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Editorial: La ignorancia es atrevida

Editorial: La ignorancia es atrevida

Hay cerca de 800 monumentos en las calles, los parques y las plazas de Bogotá. Podría decirse hoy que en los últimos años todos han sido transgredidos, violentados. Que ya no están contándoles a los ciudadanos, como debería ser, las batallas que se han ganado y se han perdido en el país, sino la triste situación de una sociedad que vulnera sus propios recuerdos porque desconoce su historia: hay monumentos al encuentro con el mundo hispánico, a los fascinantes héroes de nuestra independencia y a los líderes esperanzadores que un mal día fueron asesinados, por ejemplo, pero lo único que se ve en estas obras, si se recorre la ciudad, es la propensión de sus habitantes a destruir las estatuas y las esculturas que conmemoran lo que fuimos, lo que somos.

Podría leerse en los grafitis y en los destrozos que arruinan los monumentos de la ciudad, como lo hacen ciertos sociólogos, una crítica desesperada a un Estado que presuntamente les ha dado voto pero no voz a sus ciudadanos (“viva el paro”, “cabalgamos por la paz”, se escribe en los pedestales de piedra), pero también habría que reconocer en el vandalismo un desconocimiento profundo de los personajes y los hechos de la historia de Colombia: a la rebeldía y la insatisfacción que suelen ser el capital de las nuevas generaciones, y tantas veces han estallado contra los símbolos nacionales, habría que sumarle esa ignorancia del pasado que tiende a abrirle paso a la barbarie.

Esta Casa Editorial ha emprendido una campaña para cuidar el patrimonio de la ciudad, amenazado por los vándalos, como un camino para recobrar el sentido de pertenencia que se ha estado perdiendo en la Bogotá de estos últimos años. Defender los monumentos que se encuentran en el espacio de todos, que por ser de todos tendría que ser respetado al máximo, puede convertirse en una manera de llamar la atención a las nuevas y las viejas generaciones sobre la historia en común que –no nos cansaremos nunca de proponer una reflexión sobre este tema– ha dejado de enseñarse como una materia en tantos de los colegios de Colombia.

Durante mucho tiempo se ha hecho todo lo que se ha podido en cuanto a conservación con lo muy poco que suele asignársele de los presupuestos estatales y distritales. Conscientes de que es importante hacerlo, pero de que no es la solución reclamar por lo escasos que son los 1.300 millones con los que se cuenta cada año para reparar, restaurar y mantener los monumentos, el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural ha propuesto a las empresas privadas y a la comunidad apadrinar las obras históricas que tienen cerca. El espacio público es, a fin de cuentas, de todos. Y si ‘La Rebeca’, ‘La Mariposa’ o ‘Los Mártires’ no son cuidados por los ciudadanos que habitan y recorren los sectores en donde se encuentran, seguirá pensándose que los únicos con responsabilidades son los gobiernos.

Habrá quienes piensen que reparar estos monumentos es atacar el síntoma, pero no combatir la enfermedad: que el dicho aquel de ‘la ignorancia es atrevida’ es más cierto que nunca en el caso de este vandalismo. Pero tanto las iniciativas pedagógicas del Instituto como la campaña de recuperación impulsada por este diario parten de la base de que poner en evidencia la manera como día a día es ultrajado el espacio público, y convocar a la ciudadanía para que lo defienda y lo mantenga, es un primer paso fundamental para restaurar –con sus glorias y sus vergüenzas– el relato de nuestro pasado.

 

EDITORIAL
editorial@eltiempo.com.co

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