Cultura delincuencial

Cultura delincuencial

Explicación desde el psicoanálisis al comportamiento antisocial.

30 de octubre 2013 , 10:52 p.m.

Un amigo me preguntaba a raíz de noticias actuales, cómo el psicoanálisis podría explicar el porqué de esa explosión inatajable de manifestaciones delincuenciales tales como corrupción, delincuencia en las clases altas, vandalismo, atracos, es decir, delitos pertenecientes a las diversas clases sociales, amén de las bandas criminales y guerrilla.

Todas son manifestaciones, llamadas por la psicopatología ‘psicopáticas’, que cuando son repetitivas y abarcan varias capas sociales generan lo que se ha llamado: “cultura psicopática o delincuencial” (entendiendo como cultura el sistema de valores de un conglomerado social), teniendo en cuenta que en toda sociedad existe la delincuencia, pero no todas las sociedades están avasalladas por esta clase de cultura.

El pícaro, el astuto violador de normas, el aprovechado, el del éxito económico fácil, puede ser envidiado y catalogado socialmente como un ‘ganador’ y el que no lo es, se le percibe como ‘perdedor’. Este es un ejemplo de cómo una sociedad se puede volver favorecedora de la “cultura psicopática”.

Manifestaciones delincuenciales se observan en todas las capas sociales. En las altas por ejemplo, con los cuantiosos casosde corrupción, los numerosos políticos delincuentes y los de ‘cuello blanco’, son comportamientos en que la voracidad económica ha generado una epidemia incontenible. Tal voracidad por el dinero aparentemente es un incentivo de progreso social, pero en realidad se convierte en un impulso que nunca se sacia, lo que conduce a buscar cualquier medio, incluyendo el delito, para alcanzarlo.

Lo anterior hace pensar en si estamos frente a un nuevo ‘becerro de oro’, en que la sociedad está dominada por la creencia mágica en que el dinero es algo que proporciona una sensación de poder sin límites llevando al individuo a sentirse un semidiós, en otras palabras, la ansiedad por el dinero se torna en una religión, se le adora como a un dios y a sus ‘oficiantes’ se les idealiza. Este sentimiento omnipotente evidencia otra expresión psicopatológica llamada “narcisismo maligno”, que a la larga genera no solo destrucción social sino la del propio individuo, como lo ejemplifican los delincuentes que terminan asesinados, o entre rejas en el mejor de los casos, y de paso destruyendo sus familias.

En el otro extremo social, por ejemplo, el vandalismo y los atracos, son expresiones delictivas acordes a su nivel cultural, pero con la misma causa psicológica de las clases altas: son personalidades psicopáticas generadoras de una “cultura delincuencial”. El agravante de la clase dirigente que delinque es que sirve como modelo social y se convierte en instigadora de tal comportamiento.

De acuerdo al psicoanálisis, todo niño al nacer puede tener genes potenciales de psicosis, depresión, perversiones, psicopatías, que al ser favorecidos por un medio ambiente patológico, se desencadena la enfermedad. El niño dentro de una adecuada educación y cultura basadas en el buen ejemplo y las enseñanzas reflexivas, adquiere una sana moral. Los castigos físicos o las actitudes denigrantes, son totalmente contraproducentes, pues generan una moral fundamentada en el miedo y no en el convencimiento racional. Si por fallas en este desarrollo psicológico sano, bien sea de tipo familiar o ambiental, la moral no echa raíces en su personalidad, da por resultado que los gérmenes psicopáticos tomen fuerza y de esta forma se estructure en el individuo una “personalidad psicopática”, es decir, un delincuente. Esto sucede tanto en el de ‘cuello blanco’, en el político corrupto como en el atracador callejero o el vándalo destructor.

¿Cómo detener esta bola de nieve? Ante todo los educadores y los dirigentes sociales sin distingos, empezando por los padres de familia, son los que deben reflexionar sobre qué grado de responsabilidad les cabe en el ejemplo y enseñanzas que dan y qué han hecho para prevenir o detener esta epidemia en el medio al que pertenecen.

Finalmente dejé la siguiente pregunta a mi interlocutor: ¿qué tanto nuestra sociedad se ha podido volver cómplice silenciosa de una “cultura delincuencial”?

ALFONSO SÁNCHEZ MEDINA M.D.

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