Editorial: El limbo que cubre a los páramos

Editorial: El limbo que cubre a los páramos

18 de octubre 2013 , 09:18 p.m.

Por una investigación del Instituto Alexánder von Humboldt, la entidad que vela por la conservación y buen uso de nuestra biodiversidad, el país se enteró recientemente de que tenía un millón más de hectáreas de páramos de lo que se creía.

El estudio, Aportes a la conservación estratégica de los páramos, que además fue reconocido por la Fundación Alejandro Ángel Escobar con el Premio Ciencias y Solidaridad 2013 en la categoría medioambiente y desarrollo sostenible (el más importante para el área científica que se entrega cada año en Colombia), muestra, como una grata revelación, que Colombia ya no tiene 1’900.000 hectáreas de este ecosistema especializado, extendidas por 34 zonas. Son, en cambio, 2’906.137 hectáreas, divididas en 36 áreas.

Antes de la existencia de este documento, si alguien quería saber algo de un páramo tenía que remitirse a un Atlas, editado en el 2007, que se terminó de redactar usando una escala denominada por los cartógrafos 1:250.000. Esta vez, el Instituto Humboldt usó una escala de 1:100.000, que permitió ver el territorio mucho más de cerca, lo que hizo posible descubrir sitios que antes no se habían visto o que estaban ocultos como pequeñas islas.

La noticia es buena y el aporte investigativo es invaluable. Así como celebramos hace poco la ampliación del parque de Chiribiquete, en la Amazonia, la nueva medición nos muestra ahora que el páramo de Chingaza era más grande de lo pensado. Y nos enseñó, entre otras cosas, que tenemos uno nuevo en los alrededores de Sonsón (Antioquia).

Pero, irónicamente, saberlo no ha servido de nada para aislar estos lugares, estratégicos y sensibles, de la minería, la deforestación y la ampliación sin freno de la frontera agrícola. Porque, en un hecho singular, el artículo 202 de la Ley 1450, del 2011, determinó que, para definir dónde sería posible hacer actividades extractivas alrededor de las zonas de páramo y cuáles de ellas deberían ser conservadas, el país está obligado a hacer una delimitación adicional, a una escala más minuciosa, de 1:25.000, que durará al menos dos años. Mientras tanto, esa misma normativa, respaldada por el Congreso, dejó a aquel viejo Atlas del 2007 como documento oficial a la hora de definir qué conservar y desde dónde. Ha quedado entonces sin legitimidad la medición premiada del Humboldt y el millón de hectáreas de páramos adicionales descubiertas, que siguen sin ser reconocidas oficialmente por el Gobierno. Su futuro quedó al garete, y su existencia, sustentada en este genuino documento científico, casi archivada y solo tenida en cuenta como un ejercicio no oficial o para tomar decisiones parciales en corporaciones ambientales y algunas organizaciones.

Llama la atención que ni Frank Pearl ni Juan Gabriel Uribe, los más recientes exministros de Ambiente, pudieran firmar las resoluciones que hubieran transformado el estudio en un referente obligatorio, al menos transitorio. También resulta llamativo el silencio de la actual ministra del ramo, Luz Helena Sarmiento, que tampoco se ha referido al asunto ni mucho menos a la supuesta delimitación del páramo de Santurbán, a 1:25.000, que tuvo prioridad y ya estaría lista.

Todo este limbo ecológico y jurídico sucede en el país con la mayor extensión de páramos del mundo y donde su protección no debería ser una opción sino una prioridad. Hay una razón contundente: de ellos dependen el agua y el saneamiento del 70 por ciento de la población. Nada menos.

EDITORIAL

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