La magdalena de Marcel

La magdalena de Marcel

Hace un siglo aparecía en París el primer tiraje -edición príncipe- de 'Por el camino de Swann'.

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30 de octubre 2013 , 10:45 p.m.

Proust estaba convencido de la importancia de su trabajo, pero no así la serie de casas editoriales que no quisieron aceptarlo; inclusive André Gide -de lo cual se arrepentiría el resto de su vida- se negó a recomendar el texto… Entonces, Proust decidió hacer la publicación por cuenta propia. Evidentemente se trataba de un género narrativo al cual el mundo no estaba acostumbrado: el tema de la obra era un viaje a través de la memoria, en busca del pasado, un recorrido a través de los laberintos del recuerdo. Proust emprende un trabajo descomunal que absorbería los últimos años de su vida y agotaría su existencia: se empeña en recobrar el tiempo perdido. A lo largo de 3 mil páginas nos introduce en una sociedad decadente, de la cual él se convierte en testigo. No juzga a nadie: solo observa y describe. Su singular talento le ayuda a detectar hasta los más ínfimos detalles del acontecer y su prodigiosa memoria le permite registrarlo.

En uno de los fragmentos más hermosos de la obra, relata el proceso de recuperación de un episodio correspondiente a su lejana infancia. Aunque suficientemente conocida de todos los devotos de Proust, trataré de recrear la escena de la magdalena, (pequeño bizcocho en forma de concha marina) que se ha convertido en un ícono de la memoria involuntaria… aquella que -gracias a un sabor, un olor, un sonido, una textura o una imagen- devuelve hechos del pasado, recuerdos ligados a los sentidos, un mecanismo ajeno a la voluntad. Marcel -el protagonista- siendo niño pasaba las vacaciones de Pascua en Combray, población cercana a Chartres, en la casa de su tía abuela -la tante Léonie-; los domingos, antes de la misa, Marcel entraba a la alcoba de su tía y ella le ofrecía una magdalena, remojada en té. Años después, una fría tarde de invierno, la madre del escritor le ofrece -también- una taza de té con una magdalena. Al saborearla él -sin saber por qué- se estremece de alegría. Descubre que debe buscar la explicación a esa euforia en el fondo de sí mismo y que nadie más puede ayudarle. De repente, como por obra de magia, reaparece el mundo de su niñez… las calles del pueblo, las flores del parque, las personas que constituían el círculo familiar, el campanario de la iglesia… Él comprende que todo lo que alguna vez ha vivido está en el fondo de su memoria y se entrega a la fascinante empresa de rescatarlo. Por ejemplo, cierto olor a barniz le recuerda el de la escalera de la casa de su tía: le trae su imagen, le revive la tristeza de su infancia cuando tenía que acostarse sin el beso de su madre, porque había -para la cena- un visitante, Monsieur Swann… Todo el drama de su existencia está implícito en esas noches de angustia. A tal punto el fenómeno del recuerdo vinculado a los sentidos interesa a los sicólogos que se ha denominado síndrome de Proust a este reflejo sensorial.

Dentro del volumen ‘Por el camino de Swann’está, como incrustada, una historia breve: ‘Un amor de Swann’. Entre otros artificios literarios, Proust ubica estos acontecimientos en una época en la cual el protagonista -Marcel- no había nacido. (Es la única parte que no está narrada en primera persona). Proust nunca dijo que el autor y el protagonista fueran la misma persona. Desde luego ‘En busca del tempo perdido’no es una autobiografía, pero es evidente que la ficción está tejida con los hilos de la realidad: todavía existen el pequeño lecho de Marcel y la escalera que lo conducía del comedor a la alcoba; aún están allí, en Illier-Combray, (es el nombre actual de la población) la iglesia con su pórtico en piedra y -en los alrededores- Tansonville, la hermosa propiedad de Monsieur Swann, está Montjouvain, la casa del músico Vinteuil con su ventana desde donde el niño tiene una primera visión del sadismo y los amores equívocos… y todavía podemos recorrer el sendero que conducía a la casa de Swann, en donde Marcel -siendo niño- escuchara por primera vez el nombre de Gilberte… Caminando por el parque, se oyen entre los árboles grabaciones correspondientes a ciertas descripciones de la novela, lo cual resulta absolutamente fascinante. Pasar unos días en Illiers-Combray es una fórmula perfecta para vagar en busca del tiempo perdido…

GLORIA NIETO DE ARIAS

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