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Editorial: Gitanos en la mira

Editorial: Gitanos en la mira

No fue poca la sorpresa que se llevó hace una semana en Levier (Francia) la quinceañera gitana Leonarda Dibrani. Cuando se encontraba con sus compañeras de colegio en una excursión, aparecieron dos policías y se la llevaron detenida. Horas después, ella y su familia –padre, madre y seis hijos– llegaban deportados a Kosovo. La detención de la colegiala y la expulsión de la familia –algunos de cuyos hijos nacieron en Francia– arrojan leña a uno de los debates más delicados e intensos de Europa: el racismo.

Hace pocos días, los cadáveres de cientos de inmigrantes africanos en aguas italianas trajeron una lluvia de críticas a las normas europeas sobre ingreso de extranjeros, que convierten en delincuentes a quienes ayudan a los sin papeles. Ahora el ‘caso Leonarda’ pone más sal en la herida.

Es un abuso que a una escolar se la lleve la Policía frente a sus condiscípulos. Pero lo peor es que semejante desplante encuentre generoso apoyo en el país. Deprime ver que los franceses, clásicos abanderados de la libertad, respalden mayoritariamente la medida y que el ministro del Interior que la dictó, Manuel Valls, sea hijo de un inmigrante español. Pero deprime más saber que este xenófobo funcionario es el más popular del gobierno socialista y que su partido lo considera poderosa baza para quitarle votos a la extrema derecha de Jean-Marie Le Pen y su hija. Le Pen dijo hace poco que los gitanos “huelen mal” y “provocan rasquiña”. Valls es partidario de expulsar de su país a los 20.000 que aún permanecen allí, casi siempre en condiciones de marginación, segregación y pobreza deplorables.

La etnia gitana llegó a Europa hace siglos, procedente de la India, y siempre ha sido víctima de discriminación. Eso explica que algunos de sus miembros acudan a robos y hurtos como modo de vida. Hitler mató en las cámaras de gas a 400.000, y la ola reaccionaria que surgió en Europa a raíz de la crisis económica encuentra en ellos, y en general en los inmigrantes, el mejor chivo expiatorio.

En lo que parece casi un sarcasmo cruel, el presidente francés, François Hollande, declaró el sábado que, como un acto humanitario, Leonarda puede volver a Francia, pero su familia no. “¡Vergüenza!”, como diría el papa Francisco.

editorial@eltiempo.com.co

 

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