Alfonso Prada, el político cantante que ama las motos

Alfonso Prada, el político cantante que ama las motos

El canto, la emoción de montar en moto y la academia, otras pasiones del representante a la Cámara.

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29 de octubre 2013 , 11:08 p.m.

Cuando dijo que tocaba guitarra y cantaba, fue difícil creerle. Luego, en el momento en que sacó el instrumento de cuerdas y se puso a afinarlo, surgió la duda: ¿será que es cierto? Y cuando comenzó a cantar Ojos azules llenó el ambiente de su apartamento, en el norte de Bogotá, con una sentida y afinada interpretación de esta canción clásica de la música andina, con la cual dio fe de su sensibilidad y su pasión por este bello género de los países por los que pasa la Cordillera de Los Andes. (Vea una galería de fotos de Alfonso Prada, entre guitarras, motos, clases y política)

Es el representante a la Cámara Alfonso Prada, expresidente del Partido Verde, y uno de los hombres más cercanos al presidente Juan Manuel Santos, quien en esta entrevista tocó guitarra, cantó, montó moto y dio clase a sus estudiantes de la Universidad Libre, en el centro de Bogotá.

La otra pasión es su moto. Con ella devora kilómetros y kilómetros de carreteras de la Sabana de Bogotá y Boyacá los fines de semana, a veces solo, a veces con un familiar.

“Soñé con comprarme una moto desde cuando estrené mi primer triciclo”, dice entre risas este bogotano, cuyos padres ya fallecieron, pero que vive, trabaja y lucha por la ilusión más grande de su vida: su hija Camila de 15 años, de quien se siente muy orgulloso.

En la Libre, el expresidente de los ‘verdes’ brilla con luz propia. Sus alumnos de derecho constitucional se sienten privilegiados por tener como profesor a uno de los protagonistas de los grandes temas del país. Y lo son, ya que Prada, entre clase y clase, da ‘chivas’ de hacia dónde va la política nacional, el único tema vedado en esta charla.

¿Cómo empezó su afición por la música?

Soy hijo de un educador y él procuraba equiparnos intelectual y culturalmente para la vida, entonces cuando llegábamos del colegio, con mis hermanas, a la una de la tarde almorzábamos y a las dos teníamos clase de guitarra. Después, a las 3:00, yo tenía clase de tiple y desde ese momento comencé a rasgar la guitarra, a los ocho años.

¿Qué le dejó esa experiencia de aprender a tocar tiple?

Me enseñó a querer la música colombiana. Se podría decir que lo que yo recibía era clase de tiple para música colombiana. Cuando entré al colegio Simón Rodríguez, que es un centro educativo para hijos de educadores, tenía dos actividades muy fuertes: el deporte, que en ese momento fue el voleibol, que era el deporte insignia de allí, y la música. Había, como en muchos colegios, estudiantina y desde que entré al colegio ingresé a la estudiantina y hacía mis presentaciones con ese grupo. Ya cuando estaba como en cuarto o quinto año de bachillerato escogí mi propia música, y la que me gusta es la andina y las baladas, son los dos géneros que me quedaron gustando para el resto de la vida.

¿Fue serenatero y enamoraba a las muchachas?

No mucho, era más el tema de la bohemia, irnos a tocar guitarra a las murgas estudiantiles. Además, siempre fui de novia estable.

¿Cómo era una reunión de esas?

Con guitarra y cerveza, y los sitios que frecuentábamos eran de eso: de música en vivo de guitarra y básicamente música andina. Éramos compañeros de colegio sentados en una sala hablando, en esa época, de las cosas que uno habla en el colegio: de los chistes, de las anécdotas, de la política también y comienza uno a hablar de los hechos del día y, de resto, era guitarra ‘ventiada’ y tocábamos, cantábamos y bailábamos.

¿Por qué no siguió el camino de la música?

Porque la compartí con la siguiente afición dura que fue el deporte. A los 14 años entrenaba con la selección juvenil de voleibol de Bogotá y terminé siendo seleccionado como parte del equipo. Competí en varios juegos nacionales y fui capitán de la selección. A mi hija le gusta mucho el voleibol y un día la llevé a la liga, porque yo quería que jugara allá, y me encontré con los profesores de la época y se acordaron de mí y cada vez que puedo jugar voleibol, juego. En el Concejo de Bogotá tenía equipo. Eso equilibró un poco el tema de la música porque entonces ya eran música y deporte. Cuando entré a la universidad, a los 16 años, debo tomar una decisión de vida y aquí ven cuál camino cogí, el del derecho, que es mi tercera pasión.

¿Esa faceta musical sigue en usted, sigue tocando guitarra?

