El refugio de las mujeres maltratadas

El refugio de las mujeres maltratadas

Historias que reflejan cómo llegan huyendo del dolor producido por sus parejas, padres o hijos.

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27 de octubre 2013 , 11:01 p.m.

Andrea tiene 25 años, cuatro hijos y dos separaciones. Es huérfana de padre y desplazada por la violencia. En sus brazos hay cicatrices que le recuerdan que, además, es víctima de la furia de su expareja.

Vivió con él seis años, pero solo hasta hace un mes decidió huir. Lo hizo mientras él trabajaba. En la mañana se despidió, como siempre, “para no levantar sospechas”, dice.

Cuando lo vio alejarse, empacó su ropa y la de sus hijos, tomó una plata que él le debía, le dejó la llave en un lugar donde la pudiera encontrar fácilmente y huyó. No era la primera la vez que lo intentaba, pero sí en la que estaba más decidida.

Alguna vez – recuerda – intentó buscar ayuda, pero en su pueblo la única opción que le dieron fue internarse con sus hijos en un ancianato. “Y tenía menos de 25 años”, dice. Hoy cuenta su historia en una Casa Refugio que la Secretaria de la Mujer del Distrito dispuso para acoger a mujeres maltratadas.

El miedo: “¿Yo para dónde agarro?”

Andrea dejó de tenerle miedo a los golpes, a los gritos y a los insultos de su pareja. A lo único que le temía era a no tener dónde dormir. Por eso – cuenta ahora – se aguantó tantos años al lado de alguien que le generaba dolor. “Yo no lo había dejado porque no sabía para dónde agarrar, no tengo el apoyo de mi familia, me había quedado sin trabajo, no tenía opciones”, dice.

Su historia no es muy diferente a las de las cerca de 40 mujeres, 31 niñas y 40 niños que desde febrero, cuando se abrió esta casa, hasta finales de septiembre han pasado por allí. Golpes, malas palabras, ofensas y miedo. Miedo a la soledad, a no tener dónde vivir, a perder a los hijos.

Perdió la cuenta de cuántas veces la golpearon. “Millones”, dice. También la de los insultos, “que a veces hieren más que un golpe”, repite. Pero no olvida algunas escenas que terminaron empujándola a tomar a la decisión de huir. “Una vez, mientras yo le daba de comer al bebé (hoy tiene 16 meses), me amenazó con un machete. Me lo puso en el cuello. Me decía que era una vagabunda, que me iba a matar”. No era la primera vez. Meses antes la había dejado sin sentido. “Me agarró del cuello tan fuerte que me dejó sin respiración. Se me fue el aliento, caí al piso”. Esa vez fue Andrea demandó y pidió ayuda. Ahí fue cuando, en su pueblo, la mandaron a un hogar geriátrico.

“Uno no se imagina que existan casas como estas, dedicadas solo a mujeres que han pasado por lo mismo. Es más, uno no se imagina que tantas mujeres pasen por lo mismo”.

Decidió viajar a Bogotá con 300 mil pesos en el bolsillo y con la promesa de una amiga que le garantizaba hospedaje a ella y a sus hijos durante máximo tres días. El tiempo fue suficiente, pronto alguien le habló de una casa refugio para mujeres maltratadas. Desde entonces, no sale de allí. “Ya siento que estoy recuperándome, recuperando lo que soy”, dice.

Entre talleres para mejorar su autoestima, terapias con el sicólogo y con mujeres, que han pasado por lo mismo, Andrea se siente mejor. Ha reflexionado y reconocido que es lo que quiere y no quiere en su vida.

La casa: la tranquilidad

El principal requisito para entrar a una Casa Refugio es haber sido víctima de maltrato: de la pareja, de los papás (debe ser mayor de edad), de los hijos. Según la directora de esta casa, respaldada por la Secretaría de la Mujer, también han llegado casos de mujeres adultas que son golpeadas por sus hijos, sus yernos. Las reglas para mantenerse en el lugar son pocas, pero inviolables. La primera es no revelar dónde queda ubicada la casa. Es un refugio del que nadie debe saber. Sobre todo por seguridad, ya que hay mujeres que han sido amenazadas de muerte. La segunda es tener una buena convivencia. “A veces es complicado no por nosotras sino porque todas tenemos a nuestros hijos acá y son niños, es normal que peleen y que uno termine interviniendo”, dice una de las mujeres.

La casa, de tres pisos, está adecuada para al menos quince mujeres con hijos. En la primera planta hay un patio de ropas, una cocina, una sala de consultas sicológicas. En el segundo piso, los cuartos, algunos con camarotes (ahí dormirán las familias más numerosas) y una ludoteca (espacio para el juego y aprendizaje de niños), donde permanecen varias horas el día los hijos de las víctimas, acompañados por profesoras. En la tercera planta hay una sala con televisor, más habitaciones. Algunas paredes están pintadas con figuras de mujeres, con frases de motivación, otras tienen pegados recortes de revista de líderes del mundo.

“Es una lástima que en los pueblos no haya esto, que uno tenga que aguantarse golpes y dolor por no tener otro lugar”, dice Andrea.

Vivir sin miedo

Julieta tiene 37 años y dos hijos. Llegó a esta casa después de que su pareja la mantuvo encerrada durante varias horas y la golpeó. “No aguanté más. Y me fui”, dice mientras revisa su teléfono celular. El hombre, aún a la distancia, la sigue torturando. “Me manda mensajes diciendo que me va a quitar a los niños”, cuenta entre llanto.

En la casa, las mujeres que llegan pueden permanecer máximo cuatro meses. Durante ese tiempo no están obligadas a trabajar y lo único importante es que se recuperen física y sicológicamente del daño que sufrieron. Al terminar ese tiempo, lo ideal, según la coordinadora del lugar, es que “tengan un proyecto de vida que les permita la independencia y no volver a condiciones de dolor por no tener cómo vivir”.

Más de cien personas, entre madres e hijos, han recorrido los pasillos de esta casa huyendo del dolor. Algunas escondiéndose, unas a punto de morir, otras con recuerdos imborrables. El caso de un bebé que nació sordo a cuenta de las patadas que su mamá recibía en la barriga mientras estaba embarazada. La historia se repite cada vez que las mujeres se sientan a hablar de sus vidas. Hay otras que fueron quemadas con ácido, abusadas… “Hay unas más aterradoras que otras, pero todas tienen algo en común: el miedo”, repite Andrea.

Todo incluido

Muchas describen este lugar como un “hotel de lujo”. Tienen las tres comidas básicas, dos refrigerios, cama, televisor, no tienen que cocinar, ni mucho menos pensar en cómo hacer mercado. Si necesitan medicina o ir al médico, les dan el dinero para el transporte. El jardín de los niños o el cuidado de los que son bebés también están garantizado.

La orientación en trámites legales y las terapias sicológicas, también hacen parte de lo que incluye la estadía en este lugar, donde para poder entrar se debe contar con un documento de una comisaría de familia que certifique el grado de riesgo. Será esta instancia la que remita a la víctima a la Casa Refugio.

REDACCIÓN ELTIEMPO.COM

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