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Un mundo nuevo

Un mundo nuevo

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Desde el siglo pasado nos acostumbramos a un escenario energético donde el Oriente Próximo dominaba la producción y la exportación de hidrocarburos. Esa realidad vino acompañada de un crecimiento exponencial en la demanda de crudo por parte de los países industrializados. El planeta se dividió, entonces, entre productores y consumidores de petróleo.

Muchas de las guerras que le ha correspondido vivir a nuestra generación tienen origen en esa polarización energética. Los conflictos entre quienes necesitan el petróleo y quienes lo producen explican buena parte de lo que ha pasado en el mundo en los últimos 50 años. A partir de ahora será bien distinto.

La geografía de la energía con la que crecimos ha colapsado. Al finalizar este año, EE. UU. –que era visto como un adicto irredimible al crudo importado– será el principal productor de hidrocarburos del mundo, por encima de Arabia Saudita y de Rusia. En una década, los gringos pasaron de producir 15 millones de barriles equivalentes de hidrocarburos, por día, a cerca de 25 millones este año.

Una proporción importante del crecimiento lo representa el gas natural. Las exportaciones de gas de ese país pasaron de 18.000 millones de pies cúbicos, por mes, en el año 2000 a 130.000 este año. La recuperación económica de Estados Unidos está altamente relacionada con la caída del precio de la energía, gracias a esa mayor producción.

A eso se le suma que Canadá, en una década, ha incrementado por tres la producción de petróleo extraído de las arenas bituminosas. Además, ese país se ha convertido en el tercer productor de gas en el mundo con excedentes que ya se están exportando al área pacífica y a EE.UU.

Y no solo están ocurriendo cosas en el norte del continente, sino también en el sur. Brasil, que por décadas fue considerado un desierto en materia de hidrocarburos, hoy se proyecta como una de las grandes potencias mundiales. La cuenca de Santos, mar adentro de São Paulo, es de tal riqueza que, cuando se descubrió, el presidente Lula dijo que representaba la segunda independencia para su país. Los campos de Tupi, Libra, Júpiter y otros cercanos tienen un potencial de las dimensiones del Mar del Norte y del Oriente Próximo.

La pregunta que toca empezar a hacerse es qué significa todo esto para el mundo y para Colombia. Sin duda, al romperse el paradigma, que dividía el mundo entre productores y consumidores de petróleo, surge un rediseño geopolítico donde la ‘estabilidad’ del área musulmán se vuelve menos prioritaria. La pérdida de valor estratégico relativo de dicha región podría contribuir a un nivel menor de conflicto con Occidente.

El petróleo se ha devaluado como recurso de poder. Los países que controlaban el crudo tendrán que ser más modestos y agachar la cabeza. El hecho de que los países industrializados tengan bajo su jurisdicción suficiente energía para que nadie los arrodille apuntaría, quizás, a un escenario internacional más tranquilo.

Para Colombia, este mundo nuevo de la energía tiene consecuencias. En EE. UU. la conversión a gas de los generadores de electricidad está minando un mercado importante para nuestro carbón. Mientras nos volcamos a construir infraestructura para exportar desde el Atlántico, resulta que el único mercado en crecimiento hacia el futuro está en el Pacífico. Llegó la hora de repensar la locomotora extractiva. Esos son el tipo de asuntos sobre los que deberíamos estar debatiendo los colombianos.

Díctum. Óscar Iván Zuluaga es un candidato y un rival de las mejores condiciones. Ojalá Uribe no le haga conejo.

Gabriel Silva Luján

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