Total. Soy como el payasito de la fiesta. Cuando me ven coger la guitarra y cantar la gente no me ubica mucho si no es el escenario de amigos de vieja data, pero cuando sí lo es, es normal que toquemos y cantemos.

Entre la música andina y las baladas, ¿qué grupos son sus favoritos?

Recuerdo mucho que no me perdía un concierto de agrupaciones como Chimizapagua, que era un grupo de la Universidad Nacional y hacía conciertos todo el tiempo. Parecíamos borreguitos detrás de ellos, a donde se presentaran íbamos a verlos. Ya grupos más internacionales me gustaba Inti Illimani. En esa época no había Internet y entonces la única posibilidad era verlos en vivo o tenerlos grabados en casete.

Veneraba totalmente a Los Visconti y a Los Chalchaleros, ellos venían cada año sagradamente a Colombia y yo estaba en primera fila escuchándolos. Hace poco fui a Argentina con mi hija y me fui a un paseo a una finca gaucha y allí había un asado y al lado de la carne argentina había un guitarrista. Cuando comienza el músico a tocar canciones de Los Chalchaleros le dije que me prestara la guitarra y arranco a cantar ‘Luna Tucumana’: mi hija, el guitarrista y los visitantes argentinos no entendían por qué un colombiano tocaba canciones como Mama vieja.

¿Ese gusto por la música andina la lleva desde su casa?

No, mi padre era un hombre de música colombiana. Cada año, cuando su cumpleaños, que era el 21 de diciembre, mi mamá nos hacía a mis dos hermanas y a mí, guitarristas y tiplero, prepararle un espectáculo de cumpleaños. Cuando el papá llegaba, los niños y este tiplero estaban listos y siempre le cantábamos las canciones que a él le gustaban. Recuerdo dos en especial: Mi viejo y Las acacias, este última era la canción que él más amaba y por esa vía cantábamos Llamarada, emulábamos a Garzón y Collazos, a Jorge Villamil y a José A. Morales. En ese ambiente me crie yo y me estremezco por dentro con la música colombiana, me parece lo máximo.

¿Quiénes son sus músicos preferidos en las baladas?

Tengo tres referencias bohemias que son Leonardo Favio, que es mi cantante preferido por sus poemas, y tienen gran influencia en mi formación hombres como Piero y Sandro. Nazco, crezco y me desarrollo mucho en la trova cubana, que hila mucho con este tipo de bohemia andina. Yo crezco escuchando a Silvio Rodríguez y Pablo Milanés, ahí están mis fuentes musicales.

¿Alguna vez pensó en dedicarse profesionalmente a la música?

No, soy consciente de mis limitaciones (risas). En cambio sí pensé mucho en el deporte porque eso era lo mío, pero en ese momento el voleibol no era un deporte de profesionalismo en Colombia. Lo único que había era fútbol y un poquito en ciernes de baloncesto, pero el voleibol en mi época no existía. Algunos de mis compañeros de voleibol eran tan buenos que los contrataron universidades de Estados Unidos.

Usted combina su vida cuando no está en el Congreso entre el derecho, el deporte y montar en moto, ¿cómo es esta última afición?

Me encantan las motos. Desde hace muchos años siempre tengo una. Ya a esta edad adulta la tengo como un instrumento eminentemente recreativo, para salir de vez en cuando los domingos a visitar la Sabana, algunos pueblos cercanos. He ido hasta Boyacá y vuelve uno al reencuentro consigo mismo. Además, son muchas horas de reflexión individual, interna, pensando. En la moto no se deja de pensar nunca y voy pensando en mil cosas de mi vida cotidiana, de mi trabajo profesional y son momentos de encuentro consigo mismo y espiritualmente el encuentro del ser humano con el aire imprime una carga de energía enorme que me da mucha frescura y mucha tranquilidad espiritual.

¿Cómo empezó esa afición por las motos?

Desde chiquito. Soñé con comprarme una moto desde cuando estrené mi primer triciclo (risas).

Usted tiene una faceta que la gente desconoce y es su profundo amor por su hija, ¿ella le sigue el paso en estas aficiones?

Ella tiene mucho de todo esto que uno refleja y que termina influyendo en la personalidad de los hijos y en lo que son, y creo que ella heredó buena parte de mi gusto por la música. Hoy en día es bajista en la orquesta del colegio, lleva tres años estudiando música y también es pianista.

¿Ella sí va a ser la música de la familia?

(Risas) Es pianista pero no es su actividad principal. Es miembro de la selección de voleibol del colegio y compite en los intercolegiados y vivo muy orgulloso porque siempre tiene calificaciones muy buenas, es juiciosa y creo que lo que he intentado hacer con ella es lo mismo que hicieron mis padres conmigo que es intentar llenarle el tiempo.

¿Cómo es el tiempo que comparte con ella?

