La economía y el Minpopopalafe (*)

La economía y el Minpopopalafe (*)

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29 de octubre 2013 , 05:32 p.m.

 El fin último de la política económica es el bienestar material o económico. O sea, la felicidad.

Entre los principales exponentes de este argumento se destaca Alfred Marshall, excepcional economista inglés (1842-1924), quien sostenía que: la principal tarea del economista era el estudio del comportamiento de los hombres dentro del marco institucional en que vivían, que estos eran cambiantes, y que el comportamiento del hombre estaba, en gran parte, determinado por ellos.


En su obra ‘Principios de Economía’ introduce el término ‘bienestar económico’, para hacer referencia a los elementales estándares de satisfacción social que permiten la ‘felicidad’ del hombre en su sentido primario.
De acuerdo con el concepto, el bienestar económico debería ser la meta por perseguir y es aquí donde el papel del economista es preponderante, dado que deberíamos esencialmente sugerir medidas, establecer criterios y desarrollar modelos que realmente permitan incrementar este bienestar.

Ahora bien, el principal inconveniente consiste en definir el modelo de medición y qué elementos seleccionar para determinar si el bienestar se mueve en un sentido o en otro al tomar una decisión de carácter político o económico.

Un buen punto de partida para la medición sería la identificación adecuada de las condiciones económicas en que se encuentra el modelo económico por modificar, para poder observarlo, y ponderar los logros (aumentos o disminuciones) del bienestar material de la comunidad y por esta vía, incidir sobre la eficiencia del sistema.

Vamos a tratar de desarrollar dentro del contexto de la propuesta de Marshall, el tipo de políticas por utilizar para disminuir la pobreza y para redistribuir la renta sin caer en programas, que si bien es cierto que desde el punto de vista meramente estadístico produce algunos dividendos políticos; desde el real, no genera ningún tipo de riqueza.

El primer punto es cuestión de saber si el dinero tiene más valor para el término medio de los ricos, que para la media de los pobres.

El segundo punto, consiste en determinar si debemos asignar pesos distintos a los ingresos adicionales tanto de los ricos, como de los pobres.

El tercer punto se relaciona con la importancia asignada a las necesidades de los que tienen elevados ingresos y la asignada a los que no los tienen. Lo cual plantea por cierto, interrogantes casi existenciales como por ejemplo: ¿Necesitan las personas más alimento que vestido? ¿más vestidos que elementos de distracción? O en contraste, ¿necesitan los ricos más caviar que teatro? ¿Podríamos establecer efectivamente una comparación entre estas necesidades para obtener de su observación un posible grado de la satisfacción que ellas generan en cada grupo?
El cuarto punto consiste en determinar si la mejora del bienestar de toda la sociedad a través de la redistribución de los ingresos entre pobres y ricos afecta o no los niveles (negativa o positivamente) de renta de ellos. Por mi parte creo que la distribución de la riqueza por parte del Estado, lo más que logra, es nivelar por debajo la sociedad y en consecuencia, empobrecer a todo el colectivo.

Vemos pues, como la problemática del bienestar económico se nos presenta desde dos posibles situaciones: logro de este bienestar a través de la eficiencia en la asignación de los recursos y consecuentemente desarrollo armónico de la economía, o logro desde el punto de la equidad.

El bienestar económico, y en consecuencia la felicidad, es inversamente proporcional a la utilidad de los bienes poseídos, a su incidencia sobre el bienestar físico y a su eficiencia y productividad.

Es por ello, que podríamos jerarquizar al bienestar de acuerdo a su condición. Nos explica Marshall que la satisfacción de las necesidades básicas, alimentación, vestido, vivienda, supone un grado de bienestar material comparativamente mayor que la de los lujos, que son opuestos a los bienes que satisfacen las necesidades básicas.

Esta comparación de las necesidades de los diferentes componentes del colectivo nos indican que los individuos, antes que todo, utilizaran su renta para adquirir bienes que les generen un mínimo de bienestar material y en cubrir sus necesidades esenciales, sin que un aumento de sus ingresos signifique forzosamente, un incremento en su bienestar general, especialmente si invierte este aumento en bienes inmateriales, o no estrictamente económicos.

Se debe tener en cuenta, pues, que la conveniencia de las medidas político-económicas diseñadas y asumidas para generar cambios positivos en el bienestar económico deben valorarse en función de su contribución a la eficiencia del sistema productivo, lo cual implica una producción desigual de los medios a sus áreas de competencia especifica. Léase: seguridad, defensa, vivienda, salud, educación y trabajo.

Deben entender quienes manejan el Estado que el intentar aplicar la propuesta de de Wilfredo Pareto de la máxima satisfacción para todos los individuos es muy difícil de darse en la realidad verdadera; que una sociedad productiva no se constituye con imposibles teóricos, sino con realidades sociales. Que la estructura de los mercados y su funcionamiento suelen divergir de los ideales. Y que sin duda mucho menos depende de un organismo para dispensar y administrar felicidad.

(*) El último invento fue el Ministerio del Poder Popular para la Felicidad.

El próximo será el Minpopopupu, Ministerio del Poder Popular por un Pueblo Unido. (¿Lo de las siglas es pura coincidencia?)

Amanecerá y veremos

 

Rómulo E. Lander Hoffmann

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