Desplomes y alcantarillas

Desplomes y alcantarillas

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24 de octubre 2013 , 04:00 p.m.

Entre las muchas cosas horribles ocurridas en las últimas semanas, han merecido amplia atención mediática el desplome abrupto de un tramo del lujoso edificio Space, de Medellín, que aplastó a cinco o seis trabajadores, y la muerte de una pequeña de dos años que cayó por una alcantarilla destapada, en el corazón de Bogotá.

Quien se tome la molestia de revisar la prensa escrita de la capital o de las principales ciudades de los departamentos (a disposición del público en las bibliotecas Nacional y Luis Ángel Arango) de unos 50 años para acá, por lo menos, encontrará denuncias frecuentes sobre la práctica jugosa de muchos constructores de meter materiales baratos en las edificaciones a su cargo, ya se trate de edificios privados o públicos, o de otras obras, y cobrarlos bien caros, como si fueran de primera, para guardarse la diferencia en el bolsillo, sin que en la mayoría de los casos los interventoresactúen para verificar si la calidad del material utilizado corresponde a la que se estipuló en los contratos.

Durante la administración Lleras Restrepo, en 1970, ya en sus finales, los periodistas que acompañamos al Presidente en una gira por Cartagena, para inaugurar unos trabajos de gran importancia en el desarrollo urbano de la Heroica, fuimos testigos de la ira presidencial cuando unos obreros le indicaron que parte sustantiva de la obra corría el riesgo de desplomarse en cualquier momento por la mala calidad de los materiales empleados. Ya se veían, en efecto, grietas en las paredes recién construidas. El Presidente gritó: “¿En dónde está el interventor?”. No estaba en ninguna parte. Aumentó la indignación del doctor Lleras, que canceló enseguida la visita a las obras y se retiró con una exclamación sonora: “Ese interventor es un h. p.” (no exactamente Hewlett-Packard). El lunes, el interventor estaba judicializado por negligencia criminal y corrupción.

Ese interventor fallido no era un caso excepcional. Ha sido más bien la regla a lo largo de los años, que se agravó en la década de los noventa con el invento funesto de las curadurías urbanas, institución archicorrupta que no necesita ser reformada, sino abolida. ¿Para qué demonios sirven, entonces, las secretarías de Planeación de las alcaldías y las gobernaciones, y el mismo Departamento Nacional de Planeación?

El desplome espectacular (trágico para varios honrados trabajadores y sus desconsoladas familias) del edificio Space ha llevado al Gobierno Nacional a intervenir en el funcionamiento de las curadurías (el curador que autorizó la construcción del Space no había pasado ni el examen de orina) y a anunciar que se establecerá una vigilancia severa que meta en cintura a los constructores y contratistas deshonestos. Ojalá no quede todo en anuncios y buenas intenciones circunstanciales. Confiemos en que serán más las nueces que el ruido.

Las alcantarillas destapadas son cuento viejo y requetesabido. Desde la inauguración del alcantarillado de Bogotá, en 1889, se formaron pandillas de ladrones de las tapas metálicas, y mafias de reducidores que las compran. El robo de las tapas de las alcantarillas no es vandalismo. Es un negocio criminal organizado, tolerado por la negligencia de las autoridades capitalinas y de las de policía; y, según las cifras publicadas en este diario, altamente rentable. Muchas personas han sufrido accidentes en las alcantarillas destapadas de Bogotá a lo largo de 125 años. En alguna época más o menos reciente, el Acueducto, ante el clamor ciudadano por una situación de peligro insoportable, dispuso cambiar las tapas metálicas por tapas de cemento o concreto. Por supuesto, las de cemento no son ‘comerciales’ y no se las roban. Malo para el negocio.

Después el Acueducto, en lugar de proceder a cambiar la totalidad de las tapas metálicas por tapas de cemento, volvió al uso de aquellas. Ladrones y reducidores, felices y agradecidos porque se les aplicó la norma constitucional que les garantiza el derecho al trabajo. Sin embargo, no deja de ser extraño que el Acueducto quiera contribuir a un negocio tan rentable como es el del robo y reducción de las tapas metálicas, cuando las de cemento salen más baratas y no son apetecidas por los reducidores y sus bandas de ladrones.

Se ha reprochado a los padres de la pequeña que pereció en la alcantarilla destapada de la Jiménez con 9.ᵃ el no haber estado pendientes de su hija en todo momento. Es una costumbre perniciosa que observo a diario en las calles bogotanas. Los niños andan sueltos, mientras sus padres se entretienen conversando, mirando vitrinas o pensando en no sé qué. Ese descuido (mortal como en el caso de la niña), censurable y reflejo de la mala educación que reciben los colombianos, de ninguna manera justifica que haya en la ciudad capital, ni en ninguna otra, alcantarillas destapadas. Y en Bogotá lo que casi no hay es alcantarillas tapadas, ni sumideros con rejillas.

Enrique Santos Molano

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