Básicamente son los fines de semana. Desayunamos siempre muy rico, hacemos deporte juntos, vamos a cine o a alguna obra de teatro. A veces me toca ayudarle a hacer algunas tareas duras. Le pidieron un resumen de los seis puntos que se están tratando en La Habana, ¿adivine quién le va a ayudar a hacer el resumen? (risas).

¿Le hace alguna tarea de vez en cuando?

No se las hago, pero sí me he sentado con ella a entender las tareas.

Hablando ya de su profesión, ¿por qué se inclinó por el derecho?

Estudié en la Universidad Libre derecho y tuve vocación por ese tema desde muy joven. Tuve dos vocaciones muy encontradas y extrañas, que todo el mundo me decía que no tenía nada claro en la vida: la medicina y el derecho. Estuve a punto de estudiar medicina. Tengo una hermana médica que estudió en Brasil y alcancé a ser beneficiario de un beca en Recife, en ese país, en el cual la medicina tiene fama de ser muy buena. Estaba listo para viajar cuando le detectaron a mi mamá una enfermedad incurable, que fue leucemia, y tomé la decisión de quedarme e irme por mi segunda opción que era el derecho.

Mi mamá era el amor de mi vida. En ese momento una de mis hermanas ya estaba casada y la otra estudiando en el exterior, entonces el único hijo que le quedaba era yo así que me quedé con ella. Además, estaba separada de mi padre y la opción era quedarme aquí, es la vida, el destino.

En esa etapa de universidad hay un momento en que ya usted empieza a estudiar de noche y a pagarse su universidad, ¿cómo fue eso?

Estudié mis tres primeros años de día y el cuarto de noche. Cuando cumplí 18 años y pude trabajar. A partir de ese momento me financio mi carrera y mi vida.

¿En qué trabajaba?

Mi primer trabajo fue en un grupo que se llamaba el grupo Concresa. Tuve la oportunidad de manejar la cartera y las deudas de tres empresas que tenían: una de motos, una de licores y una de computadores. Ahí tuve mi primera experiencia profesional, muy jurídica porque era el recaudo de la cartera y terminé siendo lo que hoy se llama jefe de recursos humanos.

¿Cómo fue esa historia suya, en esa época, con un embargo que le marcó la vida?

Fue el primer embargo que tuve que hacer en mi vida. De las cosas más antipáticas que tiene que hacer un abogado es ir a embargar porque es básicamente coger los bienes de la gente para ir a aportarlos al juzgado y, con el remate de esos bienes, pagar las deudas. En mi función de jefe de cartera tuve que ir a una diligencia de embargo de una persona que se había atrasado en el pago de una moto. Quien se atrasa en una moto, una cuota pequeña, es porque tiene dificultades económicas serias. Y me encontré que la dirección registrada para el embargo era una casa de habitación de inquilinato de la mamá del muchacho que había comprado la moto y no la había podido pagar. Cuando llegué, la señora me dijo que ella era la que vivía allí y que todo lo que había era del hijo. Tenía un televisor, una nevera y un radio y con eso seguramente pagábamos el valor de la moto.

Era el primer embargo que hacía y además estaban probando el grado de eficacia que tenía el funcionario que habían contratado. Cuando vi que la señora era mayor, de 70 años, que vivía en un inquilinato en el que solamente tenía una nevera para comer y su televisor, tomé la decisión de no sacar los bienes a la señora, lo cual podría haberme metido en problemas con la empresa porque esperaban que yo llegara con cosas embargadas para pagar la deuda.

A uno en esos cargos le pagan para no tener corazón sino simplemente para tener unas metas de recaudo y yo le mezclé corazón a eso y tomé la decisión de no hacer el embargo. Cuando llegué a la empresa, muy atemorizado porque seguramente me iban a censurar por no haber llegado con bienes, a los minutos, detrás de mí apareció el hijo de la señora con la plata agradeciéndome la forma como traté a la señora y que no le haya sacado los bienes. Entrar con la plata en la mano a donde mi jefe, que era el vicepresidente de la compañía, reportó que tuviera gran reputación de ser un gran recaudador pero en el fondo era pésimo (risas).

¿Qué lo conmovió?

Eso es un mensaje de vida que significa que el derecho no se puede ejercer sin entender la condición humana de la persona a la que se le está aplicando. Muchas veces el derecho es insensible, simplemente usted debe y se le quita la casa, pero también hay que ver por qué debe, mirar posibilidades para que usted tenga la opción de recuperarse y ver qué le falta: empleo, solucionar problemas de salud, en fin, el derecho tiene que aplicarse con criterio, no simplemente a rajatabla, sin pensar que hay seres humanos de por medio.

REDACCIÓN POLÍTICA

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