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¡Alienígenas!, un cuento sobre una alocada invasión extraterrestre

¡Alienígenas!, un cuento sobre una alocada invasión extraterrestre

En el Día de los Niños o de las Brujas, Celso Román presenta una historia para la ocasión.

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Una de las muchas precauciones que se deben tener en este mes de octubre, está relacionada con la necesidad de estar atentos a las invasiones extraterrestres, pues ellos no desperdician la oportunidad de apoderarse de nuestro planeta. Las criaturas interplanetarias aprovechan la ocasión para mezclarse con las multitudes de niños que se transforman en hadas, duendes, vaqueros, bomberos, superhéroes, piratas, bomberos, dráculas, brujas, ogros, vampiros, criaturas del terror, y… ¡alienígenas!

Mis hermanos y yo fuimos testigos de uno de esos episodios durante una expedición de pesca nocturna al río Calandaima, que afortunadamente, y para suerte de la Tierra, culminó con la derrota de los invasores extraterrestres, gracias a los fieles perros Titán y Guaré –cuyo nombre significa ‘amigo’ en lengua wayú–.

–Les voy a enseñar a hacer una linterna de pesca–, nos dijo Lucho Tovar, el cuidandero de la finca El Caracolí, mostrándonos los materiales: un pedazo de alambre delgado, que él llamaba “alambre dulce”, una puntilla mediana, un martillo y un tarrito de lata mediano, como los de avena Quaker.

Cada uno tuvo que hacerle dos huequitos al tarro, uno arriba y otro abajo sobre la misma línea, para pasar el alambre y amarrarlo formando un asa, a manera de manija para sostener horizontalmente el tarrito. Luego, con el martillo y la puntilla le hicimos varios huecos en la base.

–Estos roticos son para que pase el aire y no se apague la llama que le vamos a poner para que ilumine por donde vamos –murmuraba mientras pegaba con parafina derretida un pedacito del cabito de vela cerca de la boca del tarro.

Cuando por fin llegó la noche, emprendimos camino rumbo al río, acompañados por los perros –Cúchito Titán, Cúchito Guaré–, y cada uno de nosotros con su linterna encendida, que manteníamos bajita, en perfecto silencio, mientras Lucho nos daba instrucciones:

–Hay que mirar con cuidado, porque los pescados duermen con los ojos abiertos, ¿No ven que ellos no tienen párpados como nosotros? Y además son mudos, los únicos que tienen voz son los chichudos, unos bagres pequeñitos, que cuando los sacan del agua roncan de la rabia –nos explicaba antes de iniciar la aventura, iluminando los remansos de la orilla.

Íbamos atentos a descifrar en el brillo del agua el cuerpo rechoncho de los dentones, que tienen mandíbulas fuertes y dientes afilados, como de perro chiquito, o la silueta estilizada de las mojarras, buscando sobre todo la que mi papá llamaba tintorera o “toro de río”, porque tiene colores lindísimos, como un arcoíris tornasolado en la cara, y una giba de grasa como la del ganado cebú.

Cuando localizábamos un pez, Lucho Tovar le daba un machetazo y lo echaba en la mochila, diciendo “para el caldo de mañana por la mañana”, y en eso estábamos cuando llegaron los extraterrestres.

El cielo se iluminó de repente y vimos nítidos los grandes caracolíes de la orilla del río, las altas palmas reales, las esbeltas matas de guadua, y hasta el chicalá florecido, lleno de pétalos amarillos que parecían de oro.

Era la luz de un platillo volador que giraba sobre nosotros, zumbando en círculo, con destellos de varios colores, hasta que se detuvo sobre un playón al otro lado del río.

Como previendo el peligro, Lucho Tovar susurró:

–Acurrúquense, apaguen las linternas, escondámonos entre las matas –y de inmediato nos ocultamos, paralizados del susto y abrazando los perros, que también estaban temblando de miedo.

Entonces se abrió una compuerta de la nave y salieron dos alienígenas de piel verde, flaquitos como niños desnutridos. “No se debían tomar toda la sopa”, diría después mi mamá. Balanceaban sus enormes cabezas de ojos almendrados, y fue cuando supimos a qué venían.

–Si queremos esclavizar este planeta, debemos disfrazarnos como sus habitantes –cuchicheó el que parecía ser el jefe, y extendió uno de sus tres dedos: emitió una luz verdosa que pasó por encima de nosotros y casi nos orinamos del pavor, pero, afortunadamente subió por el tronco del caracolí, al lado de donde estábamos, y se detuvo en una rama, donde brillaron dos ojos.

–¡Allá hay uno! El indicador molecular me dice que su especie lleva más de 500 millones de años sobre el planeta –exclamó el extraterrestre, diciendo que copiaría su forma para ir a espiar, y vimos cómo su cuerpo fue transformándose poco a poco hasta convertirse en un fara, el mismo chucho o rabipelado, la zarigüeya marsupial, tan odiada por los campesinos por robarse las gallinas.

El extraterrestre transformado se fue corriendo por el camino hacia la casa de la finca, mientras el otro se metía en la nave, cerraba la compuerta y se elevaba hacia las capas superiores de la atmósfera a la velocidad de la luz.

–¡Vámonos para la casa, el doctor Román, la señora Helenita y los niños están en peligro de ser esclavizados por los extraterrestres. ¡Hucha Titán!, ¡Hucha Guaré! Busquen el runcho –exclamó Lucho, sacándonos de la parálisis en que estábamos, y enviando a los perros tras el rastro del alienígena disfrazado.

Corrimos con el corazón palpitando, pensando en la tragedia que significaría la suplantación de nuestros padres por los seres espaciales.

Al llegar a la casa había un pequeño caos.

–¡Un runcho, un runcho!–gritaba Marina, la hija mayor de Lucho, blandiendo un garrote de guayacán contra el runcho extraterrestre, que se había encaramado en un naranjo, acosado por los perros Titán y Guaré.

–Voy a pegarle un tiro, porque ese desgraciado debe ser el que se me está tragando los gallos de pelea –gritaba mi papá, iluminándolo con la linterna puesta sobre la escopeta Winchester, y cuando estaba apuntándole al brillo de los ojos, fuimos cegados momentáneamente por el brillo del platillo volador que descendía sobre el naranjo y abría la compuerta para rescatar el runcho.

–¡Estos terrícolas son muy violentos! ¡Vámonos de este planeta! –exclamó el extraterrestre que recobraba su forma y trepaba cojeando por la plataforma, herido por los garrotazos que Marina le había propinado.

Pasado el peligro, juramos mantener este secreto. Hasta hoy, que lo revelo por ser octubre, y recordando las palabras de mi papá esa noche: “Si quieren invadirnos y jodernos de verdad, los extraterrestres tendrán que disfrazarse de políticos, ja, ja”.

Y tenía razón.

Celso Román

Escritor bogotano, con más de 30 libros publicados y galardonados, entre ellos “Los amigos del hombre”; “El Imperio de las cinco lunas” y “Las cosas de la casa”. Es subdirector de la Fundación Taller de la Tierra.

CELSO ROMÁN
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