El obispo alemán que irrita al papa Francisco

El obispo alemán que irrita al papa Francisco

Franz Peter Tebartz van Elst ya era muy cuestionado por su propia comunidad.

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26 de octubre 2013 , 08:37 p.m.

"Si no se hubiese ido a Roma para hablar con el papa, los colegiales y sus mismos padres le habrían comenzado a tirar piedras”, sintetiza para EL TIEMPO Georg R., un profesor de Alemán e Historia de un prestigioso gimnasio escolar católico-evangélico de la ciudad de Limburgo, en el Estado Federado de Hessen, que se hizo famosa por albergar la sede episcopal de Franz Peter Tebartz van Elst, el obispo de apellido holandés que mandó remodelar un palacio episcopal por 40 millones de euros, equipado, entre otros lujos, con un cuarto de baño en el que hay una tina cuyo costo asciende a 15 mil euros.

Con una metáfora tan clara, el docente relata que la mayoría de los 170 mil habitantes de Limburgo comenzaron a ‘recolectar’ las piedras contra el obispo desde 2009, cuando el clérigo tomó confianza en el cargo que le encomendó en el 2007 el entonces papa germano, Benedicto XVI, y echó para atrás las reformas liberales y ecuménicas de su antecesor, un obispo llamado Franz Damphaus, quien incluso se había atrevido a bendecir, informalmente, la unión entre dos hombres.

“Tebartz van Elst llegó a Limburgo a imponer un estilo supremamente conservador e incluso dictatorial que hizo que la tolerante comunidad eclesiástica de la ciudad se sintiera amenazada y obligada al retroceso. De inmediato fue identificado como un sacerdote del ayer”, le dijo Sascha Jung, un sacerdote nacido en Limburgo, a la revista Der Stern, que reconstruyó el historial de vida del obispo desde su infancia.

Ejemplo de ese estilo dictatorial del que habla el sacerdote Jung es la práctica del obispo Tebartz van Elst de haber llegado a su segundo episcopado a remover el personal de la diócesis y de mandar a reconstruir a su antojo un palacio episcopal que ya había sido remodelado en el 2005, además de negarse al diálogo directo con los feligreses e ignorar las cartas abiertas de preocupación que le hicieron llegar por turnos, entre el 2009 y el 2012, los 245 sacerdotes adscritos a su diócesis en las que exigían trasparencia y apertura.

Todo ese historial y la decisión del papa Francisco de suspenderlo temporalmente frenaron, al menos de momento, la carrera hacia el solio cardenalicio en el Vaticano, el gran sueño y proyecto de vida del segundo de cinco hijos de un matrimonio de hacendados afincados en Twisteden, una vereda perteneciente al municipio de Kevelaer, en la frontera de Alemania con Holanda, en el Estado Federado de Renania del Norte-Westfalia, cuya capital es la opulenta ciudad de Düsseldorf.

Franz W, un amigo de infancia de este obispo y quien todavía vive en esa comarca, cuenta que el mayor orgullo de sus padres, María y Peter Tebartz van Elst, consistía en haber dado la vida a un médico y a un sacerdote de carreras brillantes y predestinados para servir a su prójimo y hacer conocer el apellido más allá de las fronteras de su propia hacienda.

En lo que respecta al hijo médico, la profecía o sueños paternos se hicieron realidad al ciento por ciento. Ludger Tebartz van Elst, hermano menor del obispo suspendido, es uno de los mejores neurocirujanos de Alemania y reconocido internacionalmente como decano de la Facultad de Neurocirugía de la Universidad de Friburgo, y médico jefe del Departamento de neurocirugía del hospital universitario de esa ciudad.

Su hermano mayor, el obispo, tenía la carrera asegurada hacia el Vaticano desde los 26 años, en mayo de 1985, cuando se ordenó sacerdote después de haber estudiado filosofía y teología en las universidades de Münster y Friburgo, y haberse destacado como uno de los estudiantes más prometedores de su promoción.

En 1990, después de cursar estudios de doctorado en Estados Unidos y Francia, regresó a Alemania, donde fue nombrado profesor de teología en la Universidad de Münster, donde llamó la atención del Vaticano por sus estudios de teología y libros dedicados a la promoción de la catequesis para adultos.

“Ya para entonces era claro que la Conferencia Episcopal Alemana podía depositar sus esperanzas en él como uno de los seguros cardenales del futuro”, relató a la TV germana su profesor de teología, Dieter Emeis, experto en teología pastoral de la Universidad de Friburgo y amigo personal del papa emérito, Joseph Ratzinger.

De hecho, en el 2003, a los 45 años, Juan Pablo II puso los ojos sobre el obispo Tebartz van Elst nombrándolo obispo encargado de la diócesis de Münster, donde permaneció hasta el 2007, cuando Ratzinger lo instaló como obispo titular en Limburgo.

“Allí comenzó o se reveló su debilidad por el poder, el lujo, la vanidad”, sentencian los habitantes de Limburgo en más de una declaración pública.

Y es que los creyentes de esta ciudad fueron testigos de seis años de excesos en los que varias veces estuvieron a punto de tirarle piedras a su casa, para librarse de él, como finalmente lo consiguieron esta semana, cuando el papa Francisco ordenó su suspensión y un político del partido conservador CDU le recomendó públicamente que, para lavar su conciencia, se vaya por un tiempo largo de Alemania a ejercer el sacerdocio en África, “para que aprenda el significado de las palabras ‘modestia’ y ‘humildad’ ”.

Austeridad
Se espera investigación

Antes de condenarlo, el papa Francisco decidió apartar de forma temporal al obispo de Limburgo, Franz Peter Tebartz van Elst, de 53 años, hasta tanto no concluya una investigación sobre los gastos, que podrían ascender en total a unos 40 millones de euros, en la remodelación del palacio arzobispal.

Según los medios de comunicación locales, se habría instalado una tina con un costo de unos 15 mil euros, entre otros lujos.

La directriz que desde su elección ha impartido el papa Francisco es la de que quiere una iglesia pobre y para los pobres, “pastores con olor a oveja”, ha dicho, lo que contrasta abiertamente con las tendencias de Tebartz van Elst.

A esto se suma que el gobierno alemán ha sido el principal abanderado dentro de la Unión Europea de las políticas de austeridad para salir de la profunda crisis económica. Por supuesto, lo del obispo de Limburgo tampoco ayuda.

PATRICIA SALAZAR FIGUEROA
Corresponsal de EL TIEMPO
Berlín

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