fantasmal Secretaría del Medio Ambiente? No mueve un dedo. Los funcionarios de esa Secretaría creen que su deber es proteger a los causantes del ruido, y no a las víctimas. ¿Tiene razón de existir la Secretaría del Medio Ambiente? No sirve para ninguna de las funciones que nominalmente le están asignadas. No las cumple. ¿A fuer de qué tenemos los bogotanos que sostener esa burocracia costosa e inútil?

Las personas que residen en Estridencia D. C. (también llamada Bogotá o Bacatá) han perdido el derecho al descanso nocturno. Se les ha privado de algo tan necesario como disfrutar de un sueño tranquilo y sosegado que les permita mantener el buen uso de sus facultades mentales y físicas.

Como las autoridades gozan de una conveniente sordera, no oyen el ruido de los bares donde, aparte de música que supera los setenta decibeles, se emiten los chillidos de los clientes, que salen a la calle a gritar, borrachos o drogados, y a protagonizar escándalos, riñas y otros espectáculos amenos.

Muy poco puede hacer la Policía al respecto. Cuando los agentes, llamados con insistencia por los vecinos que suplican su auxilio, llegan al lugar del ruido (que va in crescendo a medida que avanza la noche y el consumo de las drogas excita al estruendo) se encuentran con que en la fiesta hay ilustres personajes, intocables.

Pobre ciudad Estridencia, tan mal administrada por autoridades que, sean de derecha o de izquierda, no dan pie con bola. Se someten humildes a lo que ordenen los dueños de los prostíbulos, de las casas de juego, de los bares, los transportadores, los urbanizadores y los contratistas. Los únicos que no tienen voz en la administración son los ciudadanos. Será que no hacen suficiente ruido y por eso no los escuchan.

Enrique Santos Molano

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